un papel que les resulta profundamente insatisfactorio. Pareciera que no quisieran estar allí. En todo caso, cada uno está absorto en lo suyo y las miradas no se cruzan. No hay el menor asomo de complicidad, cada uno parece vivir su propio infierno. Parecen personas que se hicieran daño unas a otras. Salvo la mamá y el niño Arístides, el hermano mayor de José María, nadie mira hacia la cámara. Como si no quisieran ver la desolación de sus vidas. En todo caso, en 1953, Arguedas le escribe a su medio tío paterno José Manuel Perea: «No puedes imaginar cuanta alegría me causó recibir las fotografías. Especialmente aquella en que están mis padres con mi abuela, tú, mi tía Rosa y Arístides. He tenido la fotografía toda la noche a mi lado y he contemplado mil veces el noble rostro de mi padre» (citado en Pinilla, 2012, p. 33). Figura 2. Familia Arguedas, antes del nacimiento de José María, ca. (fotógrafo anónimo). Pinilla, 2012, p. 33. 275
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