La Perricholi, t. 1

20 MARI A J . ALVARADO RIVERA TERESA.-Las mujeres del teatro no son ·honra- das, hija. Ya te lo he dicho. MICAELA.-Serán las que en cualquiera otra par, te harían lo mismo, mamita. No es el teatro el que las hace cambiar. TERESA.-Y aunque fueran virtuosas, son mal mi- radas las cómicas. A todas se las juzga lo mismo ( 1). MICAELA.-(Vehemente) ¿Véis lo que es la .gen· te? ¿Quién va a hacerle caso si piensa lo que quiere, -no lo que es? -MONICA.-(Con cariñosa zalamería) Dice bien mi ami ta. Je, je, je ... Habla como la Biblia ... TERESA.-¡ Calla, negra zonza! ¿Quién te da ve- la en este entierro? FELIX.-Dejadla, mamita, que hable. ¡Pobre ne~ gra ! Ella quiere que Miquita haga su gusto. TERESA.-¡ Silencio, mocoso ! Los muchachos no deben mezclarse en la conversación de los grandes. MICAELA.-Tiene razón Félix: que hable Móni- ca. (Llorosa) Ella me quiere ... Me quiere más que su Merced ... que me contraríais sin motivo ... por lo que dice la gente ... TERESA.-Debemos respetar el juicio de los de-· más. MICAELA.-¡ Qué me importan a mí los otros: ellos no me dan de comer! FELIX:-Tengo hambre, mamita. Quiero chocolate. _MONICA.-¡Chocolate! ... Ya no hay milagros; en estos tiempos de herejía hasta lo santo se ha güelto sordo. MICAELA.-Y los tiempos en que llovía el maná del cielo al pueblo de Israel, están lejanos. . . Hoy cada uno tiene que ganarse su pan, y yo quiero ganar el mío, mamita, y partirlo con su Merced y con mi hermano. MONICA.-¿ Y pa mí? ... ¡Ni miaja!... • /

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