La música de las bibliotecas: política y poética de un espacio público, hoy
110 No pocos de los que podían leer no eran capaces o no se les permitía escribir. Mucho menos publicar. Como lo he señalado, los escribas no forzosamente fueron lectores. Tampoco los lectores fueron forzosa- mente personas capaces de escribir o escribas. Ni uno ni otro eran escritores, tal como hoy entendemos ese término, personas inmersas en los libros, que se nutren de ellos, que los producen. Luego se diversificaron los instrumentos para escri- bir. Plumas de ganso, manguillos, plumas fuente, bolí- grafos, máquinas de escribir de las que solo conserva- mos los teclados, que ahora usamos para algo inédito: traducir las palabras a un código binario (que resulta ilegible para la mayor parte de los que tecleamos nues- tros textos ahí). El objetivo de todos esos utensilios era producir escrituras destinadas a permanecer, aunque sea solo unos segundos, como es el caso de tizas o gises, lápices, marcadores, para garabatear o hacer borradores. Fijadas en un medio, las palabras adquieren una vida propia. Se externalizan. Y eso abre la posibilidad de un diálogo con otro, que perfectamente puede ser uno mismo. Y todo esto facilitó que se estableciera todo tipo de relaciones
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