Miguelina

EL VIAJE INICIÁTICO DE LA NIÑA MIGUELINA ACOSTA CÁRDENAS Miguelina ig eli a RÓGER RUMRRILL

EL VIAJE INICIÁTICO DE LA NIÑA MIGUELINA ACOSTA CÁRDENAS Miguelina RÓGER RUMRRILL

Miguelina. El viaje iniciático de la niña Miguelina Acosta Cárdenas © Róger Rumrrill © Biblioteca Nacional del Perú Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima - Perú. http://www.bnp.gob.pe Ministra de Cultura Soraya Altabás Kajatt Jefe Institucional de la Biblioteca Nacional del Perú Juan Yangali Quintanilla Director de la Dirección de Acceso y Promoción de la Información Leandro Villalobos Terán Coordinación editorial: Gerson Rivera Cisneros Corrección de estilo: Equipo DAPI-BNP Edición: Alejandro Lozano Tello Diseño y diagramación: Raquel Villegas Espinoza Ilustración: Rashida Salés Primera edición: junio de 2026 Tiraje: 1000 ejemplares Hecho el depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.° 2026- 06833 ISBN: 978-612-5205-27-8 Impreso en la Biblioteca Nacional del Perú, Av. De la Poesía 160, San Borja, Lima, Perú BIBLIOTECA NACIONAL DEL PERÚ Dirección de Gestión de las Colecciones Rumrrill, Róger, 1938-, autor. Miguelina : el viaje iniciático de la niña Miguelina Acosta Cárdenas / Róger Rumrrill ; presentación, Juan Yangali Quintanilla ; estudio preliminar, Joel Rojas Huaynates ; ilustración, Rashida Salés.-- Primera edición.-- Lima : Biblioteca Nacional del Perú, 2026. 145 páginas : ilustraciones en color ; cm. Novela ganadora del Premio Nacional de Literatura en la categoría Literatura Infantil y Juvenil 2025. "Desde las orillas del Huallaga, Miguelina Acosta Cárdenas emprende un viaje que la llevará de la Amazonía al mundo. Entre ríos, recuerdos, lecturas y preguntas, descubre la belleza de su tierra y también las injusticias que la hieren. Esta es la historia de una niña cuya mirada despierta para convertirse, algún día, en defensa de la justicia"--Cubierta. D.L. 2026-06833 ISBN: 1. Acosta Cárdenas, Miguelina A, 1887-1933 - Novelas 2. Novelas juveniles peruanas - Siglo XX 3. Amazonía peruana (Perú) - Novelas I. Yangali Q., Juan, 1981-, presentador II. Rojas Huaynates, Joel, 1983- III. Salés, Rashida, ilustrador IV. Biblioteca Nacional del Perú, entidad editora V. Título 869.56

A mis queridas hijas Nelly, Carla Gabriela, Carmen Judith, Olinda Serafina y Selva; mis más poderosas fuentes de inspiración para seguir viviendo, escribiendo y luchando por nuestra Amazonía.

La Amazonía es el espacio estratégico geopolítico, geoeconómico e hidropolítico del Perú en el siglo XXI. El reto de los creadores en la Amazonía es universalizar la cultura amazónica y amazonizar la cultura universal. La modernidad occidental es analfabeta. Ya no sabe leer el Libro de la Naturaleza. Pero mucho más que eso: lo está destruyendo. La Amazonía es la última renta estratégica del Perú en el siglo XXI. El mayor banco genético del mundo, la Amazonía, está siendo tomado por los asaltantes del Capitaloceno.

8 La Biblioteca Nacional del Perú tiene entre sus tareas fundamentales conservar, difundir y poner en valor las obras que permiten comprender la riqueza cultural, histórica y humana de nuestro país. Publicar un libro es, en ese sentido, abrir un camino hacia la memoria y, al mismo tiempo, tender un puente hacia nuevos lectores. Con Miguelina. El viaje iniciático de la niña Miguelina Acosta Cárdenas, de Róger Rumrrill, nos acercamos a una historia que nace en la Amazonía y que dialoga con algunas de las preguntas más profundas del Perú: la justicia, la identidad, la educación, la defensa de los pueblos indígenas y el lugar de la mujer en la construcción de nuestra vida republicana. Esta novela, ganadora del Premio Nacional de Literatura 2025 en la categoría Literatura Infantil y Juvenil, nos presenta a Miguelina desde su infancia, en contacto con los ríos, los bosques, las aves, las voces familiares y las heridas de su tiempo. Su mirada infantil no es ingenua: es una mirada que observa, pregunta, se conmueve y empieza a comprender que la belleza de la Amazonía convive con formas dolorosas de abuso y desigualdad. En ese tránsito, el viaje de Miguelina no es únicamente un desplazamiento de Yurimaguas hacia Europa; es, sobre todo, un viaje interior, una formación ética y afectiva que la prepara para asumir una vocación de justicia. La importancia de esta obra reside también en la recuperación literaria de una figura fundamental: Miguelina Acosta Cárdenas, mujer amazónica, intelectual, educadora y defensora de derechos. En ella se reúnen la sensibilidad de quien conoce su territorio y la firmeza de quien entiende que el conocimiento debe ponerse al servicio de los demás. Su historia permite reconocer el papel de las mujeres amazónicas en la vida cultural PRESENTACIón

9 y social del país, muchas veces invisibilizado en los relatos oficiales. A través de Miguelina, la novela nos recuerda que la Amazonía no ha sido solo escenario de explotación o riqueza natural, sino también cuna de pensamiento, resistencia, liderazgo y esperanza. Róger Rumrrill, una de las voces mayores de la literatura amazónica peruana, construye en estas páginas una narración que combina memoria histórica, imaginación y compromiso con la vida. Su escritura nos invita a mirar la Amazonía desde dentro: no como un territorio lejano, sino como un centro vital del Perú, donde se cruzan saberes ancestrales, conflictos sociales, sueños de futuro y una profunda relación con la naturaleza. Con esta edición, la Biblioteca Nacional del Perú reafirma su compromiso de acercar a niñas, niños, jóvenes, docentes y familias obras que fortalezcan el amor por la lectura y amplíen nuestra comprensión del país. Leer Miguelina es acompañar el despertar de una conciencia, pero también reconocer la fuerza de una niña amazónica que, desde sus primeras preguntas, anuncia el camino de una mujer destinada a luchar por la justicia. Que esta novela contribuya a que nuevas generaciones descubran en la literatura una forma de conocer el Perú, de valorar la Amazonía y de imaginar un país más digno, inclusivo y solidario. Juan Yangali Quintanilla Jefe institucional Biblioteca Nacional del Perú

