cualquiera que estuviese en su contra; se trataba del famoso «pan o palo». Fue una dictadura notoria por su brutalidad, pero también fue un régimen que puso fin a casi un siglo de caos, desorden civil e invasiones extranjeras. El lema del régimen fue «orden y progreso». Para establecer el orden, el gobierno utilizó a los rurales, una fuerza policial especial encargada de eliminar la oposición a través de la violencia. Para fomentar el progreso, promovió una agenda modernizante basada en el uso de la tecnología y la atracción de capital extranjero. El dinero llegó y desencadenó una bonanza económica que hizo que los ricos se hiciesen más ricos y que el gobierno llevara a cabo proyectos de modernización material, incluyendo el ferrocarril, caminos y tranvías. La construcción de la nación no es solo un asunto de política y economía. Es también un proceso cultural cuyo fin es dejar como producto en una población sumamente diversa una cultura nacional común y unificadora. Como indica la muy citada frase de Lesley Byrd Simpson, México no es un solo país sino «muchos Méxicos», una nación compuesta de territorios divididos en diferentes razas, grupos étnicos, géneros y clases. La creación de una cultura común ayuda a disminuir las brechas que generan este tipo de divisiones al impartir un sentido de unidad en la población. Según Benedict Anderson, las naciones están formadas por individuos que «no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión» (Anderson, 1993, p. 54). Este sentido de unidad o comunión es generado, en parte, a través de la invención de un pasado nacional, una historia que le da a la población una herencia y origen comunes. La palabra clave aquí es «invención». Las historias nacionales son invenciones. Son interpretaciones del pasado hechas por miembros de las élites, historias construidas por estadistas e intelectuales que hoy son reconocidos como los constructores de la nación. Uno de estos formadores de la nación mexicana, el abogado y diplomático Manuel Larráinzar (1809-1884), resumió la importancia de ese proceso de esta manera: [E]s preciso reunir lo más memorable, lo más importante, lo más útil e instructivo, refundir y formar en un solo cuerpo, bajo un plan más extenso y mayor combinado, de todas las historias parciales, purgándolas de los errores y defectos que contengan y completándolas en lo que les falte, para lo cual puede sacarse mucho provecho de los estudios que han hecho sobre nuestras antigüedades, de las crónicas inéditas que existen, de varios trabajos aislados que 220
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