Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 153 de mis arrendatarios. El poco dinero contante que tenía. lo 'he prestado a gentes que no me lo devuelven. En fin, hasta el punto, de que mi mujer no tiene, a menudo, con qué ir al mercado. -Y, sin embargo, señor, desde esta mañana a las diez, y no son sino las doce, usted ha encontrado esos sacos de oro en algunos rincones ... El pobre loco contempló a. mi prima con aire es• pantado. -¿Quién se lo ha dicho? -Usted no lo ignora. Todo se sabe en este pais. Se llega hasta a decir que usted tiene en su sótano un tonel lleno de oro. -¡Virgen Santa! ¡qué maldad! ¡qué calumnia! ¡Quél; ¿Mis enemigos llegan a. decir que tengo un tonel lleno de oro? ¡Ah! ¡Pero ya no me puedo contener! Dofía Car– men, usted no lo cree ¿no es cierto?... Señorita, ¡esas son mentiras infames! ¡no las crea! ¡San José! ¡me harán perder la cabeza! El insensato cargó de nuevo sus sacos. Su cara adqui– rió la expresión de una locura sombría, sus músculos se contrajeron, todos sus miembros temblaban. Se veia qu~ sufria horriblemente. Ese mendigo, doblegado bajo el pe– so de su oro, se alejó tan pronto como se lo permltfa su fardo. -Carmen, usted es muy mala. Ustec;l será la causa de que este desgraciado se vuelva loco de remate. --¡Ah! ¡qué gran pérdida sufrirla el paisl Un hom• bre semejante basta para deshonrar la ciudad donde ha nacido. ¿No es irritante ver a. un mlllonario, cubierto con¡ ios tiara.pos de la miseria, acumular siempre para n0..: gozar Jamás y prl~ar a los desgraciados <le traba.Jo, en• ; terrando sus riquezas? La ciudad contiene a cinco o se~ 1ndividuos riquisi~os y a cuál de ellos más nusera.bles.i Son otras tantas sanguijuelas que chupan incesantemen• te el oro y la plata de la sociedad sin devolverle nada. La indignación de Carmen era fundada. En lo•
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