Ciudad del sol

109 adaptar.se lo que nos es inadaptable, por carecer del ant ecedente esencial a toda verdadera obra de arte, ajena a las ficciones convencionalistas; esto es por faltarle la lactancia artística que no la pueden dar si- no los pañales con que la maternidad ancestral nos en- volvió al nacer. * * * ¡·Cuán pocos son los artistas peruanos que se han conmovido ante nuestras be1lezas ! me atrevo a decir: ¡ Cuán raros los que han visto lo que de hermoso encie- rra el Reino del Sol ! En el arte pictórico sólo Lazo, con la ternura de su alma incomparable, bebió en la fuente de 'la tierruca. Raro es encontrar al pintor, a excepción del au- tor de los "Funerales de Atahualpa", que reviva la be- lleza de la historia primitiva, que se estremezca con los hielos soberanos de los Andes, o se ahogue en las arenas candentes de nuestras playas; en cambio se busca la embriaguez exótica que no se ha vivido, sino en la literatura mer"cantil, boulevardera, fabricada para la exportación, que no e 1 s arte, pero sí detestable pa- cotilla. Con todo, afortunada.mente, no falta quien no desconozca lá inspiración nacional y que con ·el alma .encantadora de un griego se haya conmoviiid!o, no ante la mitología pagana, sino humildemente, a los pies de nuestros propios dioses, que ·se ocultan en nuestros montes, en nuestras quebradas, en las p_rofundidades eternas de las montañas, en nuestro maravilloso cielo serrano. El Perú no es árido ni ingrato par.a el que sabe ad- mirarle; nuestra historia tiene el privilegio de igualar a la más hermosa de cualquiera nación. Todos los aspectos de la vida de los pueblos que deseemos inmortalizar ·con el legado de nuestra labor, o sencillamente recrearnos con lo que de fuera nos fas- cina, lo podemos encontrar sin alejarnos del Perú, c.on inconmensurables y variados aspectos. Si nos seduce la India con sus ritos fantasmagóri- cos espiritistas, volvamos la mirada _hacia el gentilismo (

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