EL VIAJE INICIÁTICO DE LA NIÑA MIGUELINA ACOSTA CÁRDENAS Miguelina

12 Se soltó de la mano de su madre y se aproximó corriendo al mismo borde del barranco. Desde allí podía mirar al río Huallaga que se perdía en toda su anchura y extensión en el horizonte luminoso de la mañana. —¡Cuidado, Miguelina, no te acerques tanto al barranco! —la alertó su madre, acercándose para volver a tomarla de la mano derecha—. ¿Te imaginas caer al río desde aquí, si todavía no sabes nadar? —la reprendió. Ella, la niña Miguelina que acaba de cumplir siete años, tiene los ojos grandes y pardos clavados en la inmensidad del paisaje fluvial por donde discurren, como miniaturas, canoas, balsas y lanchas por el poderoso río. Imaginariamente se embarca en una de esas canoítas y empieza a navegar, bogando con un pequeño remo. Su padre, don Miguel Acosta Sánchez, le ha contado, durante las tardes en su casa del barrio de La Loma —una empinada colina desde donde se pueden observar las verdes curvas del río, pobladas de ceticales—, que el Huallaga se desplaza cortando como un afilado cuchillo la Cordillera Oriental, hasta penetrar en el llano amazónico y juntarse con el río Marañón que, a su vez, se da un gran abrazo con el Ucayali, para dar origen al río más grande del mundo, el Amazonas. Se imaginó viajando en su canoíta por el río Huallaga. Súbitamente miró las onduladas montañas de la Cordillera Oriental, y recordó que su padre le había explicado que el río corta de un solo tajo la cordillera. Ese tajo de remolinos y turbulencias se llama el Pongo de Aguirre. Le preguntó a su padre por qué se llamaba así, y él aprovechó la ocasión para darle una breve lección de historia: —Se llama así —le dijo— porque por esa puerta, porque pongo quiere decir puerta, cruzó la expedición de Lope de Aguirre en 1561, después de asesinar al capitán Pedro de Ursúa y a Inés de Atienza, desde la Alta Amazonía con rumbo al llano amazónico y al mar… Miguelina estaba en silencio. Pensó: «Voy a seguir viajando en mi canoíta hasta el mar y perseguiré a ese hombre, ¿cómo se llamaba?, Lope de Aguirre, que ha matado a una mujer».

13 —¡Vamos, Miguelina! —le dijo su madre, interrumpiendo bruscamente su viaje imaginario. Su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, parecía apurada, porque a esa hora de la mañana, muy temprano, llegaban los habilitados, los extractores de caucho con sus bolas de jebe, y ella tenía que estar presente en el gran almacén cuando el administrador, Tadeo Tuanama, hiciera el registro de las entregas. Madre e hija subían desde el puerto de Yurimaguas, en las orillas del Huallaga, con dirección a su casa en La Loma, paso a paso por las cincuenta escalinatas, cuando Miguelina lanzó un grito: —¡Mira, mamita, cómo golpean a ese hombre y a esa mujer! ¡Los van a matar! ¡Los van a matar! —gritó y al pronunciar esta última palabra, empezó a sollozar. Se detuvieron y su madre le apretó la mano. A un costado de la empinada escalera que trepaba desde el puerto a la ciudad, en la vereda de una casucha, un hombre furioso estaba azotando con una rama de huingo a una pareja de indígenas, hombre y mujer, que gemían y lloraban de dolor. —¡Haraganes! ¡No han cumplido su tarea y ahora se morirán de hambre! —gritaba furioso el hombre, sin dejar de azotarlos. —¡Mamita, dile que ya no les azote! —suplicó Miguelina a su madre, entre sollozos. —¡Don Shego, ya es suficiente! ¡Deje de azotarlos! —pidió doña Grimanesa con voz serena pero firme. —Estos indios solo saben trabajar con látigo en mano —respondió don Shego de mal humor, arrojando la rama de huingo al piso, mientras el hombre y la mujer, con gestos de dolor en sus rostros, se tocaban las huellas sangrientas del látigo en sus brazos y piernas. El tiempo corría como el río y los años volaban como las golondrinas. A los doce años, Miguelina ya estaba culminando la escuela primaria y en su casa, en el vecindario y en todo el pequeño pueblo de Yurimaguas, nuevos vientos, nuevas noticias y acontecimientos eran la comidilla

14 diaria de las gentes. Se hablaba de ello en el mercado, en el puerto, en las calles, en la escuela y en las fiestas. Todo estaba cambiando en Yurimaguas. El rostro de los hombres y mujeres. La risa de los niños. En las fiestas del pueblo, la Vaca Loca parecía más loca que nunca. Danzaba, daba saltos e intentaba cornear a la multitud que bailaba al compás de tambores, quenas y redoblantes en la festividad de la Virgen de las Nieves, en agosto de cada año. En el hogar de Miguelina, las conversaciones de sus padres, amigos y visitantes siempre se referían a hechos que estaban ocurriendo en la Amazonía, en el Perú y en el mundo. —Hay muy buenas noticias de Europa. Los precios del caucho están subiendo en el mercado de Londres —contó exultante don Miguel Acosta Sánchez a su grupo de amigos congregados en la sala de su casa. —Es cierto. La aduana de Iquitos ha tenido ingresos como nunca: cinco millones de libras esterlinas —agregó don César Calvo de Araujo, próspero cauchero huallaguino. —¡Hay que brindar por estas buenas noticias! ¡Salud! —exclamó don Miguel Acosta Sánchez, levantando su copa de vino Romariz. —¡Salud por nuestra buena fortuna! —exclamaron todos los amigos en coro. —Pero voy a hacer de aguafiestas —interrumpió bruscamente la celebración don Pedro del Castillo del Águila—. Desde Iquitos están llegando noticias inquietantes sobre abusos y crímenes cometidos contra los indígenas en los campamentos caucheros del Putumayo. Nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero entre viajeros, comerciantes y patrones ya circulan rumores de castigos, matanzas y atropellos terribles —agregó. El grupo permaneció mudo por varios minutos. No se escuchaba ni el vuelo de una ronsapa. La primera reacción fue la del cauchero José Benzús, quien, levantando la voz, casi gritando, dijo: —Los ingleses no tienen ninguna autoridad moral para juzgarnos y acusarnos de asesinos. Tal como ya empiezan a decir algunos

