Ciudad del sol

17 - ve torrencialmente, hiela, las tempestades de verano son espantosas, y luego hay que sufrir muchas inco- w1odidades ..... " Yo escucho y sonrío: iré a la sie- rra. Lns accidentes atmosféricos me seducen, cortan- do la uniformidad del cielo liTneño que lo E' de.sconoce. Deseo alejarme de la monotonía de BU bondad y admirar la fuerza indomable y las convulsiones de las estupendas manifestaciones del firm.amento serrano; no obstante no llueve tanto, cuanto en París, ni el rigor de los hielo.s es comparable con el de Berlín. Me encuentro a bordo del buque, que después de un día y doE' noches de navegación, debe arribar a Mo- llendo. La nave está i~vadida por los an1igos que despi- den a los pasajerosº Los ca1nar:o:teros corren de uno a otro, Ein atender a ninguno; digo mal: son ·So.lícitos con los que han dado en cambio de la llave del ca:maro- te, dos soles, lo que equivale a una gratificación an- ticipada. · De tierra llegan múltiples maletas. Aquí y . allá se abren lüs portamonedas, se liquidan las cuentas, se reparten apretones de manos, estrechos abrazos, acom- pañados de estruendosas palmadas, prodigadas en las espaldas ; ignoro si a gusto del que las recibe. El barco levanta el ancla y el panoram.a del Ca- llao principia a esfumarse suavemente, en una tarde de ~ol asfixiante. Las manos queridas, que desde pequeñas embar- caciones se agitan, dando la última despedida, desa- parecieron perdidas en las ondulaciones de las olas. * " * * ¡ Mollendo a la vista! excla'.man en la cubierta, los que provistos de una larga-vi 1 sta atisban el hori- zonte. El pobre puerto se extiende modesto sobre la costa pedregosa. No tardan en acercarse al fondeadero de la nave botes y lanchas; a pesar de los remolinos y reyenta- zones formidables del mar, hay que desembarcar. El Capitán del resguardo y expertos marineros disipan mis · temores. Para pisar tierra, se opera un

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