Ciudad del sol
Al final la .conversación recae sobre la vida :de Pa- rís y sobre la literatura femenina. Me habla con gra- cia deliciosa de la.s comidas literarias, de los tés poéti- cos, de todas aquellas agra·dables reuniones que esti- mulan a una vida intelectual intensa puesto que no producir significa caer en el menosprecio de los demás. - La literatura femenina - me dice - tiene, en general, un carácter audaz y no se diferencia en nada de los libros escrito~ por los hombres. La mayor par- te de las novelas dan una i 1 dea inexacta de las que es- criben. Nadie creería, por ejemplo, que la autora de "Monsieur Venus" y de "La MarQuise de ·Sade", Rachil- de, es la virtuosa mujer de Val'lette, el .director del "Mercure de France". Nadie creería que la jovencita que a los diez y siete años escribía cosas ~e-mejantes es ahora modelo de madres de fa.mdlia. Viste detestable- rnente y no se ocupa sino .de su hija y de ayudar a su marido en las labores ·de aquel importante periódico. Me despido encantado. Y ya en la calle me pongo a pensar si podré recordar sus movimientos y sus acti- tudes y los sianidos de su voz que dicen más que la_s _palabras. Y creo recordar. Pero al escribir noto con tristeza que muchas cosas pequeñas, pero deliciosas se han quedado flotando .en el ambiente de su ga- binete. Detalles nimios, cosas invisibles: un gesto, una mirada, una sonrisa, un estremecimiento. Cosas impal- pables, infinitamente suaves, que no se puelden recoger en ellas el delicado perfume de una rosa de Francia, r_rodas esas cosas que nacen a la sola presencia de una ci--iatura bella, que dan la claridad que ilumina la con- versación con un mujer, cuando además ·ae ser admi- rablemente mujer; sabe del arte y de la vida. Eduardo Herrera.
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