subyugaban al poder de Dios. Entonces, de un lado, los negros podían participar en la fiesta con su alboroto pero, del otro, esa concurrencia era entendida como un rito de sumisión de lo demoniaco. Es realmente notable la capacidad de Fierro para trasladar a la imagen el desinhibido júbilo de músicos y danzantes. En el siglo XIX, en la época de Fierro, el baile originado en el tiempo colonial se sigue practicando pero en el contexto secularizado del carnaval. La entraña festiva ya no necesitaba ocultarse. El goce de los indígenas aparece más ordenado y circunspecto. Es el caso de la «Danza de pallas» (figura 14). Originalmente era una celebración vinculada a la cosecha del maíz, pero en Lima de inicios de la República se solía celebrar en la Navidad y en la fiesta de las cruces. Acompañadas por arpa y violín y portando las llamadas «azucenas», las jóvenes toman y bailan, azuzadas por el caporal que, enmascarado y con un chicote en la mano, se encarga de levantar los ánimos y lograr que todos se involucren en la celebración. 50
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