15 comerciantes y viajeros en Londres, mintiendo que los peruanos estamos masacrando a los indígenas en los campamentos caucheros. Ellos, los ingleses, han matado a miles y miles de personas en sus colonias del Asia y del África, sobre todo en el Congo, así que no nos vengan con vainas. Nosotros en nuestra Amazonía hacemos con los indios lo que mejor nos parezca —bramó. —Además, sin látigo los indios no trabajan, y las balas son la única forma de civilizarlos —comentó con sorna e ironía el cauchero Tobías Fonseca, conocido en Yurimaguas y en sus campamentos de los ríos Aypena y Paranapura por sus crueldades como El matarife. —Pero no vayamos a los extremos, tampoco. La vida es la vida y hay que respetarla —terció don Miguel Acosta Sánchez, bajando el tono áspero del diálogo. Como era un domingo de 1899, no había clases en la escuela, y Miguelina estaba en su habitación haciendo sus tareas y jugando con sus muñecas. Toda la conversación entre su padre y sus amigos quedó grabada en su memoria, y esas desgarradoras imágenes de indios, hombres, mujeres y niños, utilizados como blancos de las carabinas Winchester por los caucheros en los días festivos, la perseguirían como pesadillas por el resto de su vida; estaba llorando. Al atardecer, a la hora en que los pájaros del bosque salían a buscar sus alimentos, antes de volver a sus nidos a dormir, Miguelina fue a su huerta sembrada de caimitos, naranjeros, mandarinas, zapotes, mangos, cerezos y otros árboles frutales. Sui-suis, paucares, víctor-díaz y picaflores disfrutaban de las frutas y flores; cantando se despedían del día. «Ustedes no se matan entre sí como los seres humanos. Yo también quisiera ser un pájaro para ser libre y feliz», pensó. Pero una voz secreta, que su madre llamaba conciencia, le hizo recordar que entre las aves también hay peleas y muertes, y a su memoria llegó la imagen de un gavilán atacando el nido de una oropéndola para comerse a sus pichones.

16 Esa noche, mientras todavía las palabras de su progenitor y sus amigos revoloteaban en su memoria, escuchó la conversación de sus padres en la habitación contigua a la suya. Estaban tomando decisiones y llegando a acuerdos que cambiarían para siempre su vida y su destino. —Aprovechando los altos precios del caucho y las buenas ganancias, los caucheros más afortunados están comprando tierras, construyendo mansiones y viajando a Europa. Nosotros, Grimanesa, debemos hacer la mejor inversión que los padres debemos hacer con nuestros hijos: educarlos —reflexionó a viva voz don Miguel Acosta Sánchez para luego agregar muy emocionado—: Miguelina debe educarse en Europa, como varios de los hijos e hijas de los extractores y comerciantes caucheros de Iquitos. Quiero que tú y ella viajen a Europa antes de que termine este año. Ella deberá estudiar la secundaria en Francia, Alemania y Suiza, y deberá aprender a hablar otros idiomas —expresó el padre orgulloso. —Estoy de acuerdo contigo. Miguelina tiene las mejores notas en la escuela. Yo sueño con que ella llegue a ser una buena doctora en medicina o en leyes —agregó la madre con voz entrecortada, al borde del llanto. Luego, preguntó, con lágrimas en los ojos y la voz susurrante: —¿Y tú, te quedarás solo en Yurimaguas? Porque no te olvides que Miguelina no puede vivir sin su padre —preguntó conmocionada con el proyecto del viaje al otro lado del mundo amazónico. —Se acostumbrará a mi ausencia. Pero tú estarás a su lado. Y no te olvides que Europa de 1900 es un mundo que la atrapará, que la deslumbrará por su ciencia, sus descubrimientos, las nuevas costumbres y la vida diferente a Yurimaguas, a la Amazonía y a todo el Perú. Poco a poco las voces fueron apagándose y momentos después Miguelina escuchó los ronquidos de su padre, que siempre eran motivo de bromas. —Papi, tú roncas como un otorongo —le había bromeado una vez a su padre, y este le respondió con humor: —Una noche me quedé despierto toda la noche para comprobar si roncaba, y descubrí que no —le contestó a mandíbula batiente.

17 Para juntar el dinero suficiente para el viaje y la larga estadía en el Viejo Mundo de doña Grimanesa y su hija Miguelina, don Miguel Acosta Sánchez puso en venta sus shiringales del lago Cuipari, en el río Huallaga, del Shanushi y del Paranapura a buen precio, porque la demanda de caucho desde Europa y Estados Unidos de América seguía creciendo, ya que la valiosa materia prima, originaria de la Amazonía, servía para la fabricación de llantas de automóviles y otros productos de la industria. Como se acercaba la fecha de la partida, los padres de Miguelina organizaron una fiesta de despedida para su hija, coincidiendo con la celebración de su cumpleaños número trece, el 26 de noviembre. Su padre le compró un vestido de estilo francés en una tienda de Iquitos, la Casa Kahn, que importaba ropa de Europa. También le compraron unos finos zapatos italianos. Para la fiesta, donde los invitados principales eran sus compañeros y compañeras de clase, todo el menú fue de delicatesses, como decía su padre, de la culinaria francesa: pasteles, quesos, salmones y pavos importados. —Aquí solo han faltado las delicatesses preparadas por Auguste Escoffier, hoy por hoy el cocinero francés más famoso del mundo —alardeó don Miguel Acosta Sánchez, ante el asombro de una veintena de muchachas y muchachos de la promoción de Miguelina. —Pero, papá, a mí y a mi promoción nos hubiera gustado también saborear pescados sudados y ahumados, sopa sarapatera, juanes, refrescos de aguaje y ungurahui, camu-camu y maracuyá —reclamó sonriendo Miguelina. —Claro, hijita, a mí también. Pero espera un momentito, que tu mamá nos tiene una sorpresota —respondió risueño y contento don Miguel Acosta Sánchez. Y, en efecto, desde un lugar reservado y secreto de la cocina, empezaron a desfilar jóvenes cocineras llevando en las manos mocahuas con la más exquisita selección de jugos amazónicos: charichuelo, uvos, leche huayo, aguaje, ungurahui y otros frutos tropicales. Todos los invitados hicieron estallar en aplausos el gran salón, que se apagó con la música de moda, interpretada por el conjunto más popular del momento en Yurimaguas: el Trío de los hermanos Riera.

