Aves sin nido

ctolUNDA MA'f'l'O DE 1 1'tJRNER 43 con manifiesta resoluci6n, y salió seguido de Juan. Marcela iba á precipitarse tambien tras ellos con Margarita, pero Lucía la detuvo tomándola de la mano y la djjo: -· Madre desventurada, tú no vayas; ofrece tu dolor al Autor de. la resignaci6n. Tus asuntos se han de arreglar h0y; te lo ofrezco por la memoria de mi madre bendita. Siéntate. ¿Cuánto debes .al señor cura? -Por el entie.rro de mi suegra, cuarenta pesos, niñay. - Y por esto te embargó la cosecha de pa– pas? -No, niñay, por los réditos -Por los réditos? así que ustedes habrían queda- do eternamente deudores? - preguntó con jest0 significativo la señora de Marín. -Así es, niñay, pero la muerte tambien le puede jugar chaco al tata cura, pues ya hemos visto morir muchos curas que duermen en el campo santo sin cobrar sus deudas-repuso Marcela recobrando gra– dualmente su apacible actitud. La sencilla filosofía de la india que llevaba tintes de un desquite, hizo sonreír á Lucía, quien llamó á un sirviente y le entregó la orden escrita que tenía, mandándole traer el dinero en el momento. Entre ta.nto ofreció á Marcela una copita de Ji– nebra como reparador de sus fuerzas abatidas; tomó una rebanada de pan que estaba sobre un canastillo de alambre, y le presentó á Margarita diciéndole:

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