Alicia a través del espejo
evidentemente no parecía que el caballero pudiera arreglárselas él solo; pero Alicia lo logró al fin, tirando y librándolo a sacudidas. -¡Ahora sí que puede uno respirar! -exclamó el caballero alisándose con ambas manos los pelos largos y desordenados de su cabeza y volviendo la cara amable para mirar a Alicia con sus grandes ojos bondadosos. Alicia pensó que nunca en toda su vida había visto a un guerrero de tan extraño aspecto. Iba revestido de una armadura de latón que le sentaba bastante mal y llevaba sujeta a la espalda una caja de madera sin pintar de extraña forma, al revés y con la tapa colgando abierta. Alicia la examinó con mucha curiosidad. -Veo que te admira mi pequeña caja -observó el caballero con afable tono-. Es de mi propia invención..., para guardar ropa y bocadillos. La llevo boca abajo, como ves, para que no le entre la lluvia dentro.
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