18 Estaba ya fijada la fecha de la partida: el 10 de diciembre de 1900, inmediatamente después de los exámenes de fin de año. Ese día se embarcarían en la lancha La Libertad con rumbo a Iquitos, y de este puerto —el más importante del Perú en la Amazonía— partirían en el barco Gregory, propiedad de la compañía inglesa The Booth Line, directamente hacia Liverpool, en Inglaterra, y de allí en tren hasta París. Faltaba menos de un mes para el gran viaje. En esos días, que transcurrían vertiginosos, la vida de Miguelina experimentó cambios que sorprendieron y preocuparon tanto a sus padres como a sus compañeros de aula y a su maestra. —Miguelina Acosta Cárdenas, tú ya no eres la alumna que yo he conocido y enseñado. Has dejado de cumplir con tus tareas y pareciera que todo el tiempo estás en la luna —le increpó una mañana su maestra, Teodolinda Rivera, mientras le revisaba su cuaderno de lenguaje. —Hijita, te veo como ida, como que estuvieras soñando o viajando por los cielos, contando las estrellas. Te olvidas de todo —le llamó la atención su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, un día que Miguelina se olvidó de cumplir una de sus obligaciones diarias más importantes: poner en las jaulas de los guacamayos, loros y chirricleses la comida del día. Sus amigos en la escuela protestaban y se quejaban: —Miguelina está desconocida, ya no es la misma de antes. Está muy seria y ya no quiere jugar con nosotros. Incluso su amiga más querida, Pamelita Apagüeño, le dijo un día con un tono de reproche y tristeza: —Miguelina, siento como si ya hubieras viajado. Ya no te siento como mi querida amiga de otros tiempos. Ella, Miguelina, la niña conversadora y alegre, que siempre abogaba a favor de los humildes, de los pobres y de los indígenas —mujeres, hombres y niños—, ahora estaba en silencio, con su profunda mirada perdida en el vacío y sus grandes ojos pardos ahora convertidos en las ventanas cerradas de su alma.

19 Su silencio se fue haciendo más profundo, insondable, conforme se fue acercando la fecha del viaje. Ahora, más que hablar con las personas, se comunicaba con los seres invisibles, con los pájaros de las jaulas y con las aves silvestres que llegaban a comer los frutos de los árboles de su huerta, por las mañanitas y al atardecer. Temprano, antes de ir al colegio, y por la tarde, cuando retornaba de clases, se dirigía a su gran huerta poblada de árboles frutales a conversar con las aves. Escuchaba con profunda atención los cantos, los graznidos, el piar y los silbidos de las aves, guacamayos, paucares, picaflores, pihuichos, chirricleses, palomas, sui-suis y víctor-díaz, y hablaba con ellos, escuchando la sinfonía de sus cantos, mirándolos a los ojos les decía a todos ellos: —Yo me voy, pero voy a volver. Me estoy llevando sus cantos grabados en mi memoria, y me llevo también la mirada tierna y curiosa de todos ustedes. Me llevo también todos los misterios que ustedes me han transmitido y enseñado. Un día antes del viaje, Miguelina le dijo a su madre: —Mamita, me voy al puerto porque quiero despedirme del río y del bosque. Su madre la miró fijamente a sus grandes ojos, y le respondió con ternura: —Está bien, hijita. Yo sé que tú nunca te olvidarás de tu tierra, de Yurimaguas, del río y de la selva, ni mucho menos de tus queridos amigos y amigas, menos de tu padre y de todos nuestros familiares. Apoyada en una de las barandas del segundo piso de la lancha La Libertad, levantó el brazo para decir adiós a sus amigos. Dos chorritos escurrieron de sus ojos. Metió su mano en el bolsillo de su blusa, y acarició el buhito de madera de palo de rosa. Momentos antes de subir a la lancha, en la explanada del puerto, sus compañeras y compañeros de la promoción de la escuela Samuel Fritz, le cantaron y la llenaron de abrazos, y le obsequiaron un ramo de orquídeas, unas flores que le gustaban mucho.

20 Su padre, con los ojos rojos por las lágrimas, la miró fijamente y, casi en secreto, le dijo: —Anoche soñé que volverás al Perú para ser una gran luchadora de la justicia. No te olvides nunca de este sueño de tu padre. Padre, madre e hija se dieron un abrazo cuya fuerza e intensidad recordarían por el resto de sus vidas. Era diciembre, el mes de las lluvias diluviales en la Amazonía. Lluvias que mojaban y fertilizaban los sueños de hombres y mujeres, que ahogaban los ceticales y cañabravales, y engordaban e hinchaban los ríos, quebradas y cochas. El río Huallaga, con sus aguas desbordadas, corría como escapando de un enemigo invisible, o queriendo llegar más rápido al mar. Corría empujando a la lancha La Libertad por islas y sacaritas, para llegar más rápido a su destino: Iquitos. En los tres días que duraría el viaje de Yurimaguas a Iquitos, Miguelina pasaba las horas imaginando la vida en los bosques inundados y la dura vida de los ribereños, cuyas casas flotaban en el agua, mientras sus chacras, platanales y yucales, entre otros cultivos, eran arrasados y tragados por la voracidad de las aguas invernales. En una de las tardes del viaje, imaginó que estaba apoyada en la baranda del malecón, construido en los últimos años por el alcalde Teodosio Bardales. Dirigió su mirada a lo largo y ancho del río Huallaga. Sus ojos y su mente recorrieron los bosques de ceticales y volvió a navegar por el río, pero esta vez no en una canoíta o una balsa de topas acompañada de las aves del río, tibis y gaviotas. Esta vez viajaba en un gran barco por los mares del mundo. El barco navegaba por ríos y mares, cruzaba continentes y, finalmente, llegaba a un puerto. Había mucha gente y todos hablaban en lengua española. «Pero no puede ser. He viajado por todo el mundo y estoy en el Perú. Siempre volveré porque mi destino es el Perú», pensó Miguelina.

21 Su viaje imaginario se interrumpió cuando sintió que alguien la miraba fijamente. Era una niña indígena chayahuita que vendía collares de huayruros rojos y negros, colmillos de otorongos, estatuillas de madera del dios Kumpanamá, pulseras de semillas y un buhito de madera de palo de rosa. Tomó el buhito, lo acarició con sus manos y le preguntó a la niña su nombre. —Me llamo Shayabit —respondió con una vocecita que más parecía el trino de un pajarillo. —Te compraré este buhito —le dijo a la niña, y a su memoria llegaron nítidamente las palabras de su padre sobre los búhos: simbolizan y representan el conocimiento, porque tienen un cuello que gira hasta 180 grados, para mirar la circularidad del tiempo y de la realidad. —Me llevaré este buhito que me acompañará el resto de mi vida —susurró. La Libertad acoderó en varios pueblitos de las orillas para embarcar grandes bolas de caucho, cargadas en las espaldas por los indios. En ocasiones, como ya era habitual, el capitán lanzaba gritos desaforados dirigiéndose a los cargadores indígenas: —Rápido, más rápido, indios haraganes. Ustedes son más lentos que el motelo —y seguidamente soltaba una carcajada estruendosa. Miguelina observaba muy seria aquellas escenas. Metía la mano en el bolsillo y apretaba con fuerza a su buhito. «Algún día, espero que sea pronto, deberá terminar este sufrimiento», pensó, mientras su madre, doña Grimanesa Cárdenas Montalván, siempre junto a ella, imaginaba lo que estaba ocurriendo en la mente y, sobre todo, en el corazón de su hija. Llegar a la ciudad de Iquitos, caminar por sus calles y mirar las obras que se estaban construyendo fue para Miguelina un descubrimiento, una revelación.

