Miguelina

79 Antes de que se cumplieran los seis meses de su curso de alemán ya leía correctamente en esa lengua, pero todavía hablaba bola bola. El nombre de la calle donde vivían, «Arthur Schopenhauer», le despertaba curiosidad hasta que, explorando en el denso bosque de libros de la biblioteca del gymnasium, descubrió que se trataba de uno de los mayores filósofos alemanes. Empezó a ojear su libro El mundo como voluntad y representación, que no terminó de leer, pero se quedó con la idea de que la felicidad puede encontrarse en una vida simple y sobria, porque una vida llena de ambiciones y deseos que no se pueden alcanzar puede conducir al dolor y a la angustia. Sus búsquedas en la biblioteca la llevaron a un gran descubrimiento: Alexander von Humboldt, el sabio alemán que viajó al Perú en 1799 y que descubrió la corriente fría del océano Pacífico que lleva su nombre, la Corriente de Humboldt, y que también había estudiado las propiedades fertilizantes del guano que abundaba en las islas peruanas, nació precisamente en Berlín un 14 de setiembre de 1769. Había un estante repleto con los libros de Humboldt y de Aimé Bonpland, el sabio francés que compartió con Humboldt sus viajes, expediciones, descubrimientos y la autoría de sus libros. Uno de esos días de exploraciones librescas, su madre doña Grimanesa, le llamó la atención con un tono firme y serio en la voz: —Miguelina, estoy preocupada porque hace varias semanas que sales más temprano para tus clases, pero llegas más tarde que nunca. Te hago recordar que tu padre no quiere saber de novios ni de amores, hasta que hayas terminado tus estudios y seas una profesional. Primero sorprendida, y luego afectuosa y de buen talante, contestó a su madre: —Es cierto mamita, tengo un gran amor que se llama Alexander von Humboldt, y su libro Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente me tiene atrapada —respondió sonriente, soltando una risa musical.

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