Ciudad del sol
. LA IMAGEN DE.L DOLOR. Recuerdo la impresión de mi n1nez, cuando por vez primera descubrí la falta de sinceridad con que. se forjó una obra de arte: representaba el dolor. Desde e~tonce.s ha pasado largo tiempo y corrido la vida presurosa a veces y otras eterna en e1 infortunio; sólo halagadora ante la belleza estética. El cuadro de mis divagaciones ·se esfuma lenta- mente, sin encontrar el pincel que restaure la m 1 elanco- lía de los colores con que persisten las emociones idas. De la tragedia- griega, que antes me abism.ara, só- lo invita a la meditación la- remembranza intensa de . la máscara teatral, con la grande boca abierta por la que todo puede pasar: falsedades, horrores, hasta la locura y la muerte. De la R:oma pagana, la carne gimiente, desgarra- da y palpitante de los .luchadores, cuya sangre enroje- ció la ~arena, y de los tiempos 'm.edioeval!es, e1 crujir de grillos y de las pesadas cadenas que arr.astraba el hombre. Siempre pensé que ·el duelo, e1l sufrimiento, no en- contraría artificio que lo representase al punto de cau- Bar la .sensación intensa del dolor, porque ya hace mu- cho tiempo que 1os tormentos y suplicios no se re- nuevan: la f,erocidad humana ha agotado todo lo que pueda eiausar un dolor nuevo, así como un nuevo goce. La fuerza punzante, la fuerza hiriente, que desgarra almas y extrangula corazones es tan poderosa que no admite, ni en el arte, interpretación obj 1 etiva, porque siendo amarga realidad resultaría transformada en virtud, por la halagadora visión estética. A~í discurriendo había .negado a un pesimismo abrumador .más f!atali:sta que el de un ·musulmán, pues
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