22 —Mamita, esta ciudad es diferente a nuestro pueblo de Yurimaguas —le dijo Miguelina a su madre ese mismo día de la llegada a la ciudad, mientras paseaban en la tarde por el malecón recién construido por el alcalde, el coronel Pedro Portillo. —Miguelina, la diferencia está en que Iquitos nada en la riqueza que produce el caucho, mientras que a Yurimaguas le llegan solo gotitas de esa riqueza —respondió su madre en un tono entre serio y reflexivo. Como solo tenían tres días para permanecer en Iquitos, Miguelina pidió a su madre visitar las obras que se estaban ejecutando para hacer de Iquitos la ciudad más bella de la Amazonía. Pero también le pidió conocer el puerto donde los indios descargaban de las balsas, canoas y lanchas el caucho acopiado en los cauchales o shiringales de los ríos Putumayo, Napo, Mazán, Pacaya-Samiria y otros centros de extracción y recolección de la Baja Amazonía. A Miguelina le despertó curiosidad, y hasta asombro, observar a centenares de hombres que cargaban alambres y postes de madera por las calles de la ciudad, asemejándolas a inmensas telarañas de metal. Su mamá sonriente y de buen humor le respondió que pronto Iquitos se iluminaría con una luz que viajaba por esos cables, llamada luz eléctrica. Su curiosidad no se detenía ante nada: los nombres de las calles, los rieles que se estaban instalando y que su madre le informó que por esos rieles circularía un nuevo tipo de transporte, el ferrocarril. —Todas estas novedades y curiosidades y avances de la época muy pronto las veremos en Europa —le anticipó su madre. El último día de su estadía en Iquitos, madre e hija fueron a visitar el puerto de Punchana, allí donde la empresa inglesa Booth Line estaba construyendo un muelle, y donde precisamente estaba atracado el Gregory, el gran barco en el que partirían en algunas horas más hacia Liverpool. En una de las áreas del muelle, centenares de hombres semidesnudos, agobiados por el sol canicular, cargaban a duras penas las cajas que contenían bolas de caucho, desde decenas de embarcaciones

23 amarradas a estacas prendidas en la orilla del río. En fila india ascendían penosamente, cayéndose y levantándose, por un camino enlodado hacia la orilla alta del río, donde se levantaba un inmenso almacén. Allí se depositaban y guardaban las cajas con las bolas de caucho, que luego serían transportadas hacia Liverpool y otros puertos europeos. Miguelina, siguiendo una costumbre de su padre, llevaba siempre, desde que cursaba el tercer año de primaria, una libreta donde anotaba sus impresiones, observaciones, y también encargos que le hacían sus padres y amigos. «Trabajan como esclavos. Nunca los olvidaré y estaré siempre con ustedes», escribió en su libretita con letra palmer, pequeñita pero muy nítida. —Vamos, Miguelina, ya es mediodía y tenemos que arreglar nuestras maletas. A las cuatro de la tarde tenemos que estar otra vez aquí mismo, porque el barco sale a las siete de la noche —le dijo su madre, y ambas se treparon a una carreta jalada por dos caballos con dirección a Iquitos. Tal como estaba programado, el Gregory anunció su zarpe a las siete de la noche, con tres potentes pitadas. Los curiosos y parientes de los viajeros se arremolinaron en el muelle. —Este es nuestro camarote, aquí vamos a dormir durante el mes que dura el viaje —le dijo doña Grimanesa a Miguelina, mientras introducía una pequeña llave en la cerradura—. Al abrir la puerta del lugar, observaron que tenía dos camas, un pequeño clóset para guardar los útiles personales de uso cotidiano y un espacio para colocar las grandes maletas. Antes de entrar al camarote, Miguelina miró las luces ya lejanas y titilantes de Iquitos. Sus ojos se humedecieron pensando en su padre. «Tu recuerdo nunca se apagará, como esas luces del cielo», pensó y volvió a mirar las casi extinguidas luces del puerto de Iquitos. —Tenemos que organizar nuestra vida en este pequeño espacio durante un mes —le dijo su madre con tono apacible pero firme, como era habitual en ella.

24 —Dormiremos temprano. Nos vamos a levantar a las siete de la mañana. A las ocho servirán el desayuno, y el almuerzo al mediodía. La cena estará servida a las seis de la tarde. Lee este folletito, el barco tiene salas de juegos y biblioteca, y los que quieran pueden usar el telescopio para mirar el río y el mar entre las diez de la mañana y el mediodía, y en la tarde de tres a cinco —le explicó su madre. —Mañana voy a explorar todos los pisos del barco para comprobar si es cierto, como ha dicho el oficial, que el Gregory es como una ciudad encantada que viaja por el río y por el mar —se prometió Miguelina con la voz casi inaudible. Un momento después cerró los ojos y durmió apaciblemente. Tal como había decidido el día anterior, luego del desayuno, se dedicó a visitar los tres pisos del Gregory. Una de las áreas que más le impresionó fue la sala de mando y de pilotaje del barco. Pidió permiso al oficial para mirar con curiosidad y atención todos los instrumentos de navegación del barco, y se imaginó a sí misma, con el timón en la mano, observando por el telescopio mientras atravesaba la inmensidad del mar, siguiendo la ruta fijada por los instrumentos. «Así quiero que sea mi vida: como un barco que sigue una ruta y que llega a su destino», pensaba reflexiva. Al retornar al camarote para ver a su madre, doña Grimanesa, ya tenía en su libretita varias páginas de apuntes sobre sus descubrimientos en el barco, acerca de las gentes que había conocido y saludado, y de sus reflexiones e impresiones del gran río Amazonas. La mayor parte de sus anotaciones eran preguntas a los personajes que, de acuerdo con la historia que ella había leído y estudiado en su colegio de Yurimaguas, habían sido aventureros y exploradores del Amazonas: Vicente Yáñez Pinzón, Pedro Teixeira, Francisco de Orellana y Gaspar de Carvajal. «¿Vieron algunas sirenas en el río, bañándose en las playas? ¿Existieron las mujeres Amazonas?». Dirigiéndose a Vicente Yáñez Pinzón, le preguntaba: «¿Qué pensaste cuando viste por primera vez el río Amazonas?». Ya agregaba con ironía y una sonrisa burlona: «Vicente, tú jamás te imaginaste que Miguelina Acosta Cárdenas viajaría por el mismo río cuatrocientos años después».

