entre 1894 y 1898 su hijo Fernando Valdés y Héctor, conde de Torata, publicó Documentos para la Historia de la Guerra separatista del Perú, queriendo reivindicar a los llamados «ayacuchos» de las injurias que les hacían responsables de la pérdida del Perú. 318 Exposición que dirige al rey Don Fernando VII el mariscal de campo don Jerónimo Valdés sobre las causas que motivaron la pérdida del Perú. Vitoria, 12 de julio de 1827; en Torata (1894, I, pp. 5-104). Está reproducida en CDIP (1973, XXII, 3, pp. 315-384). Su opinión sobre Abreu era pésima. El conde de Torata incluye una referencia explícita de Valdés a Abreu: «Prescindiendo del virrey O’Donojú, cuya deslealtad es pública, ¿qué hicieron los demás Jefes que allí había para oponerse al Tratado de Córdoba, de 27 de agosto de 1821, por el cual se reconocía la independencia de aquellos dominios como imperio soberano e independiente, precisamente en los momentos en que nosotros en el Perú rechazábamos las componendas de igual género de Abreu?». 319 AGMS, 1ª sección, Céleb., Caja 61, exp.1. (Monforte de Lemos 1793-Madrid 7 octubre 1861). Su hoja de servicios señala que fue ministro interino de Guerra y de Marina en 1836, diputado por Lugo en las Constituyentes de 1836-1837, capitán general de Filipinas entre 1837 y 1838, senador por Valencia, ministro de Marina, Comercio y Ultramar de mayo de 1841 a mayo de 1842, capitán general de Galicia, senador vitalicio desde 1853, capitán general de Puerto Rico en 1855 y vocal de la Junta Consultiva en 1858. Con las limitaciones de ser una biografía encomiástica, Chamorro (1853) proporciona mucha información. Albi (2009), que se preocupa por seguir la trayectoria de los oficiales realistas, le presta escasa atención, aunque utiliza reiteradamente sus Memorias; Wagner de Reyna (1985) tampoco es una excepción en este sentido, quizás porque este personaje no estuvo en el grupo que acompañó a La Serna en la Venganza en 1816 ni regresó con el virrey en la Ernestine. La historiografía posterior, desde Paz Soldán (1868) a Albi (2009), acude a la obra de García Camba, en especial los autores que tratan monográficamente las negociaciones, entre otros, Vargas Ugarte (1929), Porras Barrenechea (1951) y Pons Muzzo (1999). En las Memorias se llamaba a sí mismo solo Camba, porque el 9 de agosto de 1836 la reina gobernadora le concedía permiso para firmar los documentos solo con el apellido Camba. 320 Marks (2007, pp. 293, 300) pondera la actitud de Pezuela, que estaba verdaderamente convencido de la seriedad de la situación y que hasta el final trató de convencer al gobierno de Madrid y a la élite de Lima de que la pacificación requería de más recursos financieros, militares y políticos; pero era también un hecho que su autoridad se debilitaba y que había perdido apoyos absolutamente necesarios. Pezuela opinaba que las batallas por sí solas no podían determinar el futuro del Perú, concediendo a la política la importancia que se merecía. Pero la guerra de la opinión era difícil de ganar, especialmente frente a San Martín y su eficaz propaganda. También los enemigos de Pezuela tuvieron éxito en sus esfuerzos para desacreditarle política, militar y personalmente. Y esta imagen de Pezuela es la que ha predominado entre los historiadores de la Independencia. 321 Según (2009, p. 62), Abreu confirmaba que las instrucciones que llevaba, las del 15 de abril de 1820, eran más amplias que las que había recibido Pezuela. Por eso, no procedió a establecer la Junta de Pacificación, tarea que quedó para La Serna, a quien se las entregó Abreu, que había sido nombrado para negociar con los disidentes de Chile, 232
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