Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

122 HOJAS SUELTAS. Y . . en vano aguardamos. Nadie salió á nuestro -encuentro. La viajera, al tornar, encontró apagado el fuego de la chimenea, frías sus cenizas, la estancia sola y esparcidos por todos lados los recuerdos del alma. -Ese es el cuarto de mi tía, mi segunda madre, que cuidaba la cantina de colegio mientras papá pregµntaba por la gramática y la lección. ¿ Dó está? Y una amiga de aquel tiempo, sobreviviente á la ca- tástrofe respondiónos casi en secreto. -¡Murió la pobre! ¡descansa en la paz de Dios! -Aquella es la alegre alcoba donde blanqueaba la ca- beza de mi abuela, esa tierna madre de nuestra madre, dos veces madre, que en la noche repetía el ora pro nobz's del rosario y en la 11).añana surtía de bizcochos las canastillas de provisión estudiantil, inundando de besos la cabellera que fué de oro en la niñez. ¡La abuelita! ¡Ah! decidle, que la nieta ha vuelto, que ya llegó, que espera sus brazos, su voz de bendición. Y la palabra tétrica de la amiga volvió á murmurar. - . ¡Murió la pobre! descansa en la paz de Dios! ~ · Y nadie salió en nuestra demanda. Todo había muer- to; sin embargo, aun restaban nombres que evocar: ¿ Andrea, la ama querida, Manuela, ese tipo de la sir- vienta fiel de los tiempos de nuestros padres? .-¡Las pobrés murieron! ¡descansan en la pq.z de Dios! · · . Y aquí fué preciso apelar al cielo para no desfallecer en la tierra. Y sentadas s.obre las ruínas del encantado alcazar do- méstico, como en otro tiempo el prÓfeta doliente, so- .bre las ruínas de la ciudad babilónica; puestos los co- ~dos sobre las rodillas, las manos en la mejilla, cerra- dos los ojos y el alma en mustio recojimiento, vimos pasar ante la memoria, idénticos y actuales, los sucesos 'd . - ' . e tremta ano_;;. . . . . ' ¿Para qué volver? Allá, los recuerdos.

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