La valoración de la creación intelectual centroamericana coincidió con un cambio generacional, ya que jóvenes poetas y prosistas, armados con un discurso radical, comenzaron a cotizarse política y culturalmente entre los trabajadores urbanos (Acuña Ortega, 1993, pp. 289-290). El antiimperialismo y la cuestión social fueron temas cuyo tratamiento por los escritores nacionales se profundizó al avanzar el siglo XX, en un contexto de creciente agitación popular. El porvenir imaginado por los intelectuales y políticos cosmopolitas pocos lustros atrás era muy distinto. Así, Manuel Delgado, ministro de Relaciones Exteriores de El Salvador, expresó en octubre de 1888, al incorporarse a la Academia de Ciencias y Bellas Letras, que formulaba «votos porque nuestros jóvenes escritores, en cuyas manos está la gloria literaria de nuestra querida patria, se inspiren siempre en los bellísimos modelos que les ofrece la literatura idealista de todos los países y de todos los tiempos» (López Vallecillos, 1987, p. 199). La esperanza de Delgado, una clara manifestación de la extroversión cultural de la época, se desvaneció en el tránsito del siglo XIX al XX al configurarse literaturas nacionales definidas y contestatarias en Centroamérica. El giro izquierdista de ciertos círculos de intelectuales ocurrió en una época caracterizada por otro cambio básico: el ascenso de la cultura de masas. Este proceso, especialmente visible en la expansión de las exhibiciones cinematográficas según está documentado para el caso costarricense (Marranghello, 1988; Acuña Zamora y otros, 1996), tuvo también una dimensión impresa, que se manifestó en el periodismo sensacionalista, las novelas de aventuras y del corazón y otros textos similares, todos los cuales, al tiempo que abrieron espacios para revalorizar creencias y prácticas populares, complicaron los proyectos civilizadores de los adalides centroamericanos de la ideología del progreso. Las bibliotecas nacionales se convirtieron, desde su fundación a finales del siglo XIX, en importantes espacios de sociabilidad de la intelectualidad centroamericana, pero tendieron a perder esa dimensión después de 1950, a medida que fueron profesionalizándose y burocratizándose, y debido a la apertura de nuevas instancias y actividades culturales vinculadas con la expansión de las universidades. La radicalización política de estudiantes y profesores, en especial a partir de la década de 1960, acrecentó e intensificó tal distanciamiento, que fue agravado por la represión posterior, que culminó en la crisis política y militar del decenio de 1980. Los acuerdos de paz y los avances en la democratización del área, luego de 102
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