25 Jamás se cansaba de mirar, durante horas, mañana y tarde, el gran Amazonas: sus orillas cubiertas de inmensos bosques donde siempre, como ocurría en el río Huallaga, sobresalía un árbol por encima de todos. «Ese árbol seguramente es una lupuna», pensó recordando los árboles más altos del bosque amazónico, la lupuna, el ojé y la castaña, tal como su padre le explicaba cada vez que iban a pescar con su madre en el lago Cuipari. Después de dos días de viaje, Miguelina y su madre, doña Grimanesa, ya contaban con un programa o plan de vida en el barco: orar a Dios al levantarse, ducharse, tomar desayuno y luego leer. Miguelina tenía abarrotado su baúl de cauchero —obsequio de su padre— con libros de historia del descubrimiento de América y de la Amazonía, pero también en su baúl guardaba como tesoros biografías de mujeres célebres. Su libro favorito era Peregrinaciones de una paria, de Flora Tristán. Su padre había pagado una suma especial para que su amigo Pedro del Castillo del Águila, que leía y escribía en francés, le hiciera una traducción del francés al español. Pero también leía libros que, para niñas de su edad, eran poco usuales: las Leyes de Indias y libros que estudiaban los casos de juicios sobre los abusos cometidos contra indígenas, sobre todo contra las mujeres, durante las épocas de la Conquista y de la Colonia. Su madre, por su lado, no quitaba la vista y concentración de una vieja Biblia, traducida de la Vulgata al castellano por Petisco y Torres Amat, en 1825. Pero además de las horas de lectura, que Miguelina calificaba de sagradas, madre e hija habían establecido y programado tres horas cada día, de tres a seis de la tarde, para conversar de la familia Acosta Cárdenas y sus orígenes, y recordar a las más queridas amigas y amigos, las costumbres y fiestas de Yurimaguas, y los primeros años de la vida de Miguelina. —A medida que nos alejamos de Yurimaguas, de tu padre y de la Amazonía con rumbo al Viejo Mundo, a otro mundo, nunca me había sentido más cerca de tu papá, de Yurimaguas, de los parientes, de las amigas y amigos —repetía doña Grimanesa, con un tono y acento de profunda nostalgia en la voz.

26 —Yo también, mamita. Pienso en mi papito, en las amigas y amigos de la escuela, en los familiares, y siento que estoy viviendo instantes y momentos inolvidables con ellos —expresó Miguelina, apretando fuertemente con las dos manos su buhito. Una de las historias que más le fascinaba a Miguelina era escuchar a su madre contar anécdotas y acontecimientos previos a su nacimiento, el 26 de noviembre de 1887. —Faltando algunos meses para tu nacimiento, sobre todo en el mes de julio, me agarraron antojos por algunas frutas y pescados. Me moría de ganas de comer humarí y también leche huayo, el fruto de la shiringa. Cuando me iba al mercado y olía la fragancia del humarí, no podía resistir la tentación de comer esa fruta que, según se dice, es la mantequilla de la selva. Se me dio también por comer corvinas ahumadas. Cuando me servían la corvina, lo primero que hacía era buscar en la cabeza del pescado esa piedrita que es como una perlita. Cuando la encontraba pensaba que esa piedrita que trae mucha suerte sería para el collar de Miguelina, si es que el ser que iba a nacer fuera mujer, y si fuera hombre sería para la pulsera de Miguel. —Esa piedrita en tu collar es la piedra de la buena suerte de la corvina —le confesó su madre a Miguelina. —Entonces tengo dos talismanes de la buena suerte, un buhito y una piedrita de corvina —se dijo Miguelina, sonriendo y tocando la piedrita de su collar. —Mamita, ¿cómo era yo cuando nací, en los primeros meses de mi vida? —preguntó Miguelina a su madre. —Tú eras una niña diferente a todas las niñas, incluso antes de nacer —le contestó su madre, para luego agregar—: Te gustaba escuchar música, sobre todo valses y piezas europeas que tu padre hacía sonar en el fonógrafo. Tú eras muy movediza, y para tranquilizarte tenía que encender la música; solo así te quedabas quieta y te echabas a dormir. Cuando naciste eras la niña más curiosa del mundo: mirabas fijamente todo lo que se te ponía delante de tus ojos y, conforme crecías, cuando empezaste

27 a hablar, nadie, ni yo misma, ni tu papá, podíamos responder las interminables y curiosas preguntas que formulabas —le contaba su madre, para luego continuar, como respondiendo a la inquisitiva mirada de su hija—: Un día le hiciste una pregunta a tu padre que jamás, incluso hasta ahora, ha podido responder. Le preguntaste por qué los guacamayos nunca se divorcian, pero ahí no terminó tu inagotable curiosidad, porque enseguida le volviste a interrogar: ¿Papá, por qué no hay abogados o abogadas entre los guacamayos? Y así su madre seguía narrando, haciéndole recordar que su padre, don Miguel Acosta Sánchez, para salirse del apuro, le volvió a contar la vida de algunos animales, especialmente del bosque amazónico. Le contó que los guacamayos, esas aves grandes y de hermoso plumaje, se unen para toda la vida. Por eso, si la hembra del guacamayo moría, el macho permanecía solo el resto de su vida, y lo mismo hacía la hembra si era el macho el que moría. Enviudan para siempre. —Cuéntame, papito, sobre el gallito de las rocas. ¿Cómo se le llama a la hembrita, la que pone los huevitos y tiene los polluelos?, ¿gallinita de las rocas? Su padre le contaba entonces la vida del gallito de las rocas, que se llama así porque construye su nido en las rocas de los bosques de neblina, que están entre los 1500 y 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. Le explicó que la naturaleza es sabia, porque mientras el plumaje rojo y brillante del macho puede ser visto por el halcón y otros depredadores fácilmente desde las alturas y, por tanto, atacarlo mortalmente, las hembras tienen un color de plumaje que se mimetiza con el bosque, y los halcones y gavilanes casi no pueden distinguirlas entre la foresta. —De ese modo, la madre naturaleza cuida y protege a quien reproduce la vida —sentenció su padre. —¿Es cierto, papito, que los gallitos tienen que bailar para conquistar y ganarse el amor de las gallinitas de las rocas? —siguió preguntando Miguelina.

