Miguelina

109 Había llegado el otoño. Los árboles lucían como gigantescos esqueletos desnudos, sin hojas. Así como cambiaba el clima, estaba cambiando la vida de Miguelina. Empezaba a dormir más y, a veces, como nunca había sucedido antes, llegaba tarde a clases, desafiando y poniendo en aprietos a sus hábitos de puntualidad. Pasaba ahora más tiempo en el baño, acicalándose. Con frecuencia, doña Grimanesa perdía la paciencia, porque tenía que esperarla mucho para tomar desayuno. —¿Qué tienes, Miguelina, algo te está pasando? ¿Acaso estás enamorada y eso te está haciendo perder la cabeza? —le preguntó doña Grimanesa, con voz de preocupación. Miguelina permanecía en silencio, como si quisiera esconder un secreto. Y como única respuesta irrumpió en sollozos. Su madre se acercó y la abrazó, diciéndole: —Respeto tu silencio, querida hijita. Ya me contarás lo que te está pasando. Pero estoy contigo y siento lo que tú sientes. Porque yo también a tu edad, como todas las adolescentes, viví lo que tú estás viviendo —le dijo doña Grimanesa, abrazándola fuertemente. Pero en uno de esos grises y otoñales días llegó la buena nueva de retorno al Perú. Un telegrama y un giro de don Miguel Acosta Sánchez disponía el retorno. La comunicación paterna incluso fijaba la fecha y el itinerario: saldrían de Zúrich a fines de noviembre, después de los exámenes en el gymnasium. A partir de esa noticia, Miguelina recuperó su sonrisa permanente, su buen humor, su puntualidad y sus frescas ganas de vivir sus años primaverales. Pero esta no fue la única buena noticia que llegó a la vida de Miguelina y doña Grimanesa. El domingo de la primera semana de noviembre, durante el almuerzo donde los invitados eran Javier y Margarita, Javier se encargó de anunciar la noticia inesperada: —Les queremos dar la mejor noticia de nuestras vidas: hemos decidido contraer matrimonio, y la fecha fijada es exactamente el mismo día del cumpleaños de Miguelinita. Queremos pedirle a doña Grimanesa y a

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx