Aves sin nido
128 AVES SIN NIDO podido señalarlos, ni averiguar nada de lo que noso– tros sabemos; siguiendo el proceso con la lentitud alentadora del · reo, lentitud con que en el Perú se procede dejando impune el crímen, y tal vez ame– nazada la inocencia! Sin embargo, el expediente engrosaba: cada día se añadían pliegos de papei sin sellar con el respec– tivo cargo de reintegro oportuno, constando en au» tos extensas declaraciones de testigos que ni al ex– presar su edad, estado y religión, decían verdad convincente. Citaron al señor Marín al juzgado para prestar una instructiva como perjudicado, y no obstante el propósito que le asistía de no empeñarse en aquel juicio, se presentó obedeciendo la citación, al juz– gado d~ paz comisionado por el de primera instan– cia para instruir el sumarió. El Juez de Paz que er·a don Hilarión Verdejo, hombre ya entrado en años, viudo de tres mujeres, alto y cacarañado, actual propietario de (< Manzana– res » que compró á la testamentaría del Obispo don Pedro Miranda y Claro, estaba gravemente sentado en el despacho ante una mesa de pino, en un sillón de vaqueta y madera, de los que se fabricaban en Cochabamba (Bolivia) hace cunrenta años,' y que hoy son, en las ciudades del Perú, una rareza de museo. Acompañaban á Verdejo dos hombres, de los que sabían rubricar, quienes iban á servir de testigos de ·actuación y no tardó en llegar el señor Marín, á
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