Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas
114 TRADICIONES CUZQUE!tAS. miHa "la"venturosa," hija de don Pascual Portillo y Sanchez. Pa· · rece que la ninfa no le hizo bueri jesto al Correjidor, y que éste al verse despreciado s·e pro.puso emplear todo el contingente de su autoridad para doblegar la altiva tlor: llamó á don Ga- . \ briel de Castilla y Lugo, le persuadió que debia prestarle su apo- yo, y se echó tras su presa fovorita. -Aquí os quiero ·ver Corregidor y Corregidora, á cual afloja mas se decia don Gabriel. No cabe duda de que doña Juliana fué mas pródiga porque Lugo se decidió, á prestar el servicio en obsequio de ella. ¡Siempre condescendiente y amable el sexo fuerte con el, débil! El bueno de Castilla tramó una cita en avanzada hora de la noche: la Marquesa se encargó del prendimiento del Correjido~, y todo preparado no habia mas que- esperar. Llegó el momento, don Francisco acudió con el corazón · palpitante de gratas esperanzas, y se paseaba al pié de las ven- tanas de Maria la venturosa, envuelto en su anchª1 capa; jalado. el sombrero hasta el entrecejo, y con paso cauteloso. Media hora llevaba de impaciente ronda nuestro Correjidor, cuando aparecieron seis hombres con uno que los comandaba: todos ellos armados y embuzados en largas capas españolas. Al ver- los, don.Francisco se replegó contra la pared, pero ello no la valió de nada porque apurando el paso los encubiertos, .lo f().. dearon y le dijeron con voz firme: ¡preso de orden del Correji· dor! Don Francisco vaciló por la primera vez des u vida, y asién- dose al brazo del que parecia el Jefe; marchemos, le dijo. En el camino se llegó al oido de su acompañante y muy despacito le habló así:-Vaya paisano, que es graciosa:1a broma, pero ella no la sabrá nadie mas que' vos. Soy el Correjidor en persona que andaba rondando una gentil hembra que hace tiem- po me tiene descoyuntada el alma, y por fin esperé que esta noche terminase todo. Conqué vé en paz con tu gente tornan· do estos doblones para un bue~ refrescante, y ten cuidado qua yá sab~s que debes callar, y que la señora Marquesa ni lo mali· cie siquiera. , 1 Diciendo esto, habian llegado á la puerta del Cavildo. El homl>re oy6' impacible las palabras del Correjidor/y en respues· ta pidió una luz. Esta no se hizo esperar, y cuando podian verse perfectamente bien, arrancó el policial el sombrero y la capa á dón Francisco. Este se sorprendió, y amostazado y colérico, reprochó al que tanto atrevimiento tenia. Entonces la Correjfdora qua
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