28 Su padre entonces le contó sobre las maravillas de la naturaleza, la vida de las aves y de los animales silvestres del bosque. Una de estas maravillas es la forma de cómo los gallitos de las rocas conquistan a las hembras. Los machos tienen que bailar, hacer acrobacias, piruetas y gestos para ganarse el amor de las gallinitas de las rocas. Y mientras danzaban todos los ritmos al son de la música del viento y de los ritmos y melodías que ellos mismos inventaban con sus alas y gorjeos secretos, ellas, las gallinitas de las rocas, observaban, analizaban y calificaban al gallito que podría ser su amor, su compañero para toda la vida. Una vez tomada la decisión, la gallinita de las rocas, volando o saltando de rama en rama, se acercaba al gallito de las rocas y tocaba su cabecita con el piquito. Ese gesto quería decir: «Te acepto, tú eres el amor de mi vida». Pero ocurría también que la gallinita levantaba vuelo y se dirigía al fondo del bosque. El bailarín sentía entonces que el mundo se le venía encima, porque ese gesto significaba un no rotundo a sus requerimientos amorosos. —Tú, Miguelina, después de escuchar estos relatos de tu padre, te quedabas en silencio y parecía que empezabas a soñar con esas historias. Solo tenías cinco añitos, y tu padre y yo nos imaginábamos tu vida, tu futuro, como un sueño maravilloso —le dijo su madre, justo en el momento en que un oficial del barco anunciaba que en dos horas de navegación más llegarían a la ciudad de Belém do Pará, casi en la desembocadura del río Amazonas, en el océano Atlántico. —Pero, mamita, tú me habías hablado de Manaos, la ciudad que yo también quería conocer —inquirió Miguelina. —Pasamos por Manaos a medianoche, y el barco solo estuvo dos horas en el muelle. Como dormías profundamente, no quise interrumpir tu sueño —le respondió su madre con cariño, acariciándole con la mano derecha sus mejillas. No podía creer lo que estaba mirando; nunca había visto tanta gente. Aquello parecía un río humano. El Gregory estaba acoderado en el inmenso muelle de Belém do Pará, todavía en construcción. Miguelina

29 fijó sus ojos en un gran letrero que decía en portugués «Estação das Docas», donde centenares de hombres estaban trabajando. Pero lo que le asombró más fue ver el desfile de miles de hombres semidesnudos, cargando y trasladando bolas de caucho desde las lanchas hacia la parte alta del puerto. A su memoria regresaron las imágenes de las decenas de hombres haciendo la misma faena en Yurimaguas, muchos de ellos recibiendo azotes de sus patrones. Sin embargo, jamás había visto tantos cargadores juntos como en Belém do Pará. —Brasil es la capital mundial del caucho, por eso hay tanto caucho y tantos cargadores —comentó su madre al observar la cara de asombro de Miguelina. Bajaron junto con otros pasajeros a recorrer el muelle y un mercado aledaño que tenía su nombre pintado en un cartel de madera: «Mercado Ver-o-Peso». Aunque el mercado, al igual que el muelle, estaba en construcción, a lo largo y ancho de sus espacios al aire libre se habían instalado centenares y quizás miles de vendedoras y vendedores ofreciendo una incontable gama de productos: desde frutas, flores, raíces y licores, hasta animales vivos y los más misteriosos secretos de la naturaleza amazónica, como dientes de tigre para talismanes o pulseras de bufeos para pusangas, el más poderoso y eficaz filtro de amor amazónico. —Miguelina, solo estaremos cuatro horas en Belém do Pará y nos falta visitar la ciudad —le dijo su madre al observar que Miguelina estaba fascinada y atrapada mirando y tocando los objetos, productos y artesanías, e infinidad de cosas que ofrecían las vendedoras, haciéndole olvidar el tiempo. —Nos han recomendado visitar el Fuerte de Presepio, el Teatro de la Paz y el Museo Paraense —le dijo su madre. —Mamita, ¿te has dado cuenta de una cosa? —preguntó a su madre, sorpresivamente. Doña Grimanesa detuvo el paso para escucharla con atención. —¿Qué cosa? —le preguntó doña Grimanesa.

30 —Mira en las calles y en el parque, en todas partes, la cantidad de árboles de mango. ¿Te imaginas cuando los árboles tengan frutos y maduren? —preguntó, y antes de que su madre le respondiera Miguelina exclamó—: ¡Toda la ciudad estará llena de mangos y la gente olerá a mangos! —y diciendo esto soltó una risita alegre que era habitual en ella cuando estaba de buen humor. Luego de visitar las instalaciones del Fuerte Presepio, de mirar las decoraciones interiores y el gran escenario del Teatro de la Paz, arribaron un poco cansadas al Museo Paraense. Ambas se sentaron a descansar en el amplio hall de la entrada. De pronto, Miguelina se puso de pie y se acercó a leer una placa de bronce colocada en una de las paredes: «Museo Paraense. Reorganizado por el Dr. Emilio Augusto Goeldi», leyó en la placa. —Casi estamos sobre la hora para regresar al barco —dijo su madre, mirando el reloj de péndulo del museo que marcaba las trece horas. En su breve recorrido por el museo visitaron incluso el Jardín Botánico y un zoológico donde Miguelina se dedicó a jugar y conversar con unas pequeñas vacamaninas, que tenían los ojos grandes y tiernos como los niños. La biblioteca fue el último lugar que visitaron. Allí Miguelina nunca sacó los ojos de una colección de fotos de mujeres indígenas que, con sus bebés en brazos, eran azotadas por hombres vestidos con botas y cascos, y armados con carabinas Winchester. Súbitamente su memoria retornó al Perú, a la Amazonía, a Yurimaguas, a Iquitos. Su padre, don Miguel Acosta Sánchez, les había narrado que en la mayoría de las caucherías se cometían abusos y crímenes contra los indígenas. —Yo soy comerciante cauchero, vivo de este negocio, pero jamás llegaría a derramar sangre indígena por un puñado de libras esterlinas —afirmaba levantando la voz. —Y nosotras nunca te lo permitiríamos —le advirtieron en dúo Miguelina y su madre.

31 Recordó que en Iquitos, en el poco tiempo que estuvieron en la capital del caucho peruano, antes de partir en el Gregory, escuchó una ola de rumores de que, en los campamentos caucheros del riojano Julio César Arana del Águila, en el río Putumayo, se cometían crímenes contra los indígenas ocainas, andokes y huitotos. Miguelina se sorprendió de que la gente reunida en grupos, ya sea en la plaza de Armas, en el malecón, en los mercados o en las esquinas de la calle Próspero, cuchicheara sobre los sangrientos sucesos del Putumayo; pero cuando algún desconocido se acercaba a ellos, todos se quedaban mudos. —Mamita, dime, ¿qué le pasa a la gente? Están como asustados —preguntó curiosa y sorprendida Miguelina, ante el comportamiento extraño de la gente. —Es que tienen miedo a los agentes de Arana, que circulan por toda la ciudad vigilando y escuchando quién critica al hombre más poderoso de la Amazonía —le respondió su madre, casi susurrando. Su atención y su mirada regresaron a las fotos desgarradoras del Museo Paraense. Su imaginación voló vertiginosamente, como el vuelo de un picaflor hasta El Encanto, uno de los campamentos de Arana. Se sintió fuerte y poderosa, y caminó en dirección al almacén más grande de bolas de caucho de la ciudad. Allí vio que uno de los capataces, un hombre corpulento y de piel negra, azotaba en la espalda a un joven indígena con un látigo de cuero, gritándole enfurecido: —¡Tú ser haragán, tú ser indio flojo! ¡Tú no ser como yo, barbadense! —gruñía enojado. Miguelina se acercó rápidamente al hombre de Barbados y le arrebató de las manos el látigo, exclamando: —¡Nunca más harás esto! La ley y la justicia protegerán a mis hermanos indios —exclamó. El barbadense la miró con furia y le espetó: —¿Quién ser tú para hablar en nombre de la ley y de la justicia?

