Antología Narraciones de la Amazonía Róger Rumrrill
Antología Narraciones de la Amazonía Róger Rumrrill
Narraciones de la Amazonía Antología Autor: © Róger Rumrrill De esta edición: © Biblioteca Nacional del Perú, 2023 Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima – Perú www.bnp.gob.pe Primera edición: marzo de 2024 Segunda edición: enero de 2026 Tiraje: 4000 ejemplares Edición y corrección de estilo: Gerson Rivera Cisneros Diagramación: Javier Uechi Tenguan y Gerson Rivera Cisneros Ilustración: Julio César Chujutalli Palomino Colorista: Williams Raúl Torres Huayllani Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.° 2026-00419 ISBN: 978-612-5205-18-6 Todos los derechos reservados. Ejemplar gratuito, prohibida su venta o reproducción. Soraya Altabás Kajatt Ministra de Cultura Juan Yangali Quintanilla Jefe Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Leandro Villalobos Terán Director de la Dirección del Acceso y Promoción de la Información
Contenido Presentación................................................................................. 4 AMAZONÍA MÁGICA..................................................................... 9 El chullachaqui, dios ecológico del bosque.................................... 12 Los ayaymaman buscan a su madre en el bosque............................ 20 El lobo de río y el pez.................................................................... 26 Los tuyuyos tristes........................................................................ 31 La señora shushupe y el señor picuro............................................ 35 La garza que creía que la luna era un pez....................................... 41 La señora motelo y las termitas..................................................... 47 Shihuango y su salón de belleza.................................................... 52 Añuje, el sembrador del bosque.................................................... 55 El amor de Tunum y Tunumba...................................................... 62 La Bella Durmiente...................................................................... 72 EXPLORA Y CREA. ....................................................................... 80
Presentación Aprendiendo a leer el libro de la naturaleza Tengo la desoladora impresión de que está surgiendo un nuevo analfabetismo y que este es el peor de todos: el analfabetismo de la naturaleza. Quien no conoce el alfabeto para la lectoescritura no está condenado al infierno; pero quien no conoce el alfabeto del libro de la naturaleza quizás no podrá sobrevivir en el planeta Tierra en el futuro. Parece una premonición hiperbólica; sin embargo, no lo es tanto si nos atenemos a lo que está sucediendo con los ecosistemas naturales
5 y con el medioambiente, tanto a nivel mundial como en el Perú, y específicamente en la Amazonía peruana. Curiosa y paradójicamente, el hombre tenía un conocimiento más profundo de la naturaleza antes de la era de Gutenberg. Incluso, como ha señalado con agudeza memorable el autor de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, en la antigüedad el hombre olía, escuchaba y veía más y mejor que ahora, cuando está casi dopado por el ruido urbano y la cultura mediática audiovisual. Tenemos testimonios que evidencian que las culturas precolombinas de la Amazonía poseían un formidable conocimiento de la naturaleza. Dialogaban con ella y conocían sus secretos. Era la madre naturaleza generosa dispensadora de bienes materiales y espirituales. Hace siglos, las crecientes e inundaciones cíclicas de la serpiente cósmica, que es el gran río Amazonas, no producían catástrofes. Todo lo contrario, era el ritual biológico y benéfico de la naturaleza. Las aguas desbordadas en las orillas, playas y bosques hacían posible el ciclo biológico de la fauna hidrobiológica, la flora y la avifauna. Los cronistas de la época, entre ellos el padre Uriarte, nos cuentan que los tupí-guaraníes, los cocama-cocamillas modernos, construían charaperas, corrales acuáticos donde guardaban las tortugas fluviales recolectadas en el verano. Llegado el invierno, durante las inundaciones y la escasez, disponían de carne y huevos en abundancia, ya que también recolectaban huevos para producir aceite, el
6 cual almacenaban en cántaros cubiertos con hojas de bijao para mantener el rico producto fresco y bien conservado. Igualmente, reforzaban los palafitos donde habitaban, en las orillas de los grandes ríos. De ese modo, sus viviendas resistían a pie firme las correntadas y la braveza de las aguas en el diluvial invierno amazónico. Aunque el científico francés Jacques Tournon, en su tesis doctoral Les Shipibo-Conibo de L’Amazonie Peruvienne et leur Environnement, una longue histoire, nos ha recordado que al menos los shipibo-conibos habitaban en invierno en las tierras altas, en las restingas no inundables, y en verano regresaban a las playas, a las várzeas, a las orillas del Ucayali y sus afluentes, para realizar sus actividades económicas y gozar del espléndido verano tropical. La mayoría de estas prácticas previsoras, producto de la milenaria convivencia con la naturaleza y de la observación minuciosa del gran libro de la realidad, ha sido olvidada. El resultado es lo que vemos y constatamos hoy en la Amazonía: los ciclos anuales de las crecientes del río son considerados como auténticas catástrofes, con su secuela de destrucción, hambre, enfermedades y miseria. El costo de este analfabetismo sobre la naturaleza es inmenso y trágico. Por ello, es vital que la educación vuelva los ojos a la naturaleza, el gran libro de la sabiduría y el desarrollo de la Amazonía y de todo el país. Es propósito fundamental de este libro contribuir a que los niños y los jóvenes
aprendan a leer el gran libro de la naturaleza y la vida. También a universalizar la cultura amazónica y amazonizar la cultura universal. Róger Rumrrill
AMAZONÍA MÁGICA EI viejo Oroma, el más viejo de los ancianos del pueblo de Terrabona, tenía fama de ser el mejor narrador de historias de los pueblos aledaños al río Amazonas. Decían que, en cierta ocasión, durante las celebraciones de las fiestas de San Juan, en Tapira, un pueblo vecino a Terrabona, había permanecido contando historias durante tres días con sus noches, sin dormir, comiendo juanes de arroz con gallina envueltos en hojas de bijao cuando tenía hambre y tomando chicha de maíz cuando tenía sed. “¿De dónde saca tantas historias, relatos y cuentos el viejo Oroma?”, se preguntaba la gente, asombrada, sobre todo porque Oroma nunca repetía los mismos cuentos. La gente que se hacía esta pregunta intentaba responderse diciendo: “Oroma, cuando era joven, viajó por toda la Amazonía y en esos viajes recogió sus historias”, “Inventa sus cuentos porque tiene mucha imaginación”, “Lee libros, y allí, en esos libros, conoce las historias que después nos cuenta”, “Ha viajado por el mundo y, en las grandes ciudades y con otras gentes, aprendió las historias”, “Es un brujo y cada cierta época del año se interna solo en el bosque virgen, y allí escucha las historias de la madre naturaleza”. Todo esto y mucho más decían las gentes tratando de explicar la sabiduría narrativa del viejo Oroma. Y desde Terrabona, Tapira y otros pueblos llegaban las gentes para escucharle contar historias en la fiesta de San Juan, en la Semana Santa, en la Navidad, durante las velaciones de los Santos, en los velorios cuando moría alguien del pueblo y en las noches de luna llena cuando hacía mucho calor.
