La urgencia por decir nosotros

discípulo-negro-niño. Pero lo interesante de la estampa es la rebeldía del pupilo. Lejos de extender la mano para recibir la sanción, ha cruzado los brazos, resistiendo la entrega al castigo. Y su mirada es desafiante. Como si desconociera la autoridad del profesor para golpearlo. Por el lado del maestro queda claro que no solo está convencido de su obligación de disciplinar al niño, sino que esta disposición está acompañada por un cierto entusiasmo. En realidad, la estampa nos intriga pues no se resuelve la situación que retrata. Las cosas quedan en suspenso. No sabemos lo que habrá de pasar. ¿Cederá el niño o lo hará el maestro? Por lo pronto cada uno aparece firme en su posición. En la pared aparecen un chicote y otra palmeta. Esta abundancia de instrumentos de castigo nos habla de una educación donde prima la idea de que «la letra con sangre entra». El sentido común de la época dice que los niños se resisten a aprender, de manera que hay que enseñarles a obedecer a través del miedo al dolor producido por la aplicación de severos castigos, y de la advertencia de que se repetirán hasta que el alumno logre el aprovechamiento mínimo requerido por la escuela. En el segundo plano de la figura hay cuatro niños. Los dos que están a la izquierda optan por no ver lo que sucede. El primero de ellos está concentrado en leer y el segundo mira al primero como aguardando un comentario. Los ubicados a la derecha parecen observar consternados la situación. Y detrás de una suerte de mampara se insinúa la presencia de niños y adultos que no están autorizados para presenciar el examen. De esta manera se sugiere que la prueba y el castigo no son hechos enteramente públicos. En las acuarelas que corresponden al mundo popular afroperuano, el goce es la vitalidad desenfrenada del baile. Un ejemplo muy logrado es el de la figura 13. 48

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