Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

168 HOJAS SUELTAS. / II Aquel día caminábamos, abs~raídas ___en nuestra propia existencia, sin volver siquiera la vista,. por última vez, hacia aquellos encantados vergeles, como si llevásemos en el alma el mandato de Lot y t~miésemos , el castigo impuesto á la mujer de aquél. j La estatua de sal! ' - Amargura sin límites debiera leerse allí. Pero, la le- yenda sólo ha marcado la señal de la desobediencia sin mencionar siquiera la curiosidad humana; así c~o lee · sólo idiotismo ó alienamiento en los que, enfermos del espíritu, vagan distraídos por entre la multitud que, en bullicio aturdidor, se entrega al afán del mundo. Y bien. 1 La tierra bendecida se alejaba al compás del galope de nuestro zaino: apenas su brisa perfumada por las flores de las hab,as llegaba ya á orear nuestra frente calentudenta. ¡Oh! · . . . ¡nó, nó!-dijimos, como quien delira, rom- piendo el silencio y sujetando 1a brida al corcel. Du- dámos un minuto y, por fin, con 'decidida resolución, volteámos la rienda y con la pupila turbia por lágrima suspendida en la pestaña, distinguímos, en el lejano ho- rizonte de la pampa, un punto plateado, ' reverberando en techumbres de zinc acanalado, él campanario blan- ·quecino y un pequeño ¡grupo velado por una cruz. ' ¡Allá quedaba todo! El corazón, hecho jirones, vertía aún su sangre, co- menzando, solo y huérfano ya, su amarga pe-egri- nación. ¡ ¡Adiós ! ! . . . balbuceámos entre un sollozo ::;eco, de aquéllos que destrozan el torax. Y extendiendo los brazos, otra vez· ¡adiós! dijimos y el corazón quería romper la lápida del pecho. ¡Dios justísimo! ¿qui~rí resarcirá estos dolores cruen- to~ ante tu tribunal incohechable, en la hora de la b . 1-;> ' cuenta ar 1traL ..· . . . ~ . . . .. . . . . . . .

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