Los que gozaban más de las historias del viejo Oroma eran los muchachos de Terrabona, lugar donde vivía y pasaba la mayor parte de sus días el narrador. En un tiempo había vivido en Bretaña, en el canal del Puinahua, donde se había establecido la mayoría de sus diez hijos. Allí había vivido hasta cumplir los noventa años; pero luego se trasladó a Terrabona con uno de sus hijos, el menor de todos, que era un maestro de escuela de 25 años de edad. ―Don Oroma, cuéntanos historias ― Le pedían los muchachos que más asiduamente le visitan en su casa de los extramuros del pueblo: Gabriela, Jeff, Nelly, Jaime, Camuchín, Walter, Selva, Chava y Olinda Serafina. Amazonía mágica
El viejo Oroma nunca se hacía de rogar. Carraspeaba afinando su suave y fresca voz (a pesar del paso de los años), se sentaba sobre un grueso tocón de caoba y preguntaba: ―¿Qué historia quieren escuchar esta tarde? La historia del chullachaqui, don Oroma ―solicitaba antes que todos, Camuchín, una niña de color caoba y con unos ojos negros y brillosos como la resina del árbol copal. ―Pero hagan de cuenta que no están aquí en mi casa. Transpórtense imaginariamente al mismo corazón del bosque virgen ―les pedía el viejo Oroma a los niños y comenzaba su historia.
12 dios ecológico Don Oroma dio inicio a su relato de la siguiente manera: Así como los cerros tienen sus dioses, que son sus guardianes y protectores: los muquis; los bosques de la Amazonía también tienen sus dioses, sus protectores y sus guardianes, y estos son los sacha runas, chullachaquis, yashingos, shapshicos, shapingos, shatucos, shitacos, shollacos. Les contaré sobre los chullachaquis. Los chullachaquis son de pequeña estatura, por lo que pueden moverse mejor en el bosque. Son de color oscuro y tienen una cabeza desproporcionada para su tamaño. Pero más que por su pequeña estatura, su cabezota y su color oscuro, el chullachaqui destaca por una característica muy especial en sus pies. Estos son desiguales, y de allí viene su nombre en el idioma de los incas: chulla, ‘desigual’, y chaqui, ‘pies’. Uno de sus pies apunta hacia adelante y el otro, hacia atrás. Y en sus pies está la clave de su secreto, el enigma de su existencia y el misterio de su relación con los hombres. Muchas veces, los hombres y las mujeres caminando en el bosque y en la orilla de un arroyo encuentran las huellas de un pie que ha caminado en una dirección. Si están El chullachaqui, del bosque
El chullachaqui, dios ecológico del bosque desorientados, puede ser que sigan la dirección de esas huellas que no conducen a ninguna parte. Pero también puede ocurrir que sigan las huellas en dirección contraria y ocurra que vuelvan y retornen al punto de donde partieron. Entonces, los hombres y las mujeres, siguiendo estas huellas, van y vienen en una ida y un retorno sin término, circulando y girando como es el tiempo y la vida en el bosque, que no tiene principio ni fin. El chullachaqui tiene buen humor, le gusta jugar y es un ser sonriente. Le encantan los niños. Cuando estos están solos en sus chozas, porque los padres se han ido a la chacra, de pesca o de cacería, se acerca y juega con ellos. Para no asustarlos con su cabezota y sus pies desiguales, se transforma en el padre, la madre, el hermano o la hermana, el tío o el amigo. Cuando decide irse, porque supone que los padres de los niños están por llegar, el niño, la niña o los niños le siguen por el bosque, confundidos por la apariencia del chullachaqui. Por eso muchas veces se han encontrado niños perdidos en el bosque, llorando y abandonados. El chullachaqui se enoja mucho cuando los hombres talan los árboles del bosque en exceso, más allá de sus necesidades. Sobre todo no le gusta que corten las grandes lupunas, las catahuas, los renacos; es
15 decir, los árboles que tienen madre, porque en el bosque los árboles, los ríos, las cochas, el arcoíris, todos los seres tienen madre. Para evitar que los hombres destruyan el bosque, el chullachaqui usa todas sus artes. Lanza truenos y rayos que asustan a los hombres, hace llover copiosamente para apagar el fuego del bosque, avisa a las isulas, las grandes hormigas venenosas, para que ataquen a los taladores; asimismo, convoca a las huayrangas, las avispas gigantes, para que piquen y produzcan fiebre. El chullachaqui castiga a los hombres que son enemigos de los animales del bosque, a los cazadores que matan con crueldad y demasía a la fauna de sajinos, huanganas, venados, tapires, ronsocos, majases, añujes, carachupas, otorongos, monos y diversas aves, como paujiles, trompeteros, pavas, pucacungas y perdices. Para castigar a un cazador, el chullachaqui se transforma en un venado, la pieza de caza más apetecible y más buscada por el cazador. Convertido en venado, se deja ver por el cazador a tiro de arma, luego rápidamente se aleja y, después, se detiene, esperándole. Cuando este le da alcance y otra vez lo tiene en la línea de mira de su escopeta, el venado se aleja otra vez y así prosigue con este juego hasta llevar al cazador al interior del bosque virgen, donde lo deja, finalmente, perdido.
