Añuje, el sembrador del bosque 60 casa y estuvo deambulando en el bosque durante tres días con sus noches, hasta que fue ubicado por el señor rinahui, el viajero del bosque. La señora añuje temió lo peor. ―No sé dónde quedó enterrada nuestra comida ―confesó finalmente a su esposa, un tanto avergonzado de su pésima memoria. ―No tienes por qué preocuparte por esta vez; puesto que, con la lluvia y el viento de anoche, todo el bosque está lleno de comida ―le consoló su esposa. Ambos, entonces, cogiditos de la mano, más que a buscar comida, se dedicaron a pasear y admirar el hermoso castañal a orillas del arroyo de Palma Real, en Madre de Dios. Él sonreía de felicidad. ―No me importa haber olvidado donde enterré las nueces, pues ahora esas nueces crecerán y serán nuevos árboles de castaña y habrá siempre comida en el bosque ―se dijo a sí mismo el añuje y se sintió aún más feliz. La última historia del añuje había capturado completamente la atención de los niños, quienes se congregaban alrededor de Don Oroma, sus ojos brillantes reflejando la fascinación por el relato recién compartido. La atmósfera de encantamiento se vio interrumpida por las voces de los padres que resonaban desde las casas vecinas, atravesando la tranquila noche amazónica con llamados llenos de cariño y preocupación: —¡Selvita, Olinda Serafina, ya es hora de volver a casa! —¡Muchachos, la cena está servida, que no se enfríe! —¡Camuchín, Pacuchita, Negrita, el día ha terminado, vengan antes de que la luna esté alta en el cielo! Don Oroma, con una sonrisa sabia y serena en sus labios, observaba cómo los niños, uno a uno, se levantaban, estirando sus pequeños cuerpos después de haber estado sentados en el suelo escuchando con atención. —Recuerden —comenzó Don Oroma con voz suave pero clara, captando una vez más su atención—, cada historia que compartimos es como una semilla
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