Aves sin nido

CLORINDA MATTO DE TURNER XXIII En el patio de la casa blanca se encontraban más de veinte caballos ensillados; pues los vecinos, al re– cibir la invitación de don Fernando, desearon hacerle los honores de costumbre, acompañándolo en su sa– lida hasta una legua. de la población. Doce mulas, con .sus aparejos y arreos de marcha, recibían carga de varios capatáces que levantaban ya maJetones, ya baúles, ya almofreces de cuero. Trascurrían las últimas horas de permanencia de . don Fernando Marín en Kíllac. Los invitados fueron recibidos con amabilidad se· gún iban llegando, siendo de los primeros Manuel, y su familia. La mesa, arreglada en el espacioso comedor, ofre· cía como novedad de estación las olorosas frutillas y las ciruelas moradas; artísticamente colocadas en fruteros de loza blaaca; y enormes fuentes repletas de pichones, aderezados con el vinagre de manzana, y ramos de peregíl en el pico, incitaban el apetito. La sala de recibo estaba llena de gente, y el judío á quien traspasó las existenaias don Fernando, pa– seaba de un lado á otro con el semblante aj estado, como vigilando que no sufriese más deterioro la que, mediante el contrato, pasó á ser su propiedad.

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