16 El chullachaqui, dios ecológico del bosque Lo mismo hace con los cazadores de monos. Se transforma en un hermoso mono choro o una maquisapa y se hace perseguir por el cazador hacia el interior del bosque. Allí desaparece de la vista de este que, al final, pierde no solo al mono, sino también la trocha para regresar. El chullachaqui también puede transformarse en un paujil, la gran ave del tamaño de un pavo que vive en el corazón de la selva, para engañar a los cazadores ambiciosos y llevarlos a lo más profundo del bosque y dejarlos perdidos. El chullachaqui también hace su chacra en medio del bosque. Muchas veces se puede escuchar, en plena selva, un golpe seco de machete o de hacha como de alguien que está trabajando en el bosque. Es el chullachaqui que está haciendo su chacra. ―Don Oroma, ¿usted ha visto alguna vez un chullachaqui? ―preguntó Camuchín, interrumpiendo el relato del viejo, sin poder contener su curiosidad. Los demás muchachos estaban muy atentos, imaginándose estar en el bosque, siguiendo las huellas de los pies desiguales. ―Sí, he visto no solo una, sino varias veces al chullachaqui. Les voy a contar sobre aquella vez que me encontré con él y que se transformó en mi hermano Otoniel. Vengan todos conmigo ―dijo y comenzó su relato. Era el mes de enero de un año que recuerdo muy bien, que se ha quedado fijo en mi memoria porque ese año el río Amazonas se desbordó, creció como no lo había hecho en mucho tiempo, inundando las chacras y las casas en todos los pueblos. Con la naturaleza que cambia y se transforma, también cambia la vida de los hombres, porque, como ustedes saben, la vida del hombre en el río y en el bosque tiene dos etapas muy marcadas: el invierno y el verano, las dos únicas estaciones que conocemos del clima y que también son estaciones de nuestras vidas. En ese mes de enero, solo conocíamos el agua y el bosque inundado. Solo había tierra en la restinga, una parte alta del bosque donde los animales habían buscado refugio. Tomé mi canoa y me dirigí a la restinga para buscar tortugas motelos y huevos de perdiz. Desde que puse los pies en la restinga, mientras caminaba por la hojarasca húmeda del monte, presentí que algo extraño me iba a pasar. El primer aviso
El chullachaqui, dios ecológico del bosque fue el canto de la chicua, el pájaro de mal agüero. Luego, una serpiente loro machaco se cruzó en mi camino. La serpiente también es un mal anuncio. Súbitamente escuché voces a mi espalda. Giré rápidamente el rostro y, asombrado, vi que mi hermano Otoniel avanzaba hacia mí. ―¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has retornado de Tapira? ―le pregunté. Él había viajado al pueblo de Tapira recién el día anterior y tenía previsto regresar el fin de semana. ―Llegué esta mañana y como me enteré de que has venido a la restinga, he venido a darte alcance ―contestó con naturalidad. ―Pero no has traído tu escopeta. ¿Con qué vas a balear? ―le dije, sorprendido de que estuviera en la restinga sin su arma. ―Te voy a ayudar a cargar lo que tú mates ―respondió prestamente. El bosque, que hacía solo unos instantes era un concierto de cantos de pájaros, de aullidos de monos, de la
18 El chullachaqui, dios ecológico del bosque estridencia de las cigarras y de algún lejano rugido del tigre otorongo, se había quedado, extrañamente, en silencio. El silencio se quebró con las palabras de Otoniel. ―Estoy escuchando el canto de un paujil ―me dijo apuntando en la dirección a una hilera densa de palmeras tagua. ―Ven, sígueme ―dijo y caminó con gran agilidad y destreza debajo de las palmeras. En ese instante, volvió a cantar la chicua y tuve miedo. Empecé a correr detrás de Otoniel y grité: ―Espérame. Se detuvo para mirarme y fue en ese momento en que pude ver sus pies desiguales entre la hojarasca. ―¡El chullachaqui! ―grité aterrorizado y emprendí una loca carrera con dirección a mi canoa. Después de ese susto, abandoné la cacería de animales para siempre. ―Otra historia, otra historia, cuéntanos otra historia pidieron los muchachos en coro. El viejo Oroma carraspeó afinándose la voz. Levantó su humanidad de 97 años, caminó hacia la cocina, tomó con mano firme una mocahua de arcilla y se sirvió la blanca y espumosa bebida de yuca llamada masato. ―Está un poco fermentada para ustedes, por eso no les ofrezco ―se disculpó y se sentó nuevamente en el tocón. El sol, que hace poco era como un incendio, se apagaba lentamente en las aguas del Amazonas. ―Queremos escuchar la historia del ayaymaman ―pidió Gabriela, a quien le decían la Pacuchita por el color castaño de sus cabellos. ―Bien, les contaré sobre ayaymaman ―aceptó el viejo Oroma y, curiosa y coincidentemente, en ese mismo momento el ayaymaman cantaba en el cercano bosque del pueblo.
El narrador miró a los niños, sorprendidos, los calmó y dijo: Las aves en el bosque amazónico han sido bautizadas por el pueblo por la forma de su canto. Sus nombres son onomatopéyicos. El pájaro victordíaz se llama así porque en su canto dice: “victordíaz, victordíaz, victordíaz”. El huancahui, que come serpientes, se llama así porque cuando canta dice: “huancahuiii, huancahuiii”. El ayaymaman, al cantar, dice su nombre: “ayaymaman, ayaymaman”. Los pájaros y todas las aves conocen el secreto de la naturaleza y son anunciadores de buenas y malas nuevas para el hombre del bosque. La garza rosada, para los sharanahuas, anuncia el verano y el retorno de un ser querido. El huancahui, cuando canta, está anunciando alguna mala noticia para el que lo escucha. Puede ser un accidente o la muerte de un familiar o de un amigo muy querido. El picaflor es un buen y mal mensajero entre los aguaruna-huambisas. Si vuela con alegría, como bailando y danzando suspendido en el aire, significa buena y abundante cacería. Si pasa como una flecha, huyendo vertiginosamente del peligro, algo malo va a pasar. El martín pescador, conocido también en la Amazonía como catalán, avisa a los ribereños y pescadores si la creciente del río, en el invierno, será alta o baja. Cuando la creciente se anuncia alta y habrá inundación, el catalán traslada su casa de la parte baja a la parte alta del acantilado y el barranco. Es una señal infalible que los ribereños esperan para tomar sus previsiones. Para los shipibo-conibo-shetebos, el martín pescador es un tótem, un dios protector. Ellos han Los ayaymaman buscan a su madre en el bosque
