Alicia a través del espejo
Otra de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, parecía ser la de que siempre habían de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda terminó al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando. -¡Una victoria gloriosa! ¿no te parece? -le dijo el caballero blanco a Alicia mientras se acercaba jadeando. -Pues no sé qué decirle -le contestó Alicia con algunas dudas-. No me gustaría ser la prisionera de nadie; lo que yo quiero es ser una reina. -Y lo serás: cuando hayas cruzado el siguiente arroyo -le aseguró el caballero blanco-. Te acompañaré, para que llegues segura, hasta la linde del bosque; pero ya sabes que al llegar allá tendré que volverme, pues ahí se acaba mi movimiento. -Pues muchísimas gracias -dijo Alicia-. ¿Quiere que le ayude a quitarse el yelmo? -
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