Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

LA CORONA BLANCA. Ni ella vivía, ni yo era la misma. A la niña siguió le mujer; á la paz del alma, las zozobras del corazón. ¿Amamos? ¿fuímós amadas? ¡Misterios del vivir, cubiertos de brillante celaje, que han de opacarse en la tardeó en la mañana! Un día, cojiendo azahares, tejimos la segunda coro- na blanca que entrelazó nuestra existencia con exis- tencia extraña. Solas, y ausentes de nuestros lares, rególa también el llanto. Mas, ¡ay! fué el llanto de la congoja que la duda de lo incierto hace brotar del corazón sensible de la mujer que se llama la desposada. En este mundo la dicha misma encierra amargura con el temor de perderla. ¡Cuán cierto es que no hay paz comparable con ]a que guarda la primera corona blanca, pues la flor pri- maveral del corazón, con el perfume de los sentimien- tos delicados que ha de resguardarlo de crudo vend~­ bal, la flor del amor, cae al impulso del olvido, cual azucena al golpe de aleve dallador. ¡¡Bendita sea la memoria de LA CORONA BLANCA de nuestros siete años!!

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