22 vivido por milenios en las orillas de los grandes ríos, sobre todo en el Ucayali, mirando los cielos y viviendo del río. Este es su fuente de vida, y el martín pescador les avisa tanto en el verano como en el invierno dónde están los bancos de peces o los mijanos, como se dice en la Amazonía. El martín pescador y los shipibo-conibo-shetebos son los mejores pescadores de la Amazonía. El canto del ayaymaman es uno de los más tristes que es posible escuchar en la Amazonía. Es más triste aún porque el ave canta en el crepúsculo, cuando el sol se ha puesto y el bosque y los hombres sucumben a la fatiga del día. Los ayaymaman cantan casi siempre en pareja. Antes, ellos fueron dos niños que vivían en un pueblo del Amazonas felices; pero, un día, la madre murió, mordida por una serpiente shushupe, mientras recogía agua en su cántaro en una quebrada de aguas claras y profundas. El padre, que era un mitayero o cazador, se casó por segunda vez con una mujer que había venido de la ciudad y nadie sabía quién era ni qué había hecho durante su vida. Tenía un carácter violento y amargo. Ni bien se hizo cargo de la casa, la madrastra empezó a mirar con cólera a los niños. Por quítame estas pajas, los castigaba, especialmente a la niña de nueve años sobre quien había descargado prácticamente todas las obligaciones de la cocina. Flor de Belem, que así se llamaba la niña, era despertada a las cuatro de la mañana para prender el fogón, lavar las ollas y los platos, traer el agua en un cántaro grande y pesado para su edad y tamaño y, luego, cocinar la yuca, el pescado y preparar la mazamorra de plátano, que tanto le gustaba al padre; mientras tanto, la mujer dormía a pierna suelta hasta las seis de la mañana. Por su lado, Santiago o Shanti, como le decían al niño, que era un año mayor que su hermanita, tenía también que madrugar a cortar la leña para el fogón, revisar las trampas para sachacuyes y quirquinchos que su padre colocaba al atardecer en el bosque a buena distancia de la casa. El padre miraba con indiferencia el maltrato que la mujer daba a los niños. El ayaymaman busca a su madre en el bosque
23 Es más, la alentaba cuando decía: ―Hazlos trabajar duro, que coman con el sudor de su frente. Y, si haraganean, castígalos y auméntales las tareas. La madrastra odiaba tanto a los niños que no quería verlos un día más en su casa. Así que tramó un plan. Aprovechando que el padre había ido al pueblo a vender el producto de su cacería ―carne y pieles de cerdos salvajes, huanganas y sajinos―, les dijo con una falsa y aparente bondad y ternura: ―Hijitos, hoy día quiero que descansen de tanto trabajo. Vamos a ir al monte a buscar frutos de sachamangos que le gustan mucho a su papá. Con esta y otras tretas llevó a los niños lejos de la casa, monte adentro. Cuando tuvo a los niños en un lugar distante, completamente desconocido
El ayaymaman busca a su madre en el bosque para ellos, un lugar desolado del bosque, les dijo con voz acaramelada, fingida: ―Voy un ratito a hacer mis necesidades. Espérenme aquí y no se muevan ―y, diciendo esto, se internó en el bosque y, utilizando otro camino, se alejó del lugar y regresó a la casa. Los niños, creyendo a la madrastra, se pusieron a jugar mientras esperaban que regresara; pero el tiempo pasaba, las horas corrían, se acercaba la noche y la mujer no regresaba. Cuando la noche llegó, Flor de Belem y Shanti comprendieron que habían sido abandonados. Muchos días vagaron por el bosque, hambrientos, heridos por las espinas y las zarzas, picados por las alimañas. En las noches, los niños trepaban como podían por el tallo de un árbol hasta llegar a la copa, huyendo de los tigres y las serpientes, y lloraban clamando por su madre: “Ayaymaman, huishchurhuarca”. Después de escuchar durante tantas noches este lamento, que significa: ‘Nuestra madre ha muerto y nos han abandonado’, la madre del bosque se compadeció de los dos niños y los convirtió en pájaros, en aves nocturnas,
El ayaymaman busca a su madre en el bosque de plumaje marrón oscuro, que se mimetizan y se confunden con las hojas de los árboles donde duermen. Así, la madre naturaleza los protege de los cazadores. Esos dos ayaymaman que ahorita están cantando en el bosque son los dos niños de nuestra historia ―concluyó su relato el viejo Oroma. Los niños habían enmudecido con la historia. Estaban sumergidos en el silencio cuando Nelly, a quien llamaban con cariño Negrita por el hermoso color caoba de su piel, se atrevió a romper la temerosa atmósfera de silencio, preguntando tímidamente: ―Don Oroma, ¿conoce más historias sobre los animales de la selva? Oroma paseó sus ojos pequeños, húmedos y vivaces sobre los niños. Luego, miró al exterior, a la noche del bosque, por encima de la baranda de la casa construida sobre pilotes de la dura madera de huacapú para escapar de las inundaciones en las grandes crecientes del río Amazonas. ―Mañana les contaré algunas historias sobre los habitantes de nuestra Amazonía, porque ya es la hora de la merienda y tienen que volver a sus casas ―dijo.
