propuesta implica una comprensión intuitiva de la complejidad de la vida que llama a la toma de conciencia y a la reforma, que trata de impedir el despliegue de la violencia simbólica. No obstante, tampoco es que sus imágenes no estén filtradas por valoraciones que le permiten, precisamente, trascender un objetivismo que sería necesariamente superficial. Esas valoraciones lo habilitan para intuir y desentrañar lo que palpita en la intimidad de sus personajes, como el goce perverso del aristócrata o la entrega al momento en la fiesta popular. Pero tampoco se trata de valoraciones que anulen lo individual en aras de una simplificadora generalidad: aunque la mayoría de las imágenes de Fierro apunten a reconstruir la tipicidad de ciertas figuras, en su proyecto hay un amplio margen para captar lo individual, aquello que escapa del tipo. Tenemos entonces acuarelas que destacan por su factura más cuidada. A través de ellas Fierro da cuenta de situaciones e individuos que escapan de la norma y que tienen que ser aprehendidos en su singularidad. El «retrato» del doctor Sebastián Lorente es un buen ejemplo (figura 15). No es un retrato por encargo que busque halagar al modelo. En realidad, Fierro ejecutó muchos retratos de personas públicas, pero no solía colocar sus nombres y los vendía sin indicar que eran representaciones de un individuo particular. Gustavo León nos dice: «Estas imágenes eran exhibidas y vendidas en secreto, sigilosamente, por respeto a los retratados. El artista, demasiado respetuoso de las autoridades constituidas, trabaja los cuadros que con ellos se relacionan […] en secreto para exhibirlos a hurtadillas a todos los que deseen admirarlos y los expende en sigilo a quienes los pagan como Dios lo manda» (2004, p. 22). Esta práctica de producir representaciones no autorizadas, sigilosas, de personajes públicos puede comprenderse como resultado de la pulsión documentalista de Fierro. Una necesidad de atestiguar y comentar la vida de su época. 52
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