Narraciones de la Amazonía

El viejo Oroma nunca se hacía de rogar. Carraspeaba afinando su suave y fresca voz (a pesar del paso de los años), se sentaba sobre un grueso tocón de caoba y preguntaba: ―¿Qué historia quieren escuchar esta tarde? La historia del chullachaqui, don Oroma ―solicitaba antes que todos, Camuchín, una niña de color caoba y con unos ojos negros y brillosos como la resina del árbol copal. ―Pero hagan de cuenta que no están aquí en mi casa. Transpórtense imaginariamente al mismo corazón del bosque virgen ―les pedía el viejo Oroma a los niños y comenzaba su historia.

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