26 lobo de río Con una sonrisa sabia, Oroma se acomodó en su asiento y comenzó: En el pequeño río Palma Real, afluente del gran río Madre de Dios, vive todavía un viejo lobo de río, de piel muy lustrosa por los años de uso. Ha perdido un poco la vista, y los afilados colmillos de su juventud son ahora como dos lanzas gastadas y sin puntas. Salvo su edad, nada en él llama la atención de los habitantes del bosque y los ríos, excepto un detalle. Es el único lobo de río que tiene como amigo un pequeño pez, lo que es sencillamente extraordinario y sorprendente, teniendo en cuenta que los lobos de río comen solo peces y que desde que el mundo es mundo lobos de río y peces son enemigos irreconciliables. Pero veamos cómo es que el lobo de río y el pez llegaron a ser amigos en el pequeño río Palma Real, en Madre de Dios. El lobo de río era el habitante más orgulloso y soberbio del río Palma Real. ―Soy el rey de este río. Los habitantes más poderosos me respetan. El gran lagarto negro no me toca y más bien me saluda con respeto. La poderosa anaconda me manda regalos de peces ―se vanagloriaba el lobo de río. Desde el amanecer al atardecer se la pasaba engullendo pescados. Se comía un promedio de diez kilos de sabrosas palometas, corvinas, sábalos, sardinas y tucunares. Los mejores y más sabrosos peces del río Palma Real. ―Yo solo como pescados finos. Los más grandes y sabrosos. Yo no gasto mis dientes en masticar bujurquis, boquichicos y carachamas. Esos peces ordinarios y comunes son comida para el lagarto negro ―solía decir con soberbia. Con el tiempo, al orgullo y la soberbia, el lobo de río sumó la crueldad. Ya no solo pescaba para comer, según sus necesidades, como hacen los otros habitantes del río que se alimentan de pescados, sino que mataba peces el pez y El
por puro placer. Con sus fuertes brazos nadaba y buceaba a gran velocidad persiguiendo a los peces. Los cogía de la cola y los arrojaba a la orilla del río, donde los peces morían por falta de oxígeno y luego eran picoteados por las aves rapaces. Otras veces, “para ahorrarles dolor”, según decía, atrapaba a los peces, les hincaba los afilados dientes en la cabeza y los dejaba agonizando. ―Así le ahorro energía al lagarto negro, que ya no tendrá necesidad de ir detrás de los peces ―decía con autosuficiencia. A mediodía, luego de comer abundantemente, el lobo de río salía para asolearse y retozar sobre un árbol de shihuahuaco, muerto y seco a orillas del Palma Real. Así estaba un día de junio, en vísperas de las fiestas de San Juan, cuando un cazador de lobos de río lo vio recostado y semidormido sobre el grueso tronco. Como era mediodía no había pájaros para advertirle del peligro en que se encontraba. Todo el mundo sabe que a mediodía, cuando el sol brilla muy fuerte, todos los habitantes del bosque, huyendo del calor, buscan la frescura y la tranquilidad entre el ramaje de los árboles gigantes. “Este será un gran día para mí en vísperas de San Juan”, pensó el cazador de lobos de río, parapetado detrás de las aletas de un ficus que los lugareños lo conocen como renaco. Revisó su arma, una escopeta con detonador de un cartucho con 25 municiones. El lobo de río y el pez
―Tengo que apuntarle en la cabeza para no malograr la piel ―musitó el cazador. Fue avanzando cautelosa y silenciosamente para acortar la distancia. ―Tendré que meter los pies en el agua para lograr una buena posición, porque el disparo tiene que ser seco y certero en la cabeza ―se dijo. Estaba a solo quince metros de distancia y se preparó para efectuar el disparo. Se había remangado el pantalón y había metido las dos piernas en el agua hasta las rodillas. Sus dos pies descalzos rozaban las arenas. “Me encantan los lobos de río dormilones. Eso te pasa por comer demasiado. Te estás hinchando con el sol”, pensó el cazador, sonriendo. Acomodó la culata de la escopeta en el pecho y apuntó en la cabeza del lobo de río. El sol resplandecía sobre el cañón del arma. ―Van a matar al lobo de río ―gritaron los peces y huyeron en estampida. ―Pobrecito, aunque es orgulloso y cruel, creo que merece seguir viviendo como todos nosotros ―dijo con compasión el humilde bujurqui. El lobo de río y el pez
Con sus dientecillos finos y afilados, que parecen una cuchilla de raspar queso para los espaguetis, hincó con fiereza el talón del desprevenido cazador de lobos de río, en el preciso momento en que este disparaba, haciéndole perder el equilibrio y, por tanto, la puntería. El estruendo del disparo despertó al lobo de río de una pesadilla. Abrió los ojos desorbitados, solo para darse cuenta de que el cazador estaba listo para hacer un segundo disparo, rectificando el error del primero. De un salto ganó el río y se sumergió en las profundidades. Durante varios días y varias noches no puedo conciliar el sueño. Fue en esos días que el lobo de río supo que le debía la vida al modesto bujurqui que vive en los remansos del Palma Real, comiendo frutas y gusanillos. Deponiendo su orgullo, su soberbia y su crueldad, fue a buscar al discreto bujurqui. Este, cuando lo vio venir, trató de huir pensando en lo peor, dados los antecedentes del lobo de río. ―Amigo bujurqui, no huyas. Vengo en son de paz. De ahora en adelante quiero ser tu amigo. Tú no solo has salvado mi vida, sino también la has cambiado porque ahora sé que aun tu peor enemigo puede ser tu mejor amigo. Es por eso por lo que ahora los habitantes El lobo de río y el pez
El lobo de río y el pez del bosque y de los ríos pueden ver, en el río Palma Real, el increíble espectáculo de un viejo lobo de río jugando con un humilde bujurqui, también ya entradito en años.
