El Oncenio de Leguía
- 20 - cretario del Exterior yanqui, Mr. Kel1ogg y con. los embajadores Moore y Poindexter, sin que á alguien le alarmara la iJea de que estos hombres tendrían que trabajar en beneficio de su patria y no de la nuestra. La generación de esos dias vivía en el mt·jor de los mundos, pa voneandose con granckzas prestadas, sin adivinar que honda tendría que ser su caida cuando 11egara la hora en que se separara lo propio de lo ajeno. Leguía nó se veía en el espejo de He- rndes, rey de Judea bajo la férula del César. Nueva hubo de ser una patria sin las antiguas tradiciones nacionales, que diera todo su pasado por los artefactos mecánicos de Yan quilandia, que se im- portaban para el mayor embellecimiento de las ciu- dades y la mayor comodidad de los babi tan tes del país. Un pueblo que es fiel a sus tradiciones jamás podrá tener una patria nueva. Tener una. patria nue- va significa habn cambiado de patria. Y en ~fecto, el Perú se había puesto en camino de aclamar co- mo patria los Estados Unidos de Norte-América, que lo estaba conquistando financierá y moralmente, evitando el ruido desagradable de las armas. Leguía legró, en lento avance sigiloso de sus propósitos, borrar el recuerdo de Bolognesi, profanar la leyenda de Alfonso Ugarte y colocar el retrato del deificado Presidente en lugar del escudo nacional. Queda dentro de les límites de lo posible que Leguía haya creide sincPramente prestar un servicio a su pais, con virtiendolo en un estado de la Federa- ción Norte-Americana, tal como fueron ligados a la República Sajona los territorios de California y d~ T!jas. En medio de la indolencia y la falta de conciencia nacional prevaleciente en ]os hombres de nuestra república, no pocas personas se habían pro- nunciado ya ocasionalmente en el sentido de que
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