Peregrinaciones de una paria
28 FLORA TRISTAN lidad: ya éramos amigos. - ¡ Valor/, me dijo, voy a apre– surar nuestra partida. Comprendo todo · lo que debe su- frir en su situación. . . . . . Puedo decirlo: esta primera visita de M . Chabrie es uno de los más felices recuerdos que conservo en el co– razón. Durante los dos meses y medio que permanecí en Burdeos; me sentí afectada por las más inquietantes aprensiones. Había vivido ery esa ciudad en dos ocasio– nes diferentes con mi hija, antes de que hubiera pensado en mi familia del Perú; y había conocido a mucha gente. de suerte, que, cada vez que salía, me sentía expuesta a encontrar algunos de esos antiguos conocidos, que podían pedirme noticias de MI HIJA, a mí, la SE,¡:;:¡ORITA FLORA TRISTAN. Sentía una continua ansiedad; con qué impaciencia esperaba el día en que debíamos hacer• nos a la vela. No veía la hora de salir de casa de mí tío de Go• yeneche; sin embargo me trataban con la más grande distinción, y sobre todo con pruebas de afecto que me 'hubieran hecho muy feliz si hubiera estado en una posi• ción sólida; pero tenía demasiado orgullo para comp!a– ,:erme. en consideraciones profligadas a un título que no ~ra el mío, y mi corazón abrevado por largos sufrimi.entos. tio podía .ser accesible a los prestigios del mundo y de su Jujo. Esta sociedad organizada para el dolor, en la que sl amor e.s un instrumento de tortura, no tenía para mi e ngún atractivo:. sus placeres no me daban ninguna ilu– ón, veía el vacío y la realidad de la felicidad que a ella había sacrificado; mi existencía había sido, destrozada. 17 no aspiraba ya sino a una vida tranquila. El reposo era 'wtl sueíío constante de mi imaginación, el objeto de todos ,nis deseos. No me resolvía sin puar a mi viaje al Perú1. •entía, como pot instinto. que iba á 'atraer nuevas desgra– cias .sobre mi cabeza. Dejar mi país que amaba con predi-' lección; abandonar a mi hija que no tenía más ·apoyo c¡ue
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