Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano

62 JORGE BASADRE en los primeros tiempos. Pero no podíamos depender única– mente de esa forma de ingresos. Por lo general, salvo excepcio– nes muy honrosas, algunas de las cuales he de mencionar lue– go, aquí la gente no regala lo más preciado que tiene. En nues– tra época, a muchos autores no les es posible disponer de sus propias obras que hállanse entregadas a libreros y editores. Por esa razón los envíos de las Cámaras del Libro extranjeras, como, por ejemplo. las de México y Argentina, y los de varias imprentas peruanas, resultaron de gran importancia. Era inevitable, pues, que compráramos y para eso tenía– mos necesidad de dinero. No sólo dispusimos de las partidas intangibles en el presupuesto de la Biblioteca (irremediable– mente exiguo en aquella época) sino también de donativos, algunos de ellos para adquisiciones con fines específicos, co– mo la de la colección Justo. En total los particulares erogaron, por diversos conceptos, casi un millón de soles, aparte de lo entregado para esa colección. Esta suma resulta baja y pudo haber sido mucho mayor. Es preciso, sin embargo, tomar en cuenta el escepticismo surgido en relación con la capacidad del Estado para salvaguardar el patrimonio de la Biblioteca Nacional. El examen de las personas e instituciones donantes susci– ta una desigual emoción. No se hicieron presentes, salvo las pocas excepciones que menciono en seguida, la gente o las en– tidades más ricas del Perú. (11). Nada hicieron la Internatio- (11) Léese en el artículo "La Biblioteca de Ocopa: su historia y ór– ganización" por Nora Córdova de Castillo, publicado en Fénix, Revista de la Biblioteca Nacional, N'? 24, 1974, que el señor Waldemar Schroe– der y Mendoza fue uno de los "insignes benefactores" del convento. "Las obras regaladas a la biblioteca de Ocopa (asevera la señora Cas– tillo) por este ilustre señor ascienden a unos 2,000 volúmenes entre obras antiguas y modernas, de variadas materias, sobre todo de histo– ria del Perú. La mayoría pertenecía a su biblioteca particular; aunque también permitía que el convento escogiera aquellas obras que más necesitara. Comenzó a regalar libros a Ocopa en 1952 y hasta 1962 Y todo ello gracias al R.P. Odorico Sáiz, por quien tenía singular afecto".

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