Ciudad del sol

- 71- Aquello es un estupendo cuadro que hasta ahora ningún pincel ha perpetuado : donde se extienda la mi- rada s·e abarcan las mesetas cubiertas de tupida gra..; n1a verde, fresca, lozana, de tonalidad in~dnuante, las que ·se suceden en continuidad sin fin sugi,rientdr0 ina- gotables e,speranzas que incitan con promesas aluci- nadoras. Allí, alejada de las ciudades y del ruido ·del mundo, en la solitaria cumbre ·andina, me siento abismada entre dos océanos de color : el azul .del inmenso cielo y el ondulante esmeraldino de los cimeros que .se abra- zan con indestructible amor. Diríase un edén gigantesco, inusitado, donde habi- taron cíclopes desconocidos. ·Conforme continúa la marcha el panoram2~ se transforma suavemente, en los -espejos de las aguas dormidas de un lago donde se 1 mira ·el firmamento. Ya no se ven las f alda 1 s de los cerros f ormida- bles, las ásperas la 1 der 1 a,s y las quieibras fabulosas; todo incita a la mansedumbre, a la paz del corazón, a una felicidad agena a las torturas de los conven- cionalismos sociales, que sugieren anhelos inclemen- tes. "Este lugar es apropiado para almorzar"~ me dice el guía. A la orilla de una laguna, perfectamente redon- da, trazada a compás, el caminante se detiene, c:omo ·en un oasis la caravana sedienta. Desc.ansé una hora sobre el muzgo tierno; allí com- prend~ por qué el ermitaño se alejaba de las ciudades para orar buscando la proximidad de Dios, y có1no la naturaleza es madre genero~a que prodiga .su amur. A poco de continuar la marcha me encuentro en Huaypo Grande, un inmenso fundo lanar que se ·ex- tiende en la;s alturas. En la gran pampa que forma .Ja cima pastan las -ovejas humildes, cual ofrendas de holocaustoS: ritua- les, en · perpetua mansedumbre; por allí anda algún Patriarca indiano que nu espera en la tierra prome- tida, sometido por el vasallaje centenario que les im- puso la conquista. A1gunas viviendais y galpones se ven a lo lejos en las mes·etas cercanas.

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