Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

ILTMO. D. D. ANTONIO DE LA RAYA. 203 nuestro siglo; probando que la instrucción es la fuente de todo progreso, quiso ser uno de los antiguos colaboradores de esta . gramde obra ds reg~neración so~ial, ·que según Victor Hugo, sera la enseña glorfosa puesta sobre las sienes del Siglo XIX. ·Sevilla pebe á La Raya, el magnífico Colegio Uam¡ido de llos ingleses en .cuyos salo~es se dejó oir la voz del tundador que trabajaba, como profesor. Pero los reducidos claustros de un coJegio eran estrechos pa1~ contener el alma de un hombre como La Raya. Necesitaba un horizonte mas dilatado: sus pupílas· debian abarcar- todo el Nuevo Continente, y estender se .su coraz ón por la poética América en cuyas risueñas colonfas brillaba.el acero español deslumbrante y destructor como :el ray-0. · En esas anchurosas selvas había hombres que oprimian, y ,· hermanos oprimidos;- y allí debia presentarse La Raya, como el ángel de los consuelos pidiendo libertad para la raza de Huascary de Sumac-Ttica. , CumpUóse la voz del destino. .Pr opuesto par.a Obispo del Cuzco, f ué elegido por Clement~ VIII y consagróle.el Arzobispo d~ Granada don Pedro de Castro y Quiñones~ / Dispnésto á partir en compañía de un hermano suyo, fué 'Sorprendido en Cádiz por la invaisón inglesa d~ 1594, y solo debido al favor de un amigo, pudo emprender su viaje armando velas hácia el Nuevo Mundo en un bagel equipado por un 1 hombre inteligente, que llevaba en el corazón ese código admirable dictado por el Nazareuo, y en las man-os la luminosa · baji11a dé la caridad. · En Julio de 1598 entró en su Iglesia, y sus primeros pasos fueron hácia la.instrucción y el ,al'ivio del indio, como que eran los dos pensamientos que daban calor á su cerebro. . Fundó el ColegiQ del Seminario en el Cuzco con ocheni a alumnos, y el de Guamanga llamado de la "Compañia" dono e instituyó vecas para niños indígenas á quienes se les colmata de preferencias, lo que contribuyó á dar al Cuzco hombres d@ la ciencia del doctor Lúna 1 rejo y del doctor Chulla. Los discursos científicos del primero y las anecdotillas picarezcas del segundo, son del conocimiento general, y han sido el alma de esas disputas palaciegas. El Palacio de La Raya, estaba constantemente visitado por indígenas llorosos que salian con las lágr~mas enjugadas y el semblant0 empapado en aquella sonrisa de consuelo que hace nacer la vo~ dulce de un amigo. Esa pobre raza indígena sometida al esquileo por la misma

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