La Perricholi, t. 1

IV . PROLOGO matizada en treinta jornadas", que dedica con ternura a la me- moria de su señora madre, muerta cuando la hija comía el pan del desterrado. Hemos leído con placer espiritual esas treinta· jornadas, ahora repartidas en do_s volúmenes con cuatrocientas cincuenta páginas más o . menos, y a fé que hubo momentos en que por ningún motivo habríamos soltado el libro de las manos, pues en gran manera .nos interesó la lectura. El medio y la época los ha esh¡diado a conciencia la autora, siguiendo preceptos de Taine. Aquí se capta,' en estas bien escritas págir¡.as, cómo fué esa Lima de finales del siglo dieciocho y comienzos del die- cinu~ve. Era Lima, en esos años, la ciudad arruinada por la catás- trofe de 1746, no ya la que con prolijidad tantísima nos descri- bi9 en su poema sobre Santa Rosa el Conde de la Granja. Jo:i;-- ge Juan y Antonio Ulloa nos presentan en forma patética el cua- dro, no poco lamentable en que moral y materialmente vivían los limeños de ese entonces. Nuestros connacionales, . desde la alta nobleza hasta quienes permanecían en patriarcal servi- dumbre, d~ban rienda su.elta a las costumbres galantes, según sienta Jorge Guillermo Leguía. Y cuando el ·Teniente General don Manuel Amat y Junient Planella Aymerich y Santct Pau gobernó el Reino del Perú, imperó en nuestra cápital el mismo espíritu cortesano que en esos días existió en París. A pe- sar . de la abolición de las encomiendas, la clase noble hacía derroche ele dinero, Más de cuatro mil eran las calesas que ro- daban por las calles de esta capitalr que competía en boato y esplendor con la ciudad mpdrileña. En los suntuosísimos sa- lones de la Casa de Francisco Pizarro, reuníanse los señorones de empolvada peluca, brillante espadín y casaca. magnífica, así · como las elegantísimas damas linajudas y orgullosas de sus largos teneres y numerosos esclavos, y denotaban todos su ge- nio lleno de gracia y chiste naturales, y desmedida afición a la danza y la buena música. Afuera, y especialmente en las no- ches, pululaba gran tropa de mendigos. En tal ambiente, no poco versallesco o trianonesco, el au- toritario Virrey Amat -un Virrey progresista que es digno de

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