32 —Yo soy la ley y la justicia, y juro que seré la defensora de los indios, mujeres, hombres y niños —sentenció Miguelina. —Miguelina, ¿qué pasa? Estás como ida, como soñando. Ya es la hora. Vamos rápido a la Estação das Docas —le ordenó su madre. Miguelina levantó el brazo derecho haciendo la señal de adiós a los cientos de personas que, desde la Estação das Docas, despedían al Gregory y a los pasajeros que batían los brazos. —Aquí se embarca la mayor cantidad de pasajeros, la gente sabe que el barco ya no atracará en ningún otro puerto hasta Liverpool. Por eso vienen a dar el último adiós —reflexionó doña Grimanesa, con un tufillo de tristeza en la voz. Miguelina, al igual que muchos otros pasajeros, miraba el puerto, a la multitud que empezaba a perder sus contornos y figuras hasta perderse como parte del paisaje fluvial. La ciudad se achicaba hasta ser apenas un puntito en el horizonte del gran río. —Vamos al camarote a descansar un rato y luego volveremos, cuando estemos por llegar a la isla Marajó —le indicó su madre. —Buena idea, mamita, pero anda yendo y en un ratito te alcanzo —le contestó. Al igual que otros pasajeros, Miguelina buscó un lugar en la cubierta del barco desde donde podía mirar el Amazonas, y su memoria se trasladó hasta Yurimaguas y el río Huallaga: «En el Amazonas podrían entrar de diez a veinte ríos Huallaga, pero sin el Huallaga, el Marañón, el Ucayali y el lago Cuipari no existiría el Amazonas», pensó. De inmediato, su memoria retornó al pasado para contemplar los bergantines de las expediciones de Francisco de Orellana y Pedro Teixeira; de repente, sintió que era una mujer amazona que disparaba flechas contra los invasores europeos de la Amazonía. —¡Váyanse de aquí, la Amazonía es nuestra! —gritaba al disparar sus flechas contra los soldados—; «creo que estoy soñando despierta» —se

33 dijo a sí misma y, con una sonrisa burlona, se fue en dirección al camarote en busca de su madre. Se acostó y siguió soñando, pero en sus sueños ya no era una amazona, sino la princesa del reino Yamundá. —Señores pasajeros, estamos llegando a la isla Marajó —anunció un oficial por el altavoz, provocando un alboroto en el barco. Los pasajeros, hombres, mujeres y niños, muchos de ellos a medio vestir, corrían a buscar una ubicación especial sobre la cubierta, para mirar el golfo de Marajó, sobre todo la desembocadura del río Amazonas en el océano Atlántico. Eran las cinco de la tarde del 15 de diciembre de 1900. Mientras penetraba en el delta del Marajó, que tenía la apariencia de un inmenso lago, el Gregory empezó a sacudirse, primero lenta y acompasadamente, para luego zarandearse casi violentamente, haciendo perder el equilibrio y creando pánico entre los pasajeros. La voz del oficial aclaró lo que estaba ocurriendo en ese mismo momento con el Gregory. —Señores pasajeros, por favor, guarden la calma. No hay ningún problema. Lo que pasa es que el barco está cruzando una pororoca, no existe ningún riesgo. La pororoca es un oleaje que se produce cuando la marea del océano se encuentra con las aguas del Amazonas, este evento durará una hora aproximadamente —informó el oficial. Sumida en sus pensamientos, Miguelina fue acostumbrándose al movimiento brusco del barco que, poco a poco, se fue convirtiendo en un vaivén, una suave y ondulada cadencia, como si el Gregory hubiera empezado a bailar un bolero. —Miguelina, mira, estamos entrando al Atlántico —exclamó su madre, señalando el inmenso océano iluminado y casi incendiado por el sol crepuscular. Miguelina no podía creer lo que estaba mirando. El enorme y encendido disco solar se estaba hundiendo en el océano. Sus ojos se humedecieron. Nunca hasta ese momento había sentido en su corazón o imaginado en su mente aquella sensación de lejanía, de la distancia, del adiós, de la partida, del viaje a otro mundo, sin tener la seguridad del retorno.

34 —Sé lo que estás sintiendo en este momento. Pero regresaremos a la Amazonía —le dijo su madre, con un acento de seguridad y de certidumbre. Miguelina seguía mirando el paisaje marino inacabable, y solo atinó a acariciar la piedrita de corvina de su collar, y el buhito de palo de rosa en su bolsillo, para sentir sus raíces amazónicas, a las que jamás renunciaría. Al despertarse la mañana siguiente, su madre, doña Grimanesa, le dijo mirándola tiernamente: —Hijita, el viaje por mar durará un mes, tendremos mucho tiempo. Así que vamos a hacer un programa de vida para aprovechar el tiempo y no aburrirnos. —Estoy de acuerdo, mamita. Pero esta mañana quiero descansar porque me ha venido la regla y, cuando sucede, me canso mucho y a veces me pongo de mal humor —le confesó Miguelina a su madre. —Lo sé, Miguelinita, lo sé porque eres hija de mi vientre. Te cansas, te pones rabiosa, pero también te entristeces cuando te llega la menstruación —la consoló su madre con un tono comprensivo y amoroso. Miguelina se quedó en silencio, tomó su libro de cabecera, la traducción inédita de Peregrinaciones de una paria de Flora Tristán, y se hundió en la lectura. Su madre se levantó de su camarote sin hacer ruido y pensó: «Voy a traerle un pan con queso y un café con leche para que no se levante y siga descansando». Miguelina, entonces, se imaginó que era Flora Tristán subiendo al barco Le Mexicain, el 7 de abril del año 1833, rumbo hacia el Perú. —Bienvenida a bordo, señora Flora Henriette —le saludó el capitán del barco, Jean-Pierre Chabrié, con una sonrisa cómplice. —Gracias, capitán, por todo su apoyo para establecer comunicación con mis parientes peruanos en Arequipa —le respondió, recordando que fue el capitán Chabrié quien llevó su primera carta a su tío Juan Pío Camilo de Tristán y Moscoso, recordándole que ella era hija de Mariano

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