31 tuyuyos Oroma se aclaró la garganta y anunció: Tres tuyuyos viven en el Parque Natural de Pucallpa. Un cazador los capturó cuando todavía eran pichones en el lago Imiría, en el río Ucayali. Los padres murieron en las manos de ese mismo cazador. Los tres tuyuyos son todavía muy jóvenes; pero, como todos los de su especie, ya tienen las piernas y los cuellos muy largos y los picos también largos y muy fuertes. El mayor de ellos tiene dos años, como decir veinte años en la edad de los hombres. Se llama Natito y fue bautizado así por el administrador del parque. El segundo tiene dieciocho meses, o sea, dieciocho años en la edad humana, y se llama Patitas Cortas, y el que le puso nombre es un niño llamado Shamuquín. El tercer tuyuyo solo tiene diez meses, o sea, diez años. Los niños que visitan el Parque Natural de Pucallpa le llaman con cariño, simplemente, Tuyuyin. Natito tiene el carácter introvertido. Cuando el guardaparques encargado de proporcionarle los alimentos trae pescados frescos en un balde y le ofrece una sardina de escamas relucientes y de aspecto apetitoso, Natito apenas abre el pico para decir “croc”, que quiere decir ‘gracias’ en el lenguaje de los tuyuyos de la Amazonía. Los otros habitantes del Parque Natural de Pucallpa ―jaguares, cocodrilos, tortugas, monos, garzas, patos silvestres, paujiles, martines pescadores― han hecho circular el rumor de que Ñatito dejó una novia en el lago de Imiría. Será por eso por lo que Natito mira con nostalgia ―hasta que sus ojos se humedecen de tristeza― a las aves libres y felices que cruzan los cielos azules de la Amazonía en busca de árboles y ramajes donde anidar y de lagos cálidos y ricos en peces donde proveerse de alimentos. Con frecuencia se cubre la cabeza con sus grandes alas para esconder su tristes Los
32 Los tuyuyos tristes tristeza y sus lágrimas de la gente que visita el Parque Natural de Pucallpa. Patitas Cortas es, como los adolescentes de todo el mundo, un soñador y un ser ansioso de independencia y libertad. Suele sumergirse en largos y profundos silencios para imaginar sus días de felicidad en el lago Imiría con sus padres. Evoca entonces con intensidad, como si estuviera saboreando una palometa que brilla con el sol, las tardes del verano en el lago de Imiría, el gran lago habitado en las orillas por los panos, los shipibo-conibo‑shetebos, esas tardes en que de la mano de sus padres, junto a sus otros dos hermanos, caminaban por la orilla del lago, entre jacintos acuáticos, juncos, victorias regias, pescando pequeños tucunares, bujurquis, afaningas, ranas y muchas especies más que prefieren guarecerse y reposar en las orillas bajas del lago, huyendo de sus predadores ―pirañas, paiches y las redes de los pescadores― en las aguas más profundas del Imiría. Pese al tiempo transcurrido, aún no ha podido olvidar la tarde en que la sombra de la tragedia estuvo a punto de nublar la luz solar de la felicidad familiar. El incidente ocurrió de modo imprevisto y sorpresivo, como siempre pasa con los accidentes. Desoyendo las constantes advertencias de sus padres, se había alejado de ellos más de lo acostumbrado, penetrando en el lago hasta donde sus largas piernas le alcanzaban. Se había dedicado a mirar, con curiosidad, el juego de los peces. Estaba mirando los acrobáticos movimientos de los peces y se había olvidado del consejo paterno de jamás dejar de vigilar a su alrededor tanto en tierra firme como en el agua. El grito de su madre le sacó de su abstracción, y su instinto de conservación hizo lo demás: dio un salto con todo lo que le daban las fuerzas de sus piernas y de sus alas, justo para librarse por unos centímetros de la feroz dentellada de un joven cocodrilo negro de dos metros de largo. Hasta ahora se le ponen las plumas de punta cuando recuerda las fauces calientes del cocodrilo hambriento. Cuando piensa en el lago Imiría, en los cielos azules de la Amazonía, en los niños que llegan en tropel de las escuelas de Pucallpa, y cuando los observa jugar, reír, correr libres y felices por el Parque Natural de Pucallpa, él también quisiera ser como esos niños y adolescentes y correr libre y
33 feliz con sus dos hermanos. Será por eso por lo que, con cierta frecuencia, el guardaparques lo encuentra picoteando las rejas de su prisión o sacudiéndose las alas cortadas. Tuyuyín, en cambio, es como un niño de diez años. Se inventa juegos con las semillas de aguaje y humarí que los niños arrojan a su vivienda. Con las hojas de los árboles que el viento hace volar se imagina inmensos árboles
Los tuyuyos tristes que crecen en el pasto seco por donde camina. Juega con los niños a los cuales permite ―a los únicos― que le toquen el pico y le hagan bromas como esta: “Te ha crecido mucho la nariz, como a Pinocho, por decir muchas mentiras”. Tuyuyín sonríe de buena gana cuando los niños le toman el pelo, mejor dicho, las plumas. Él mismo se gasta algunas bromas con sus amiguitos. El otro día introdujo en el bolsillo de uno de ellos un pescado. Hace poco, uno de los niños, ante tanta familiaridad, se atrevió a abrir la puerta de la prisión asegurada con un picaporte. El niño entró a jugar con Tuyuyín, trepándose sobre sus espaldas; pero el juego fue interrumpido bruscamente y de mala manera por el guardaparques, quien le advirtió con mucha energía al niño: “Está terminantemente prohibido abrir la vivienda de los tuyuyos porque se pueden escapar”. Tuyuyín está esperando el gran día en que otro niño vuelva a mover el picaporte de la puerta y entre a jugar con él. Sueña con ese día, con las plumas de sus alas crecidas, la puerta de la prisión abierta, y con el cielo azul de la Amazonía y el lago de Imiría, que lo esperan para verlo libre y feliz.
35 La señora Oroma miró a los niños y dijo: En un bosque poblado de palmeras viven la señora shushupe y el señor picuro. Ella es la serpiente más temida del bosque amazónico y en las noches cuando emite su silbido, como el cloqueo de una gallina, la gran orquesta de la selva tocada por grillos, sapos, mamíferos, aves y otros habitantes se queda en silencio, paralizada. Hasta el viento, temeroso, parece detener su paseo nocturno. Los hombres también temen a la señora shushupe. “La shushupe te sigue a gran velocidad por el bosque”, dicen los hombres temerosos cuando escuchan su silbido. “Pero si te sigue y está a punto de alcanzarte, le arrojas tu camisa, tu pantalón o algún trapo que llevas en la mano. Eso la confunde y, mientras ella ataca tu camisa, tu pantalón o la toalla que le has arrojado, tú huyes con todo lo que te dan tus piernas”, aconsejan los hombres. En las noches, el largo cuerpo de más o menos tres metros de la señora shushupe se queda quieto, mimetizado debajo de un árbol caído o entre grandes hojas secas de uvilla, esperando a sus presas. Le encantan la sabrosa carne de los ratones del bosque, los huevos y los pichones de pájaros. En contraste, el señor picuro es uno de los habitantes más inofensivos y queridos del bosque. Su cuerpo es pequeño y regordete, y sus piernas cortas, lo suficientemente fuertes y ágiles para correr cuando los perros del hombre lo persiguen con saña o el poderoso otorongo corre pisándole los y el señor picuro shushupe
