Miguelina

46 Miguelina solo pudo dormir algunas horas. Horas pobladas de sueños extraños. Insomne, se imaginó su vida en Europa, en Francia, en Suiza, en Alemania, países donde su padre quería que residiera y estudiara para aprender la cultura, además de la lengua, de esos países europeos. Su imaginación y sus recuerdos, en las horas de vigilia de esa primera noche en París, tuvieron una idea fija: conocer a fondo la realidad de la sociedad francesa para entender mejor y más profundamente la vida de Flora Tristán, para seguir su ejemplo y los objetivos de su lucha a lo largo de su breve vida. «Su vida fue muy corta, creo que no hay mucho tiempo para hacer lo que uno tiene que hacer en tan breve vida», pensaba justo cuando Manuel Vásquez Montalván golpeó la puerta del 102. —Bonjour, llego puntual porque tenemos un día muy intenso —les dijo, para luego agregar—: Les recomiendo ponerse ropa gruesa porque el invierno ya está empezando. La primera parada de su largo primer día parisino fue un restaurante en el Quartier Latin, el famoso Barrio Latino, territorio de poetas, pintores y de toda la bohemia parisina francesa y latinoamericana. Manuel Vásquez Montalván sugirió algo típico y clásico: croissants calientes y omelettes de huevo con jamón. Antes de terminar el desayuno y abandonar el café Odéon, Manuel Vásquez Montalván, dirigiéndose a su prima Grimanesa, le informó que, siguiendo las indicaciones de su esposo, don Miguel Acosta Sánchez, había buscado y encontrado una academia donde Miguelina podría estudiar y aprender durante un semestre el idioma francés y, al concluir el ciclo, comenzaría a estudiar la escuela secundaria. —Ya tengo elegido el instituto educativo donde Miguelinita estudiará la educación secundaria —dijo, y dirigiéndose a ella agregó—: He visto tus notas escolares en los certificados que me envió tu papá. Con esas notas y tu inteligencia, para ti será papayita y pan comido aprender el francés y culminar tus estudios de escuela secundaria —expresó sonriente—. ¡Ah!, me olvidaba de algo —dijo sorpresivamente y, metiendo la mano en su bolso yurimagüino, tejido de chambira, sacó un libro y le entregó a

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