36 talones. Su carne es uno de los manjares más apetecibles para los hombres y muchos habitantes del bosque, como el tigre otorongo. La temible señora shushupe y el inofensivo y simpático señor picuro son los mejores amigos entre los habitantes del bosque. Ambos tienen hábitos nocturnos, pues descansan en el día y trabajan, buscando sus alimentos, en la noche. La señora shushupe es friolenta. En las noches lluviosas de invierno, cuando todos los habitantes del bosque se acurrucan en la calidez de sus refugios, la señora shushupe toca la puerta de la casa del señor picuro. ―Señor picuro, tengo mucho frío, le ruego por favor darme posada en su casa mientras pasan las lluvias ―le pide. El señor picuro, que ha salido a mirar quién toca la puerta de su casa excavada debajo de la tierra, piensa antes de contestar sí o no. Tiene su esposa y dos bebés que están jugando en sus habitaciones. Ellos saldrán al bosque dentro de un momento a buscar alimentos y necesitan quien se quede cuidando la casa y, sobre todo, a los niños. En el bosque hay
37 mucha comida; pero los niños picuritos también pueden ser comida de los enemigos. “La ley de la selva es la reciprocidad: ayudarse uno al otro, y no puedo negarme a darle posada”, piensa el señor picuro. ―Puedes quedarte en la casa mientras pase el invierno. Solo te pido que vigiles a mis dos pequeños porque yo y mi esposa vamos a salir al bosque a buscar alimentos ―le contesta con amabilidad y cortesía. La señora shushupe sonríe agradecida y mueve con cierta torpeza su cola en señal de amistad, luego con su gran cuerpo penetra en la casa siguiendo al señor picuro, quien se adelanta para presentar a sus dos hijos y su esposa a la nueva inquilina. ―Les presento a la señora shushupe. Ella vivirá en la casa mientras pase el invierno ―anuncia el señor picuro a su familia. Su esposa asiente con la cabeza y los niños, con los ojos sorprendidos y vivísimos, comentan: ―Ella no es como nosotros. Es larga como una soga. ―Ella es un habitante del bosque como nosotros. Es larga como toda su familia ―explica el señor picuro. ―Ocupará el cuarto del fondo, allí donde guardamos los alimentos ―agrega. La casa de la familia picuro es subterránea. La pareja ha tardado más de un mes en excavarla. Tiene varios niveles y cuatro habitaciones. Precavidamente, la casa ha sido construida con una puerta de entrada y otra de salida. La de salida es usada en situaciones de emergencia como puerta de huida y fuga cuando los enemigos atacan. Para engatusar a sus enemigos, en especial al perro del hombre, la familia picuro había conseguido que su amiga, la señora araña, haga su casa en la puerta, para dar la impresión de abandono y de que la casa estaba deshabitada; pero esta treta no había servido de mucho ante el potente olfato del perro del hombre que percibía el fuerte olor de la familia picuro; por lo que el can penetraba en la casa ladrando, con los colmillos amenazantes. La señora shushupe y el señor picuro
38 En una circunstancia así, la familia solía salir despavorida por la puerta de emergencia con dirección al río, su única posibilidad de salvación. Momentos después, el señor y la señora picuro se despiden con besos de los niños y le piden a la señora shushupe que esté vigilante, y salen a trabajar en la noche. ―Vayamos con dirección al río. Hace unos días he olido la fragancia de charichuelos y quinillas ―le dice el señor picuro a su esposa. Ella no contesta. Está sumida en sus propios pensamientos. Está pensando en sus hijos que, muy pronto, estarán como ellos, buscando comida en el bosque. Se le escarapela el cuerpo, poniéndole la carne de gallina, pensando en lo que pasaría si el perro del hombre estuviera en este momento tratando de entrar en su casa; pero se consuela al recordar que la señora shushupe es, junto al tigre otorongo, el único habitante del bosque que puede vencer al perro del hombre e, incluso, al mismo tigre otorongo: ―Es una buena guardiana de mis hijos ―musita. ―¡Qué! Estás hablando sola como los monos ―le bromea el señor picuro, haciéndole arrumacos en el gordo cachete.
39 Cuando llegan al río, la luna, envuelta en una bruma lechosa, apenas ilumina la playa; pero, en la penumbra blanquecina, pueden ver extrañas formas sobre la arena y voces apagadas que susurran. ―Espera. Quédate quieta ―le dice el señor picuro con voz casi inaudible a la señora picuro. El señor picuro abre bien los ojos. Observa con atención las formas sobre la playa. Aguza el oído. Siente que su corazón ha empezado a palpitar aceleradamente. Sus manos están sudando. Su corazón hace más ruido que sus pasos menudos y suaves en la mullida arena fluvial. ―Son cazadores que están descansando sobre la playa. Como hay luna y la noche está clara, tienen dificultades para cazar porque nosotros los podemos ver en el bosque. Por eso están descansando mientras esperan que la luna se vaya a dormir ―susurra a su esposa con voz nerviosa. ―Es una suerte que los hombres estén sin sus perros ―agrega la señora picuro, tratando de dar un tono de serenidad y seguridad a su voz, habitualmente apacible, suave y dulce como la pulpa de la anona. Caminan con paso apuradito en el bosque. Han decidido regresar a su hogar, temerosos de que los cazadores descubran su presencia y los persigan. Aún
40 sin sus perros, los cazadores son peligrosos con sus armas de fuego. Cuando llegan a su hogar, excavado en las cercanías de un gigante cedro cuyas raíces se extienden a diez metros a la redonda, encuentran a la señora araña ocupada en engullirse un zancudo que, en la oscuridad, ha caído en sus redes. ―¿Alguna novedad, Araña? ―interroga amable, pero con apremio, la señora picuro. ―A la hora en que canta la perdiz, con su puntualidad inglesa, pasó por aquí el tigre otorongo. Estaba muy apurado y ni siquiera miró la puerta de la casa ―responde la señora araña con el hilo de su voz. En las habitaciones, los niños duermen con leves y graciosos ronquidos. En el cuarto de los alimentos, la señora shushupe resopla fuertemente, durmiendo enroscada utilizando como almohada su propio cuerpo. ―Mañana volveremos al bosque. El bosque siempre nos espera para darnos nuestros alimentos ―reflexiona el señor picuro antes de cerrar los ojos para soñar con los charichuelos y las quinillas, cuya fragancia y sabor le hacen agua la boca hasta cuando duerme.
41 Luego de saludar a los niños, el anciano se inclinó hacia adelante y comenzó suavemente: Esta era una hermosa garza blanca que vivía en una isla entre el serpenteante río Ucayali y el canal del Puinahua. La isla estaba poblada de ceticos, y la garza blanca, a la que sus amigas garzas llamaban amablemente Lirio del Amanecer, había construido su casa en el más alto y añoso árbol de cetico. Lirio del Amanecer, nombrada así posiblemente por la albura de su plumaje donde el sol de la mañana brillaba como en una moneda radiante, había organizado su vida cotidiana de acuerdo con normas y hábitos estables y a veces hasta rígidos. Todo esto a pesar de su fresca juventud. Apenas el día comenzaba a clarear, a eso de las cinco de la mañana en las selvas tropicales, Lirio del Amanecer dejaba su mullido lecho en la rama más alta del cetico y emprendía vuelo con dirección a algunos de los lagos del Pacaya, el río que, junto con el Samiria, tiene la mayor cantidad de lagos en la baja Amazonía del Perú. Ambos ríos tejen, con sus cursos y afluentes, la trama más compleja y armoniosa de lagos en el llano amazónico. En la orilla de uno de estos lagos, descendía Lirio del Amanecer. Con paso cadencioso y elegante, caminaba por la orilla del lago, auscultando el movimiento de los peces que, a esa misma hora de la temprana mañana, salían a buscar comida: los coleópteros y gusanillos que caían de los árboles de la orilla, los frutos maduros desprendidos por el viento de la noche, las semillas y hasta la heces de los pájaros que anidan en los bordes La garza que creía que la luna era un pez
La garza que creía que la luna era un pez de los lagos en las palmeras huiririmas, en las gigantescas lupunas y en las ariscas y espinudas ñejillas. Exquisita hasta en sus costumbres alimenticias, Lirio del Amanecer miraba con displicencia e incluso indiferencia el nervioso desfile de peces bujurquis, la huidiza presencia de palometas, la furtiva aparición de jóvenes sábalos; esperando, para saciar su apetito mañanero, las ágiles sardinas de miradas fluviales y algún alevino de paiche extraviado del atento cuidado de su madre. Después de desayunar, Lirio del Amanecer volaba sobre el bosque en busca de otro lago de aguas apacibles, profundas y oscuras. Allí, en la orilla, entre matas de piripiri y flores victoria regia, se
43 dedicaba a limpiarse y peinarse el plumaje que se reflejaba bellamente en el espejo del agua. Desde lo alto de las lupunas y los ceticos, los patos cushuris y los cernícalos miraban el espectáculo con curiosidad y, a veces, envidia. “Qué garza tan coqueta y tan linda”, pensaba el cernícalo y el martín pescador volaba chillando, tratando de quebrar con su grito el espejo donde se miraba Lirio del Amanecer. Con el sol ya por encima de las ramas de las lupunas, cedros, caobas y capironas, Lirio del Amanecer volaba en dirección del garzal, atravesando lagos, islas y una y otra vez los ríos Pacaya y Samiria. Llegaba, luego de una hora de vuelo, por encima de los árboles más altos del bosque y muy cerca de las nubes blancas de los cielos tropicales. El garzal era el lugar preferido de todas las garzas que habitaban en los contornos del Pacaya y el Samiria. Era una gran isla formada por el río Pacaya y el canal del Puinahua. Allí, en las copas y ramas de los ceticos, habían construido sus nidos miles de garzas. Estaban allí no solo las garzas blancas, sino las garzas de todos los colores: garzas de plumaje rosado, marrón y negro; aquellas de color pardo oscuro con pintas blancas, las de plumaje azulado y otras con los colores del arcoíris. Las garzas venían al garzal a reproducirse. Construían sus nidos, desovaban y criaban a sus pichones hasta que estos emplumaban y, valiéndose de sus propios medios, partían a otros lugares del bosque para edificar su propio hogar. Por eso, el garzal era un mundo curioso, divertido, alegre y hasta dramático, incluso para aquellas garzas que todavía eran solteras. Con cierta frecuencia, por algún falso movimiento que los padres hacían en el nido, por un leve descuido o por imprudencia de los propios pichones, estos perdían estabilidad y caían de los nidos construidos a dos o tres metros de la superficie del agua a una segura muerte porque, debajo de los nidos, estaban los cocodrilos y las anacondas esperando, a toda hora del día y de la noche, que pichones y huevos cayeran de los nidos a sus fauces hambrientas. La garza que creía que la luna era un pez
44 ―Aquí es donde tengo que venir cuando me case y quiera tener hijos ― pensaba Lirio del Amanecer al escuchar la ensordecedora gritería de los pichones que reclamaban comida a sus padres, observando a estos atender solícitos el pedido de sus hijos, mirando el ajetreo de la vida cotidiana y la inmutable misión de la reproducción de la especie. Así se pasaba las horas en la contemplación de la vida. Dialogando interminablemente con sus congéneres acerca de lo difícil, complicado, arduo; pero también satisfactorio y maravilloso que tiene la existencia para una garza. A Lirio del Amanecer le encantaba compartir con otras garzas el conocimiento, vital para ellas, sobre los lagos con más abundancia de peces, los cambios de las estaciones, los tiempos más propicios para la reproducción en el garzal, las previsiones para evitar la caída de huevos y pichones, los solteros más codiciados entre las garzas jóvenes y otros detalles, secretos y conocimientos.
45 Cuando caía la tarde, Lirio del Amanecer volaba otra vez sobre el frondoso bosque del Pacaya-Samiria, buscando un lago donde cenar antes de irse a dormir en su cálido lecho del alto cetico. Fue en una de esas tardes, de un verano cálido en el que toda la naturaleza ―el bosque, los cielos y las aguas― parecía sudar, en que Lirio del Amanecer llegó al lago Shinguito, el más rico en paiches, arahuanas, pirañas, sardinas, sábalos, boquichicos y también cocodrilos. Lirio del Amanecer esperaba con paciencia que un alevino de paiche se extraviara y perdido, se aproximara a la orilla donde, reflexiva y bella, miraba el espejo del agua. Mirando con delectación la impoluta blancura de sus plumas en el espejo líquido, dejó que pasara el tiempo sin advertir que las sombras descendían desde las copas de los árboles, sumergiéndose en el agua. A las sombras siguió la luminosidad celeste de la luna que, colgada primero
en las ramas más altas de las lupunas y los cedros, cayó en la orilla del lago, dibujándose como un extraño y luminoso pez en las aguas poco profundas. Lirio de Amanecer observó primero con curiosidad y luego con asombro ese luminoso pez. No lo pensó dos veces. Decidió que ese pez sería el último que pescaría esa tarde y sus largas patas fueron hundiéndose en las oscuras aguas del lago para pescar el luminoso pez que se hundía más en las profundidades del Shinguito. Lirio del Amanecer nunca más volvió a su mullido nido del alto y añoso cetico ni al diálogo interminable con sus congéneres del garzal. Al día siguiente mismo de su desaparición, surgió la leyenda de la garza que creía que la luna era un pez. La garza que creía que la luna era un pez
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