La abeja republicana edición facsimilar

339 Con este motivo hacen pocos dins que hé recibido cartas de mis cor– responsale~ en Panamá,y entre otras cosas, me cuentan la siguiente anec– <lota de Monteagudo. A penas llegó á ese puerto cuan– do se anunció al gobierno, que pa!a– ba á Europa en clase de enviado cerca de aquellos poderes. La cali– dad <le la comision suponia ser algun personaje del Perú, y esto hizo que se aprernrasen aquellos Ciudadanos á visitarlo, y el gobernador mismo le brindó ponerle guardia de honor. Al dia siguiente fueron á tierra algunos oficiales de la corbeta en que había sido conducido preso, y estos desen– gafiaron al Gobernador, y sucesiva– mente al vecindario. Desde ese ins– tante se mudó en desprecio la aten.. cion de los Panameños y cada uno no veia en Monteagudo sino un Ro– Lespierre. Los patriotas suplicaron á su gobernador que lo obligase á sa– lir inmediatamente porque la liber– tad, ni los hombres de bien esiaban seguros en donde exista ese fenó– meno. Aunque desterrado, el ex mi– nistro llevaba una presenta– ción suscrita por Torre Tagle: "La salvación de la patria y el decoro con que debe ser tra– tada la persona del honorable coronel don Bernardo Mon– teagudo, han exigido que este Supremo Gobierno tome la determinación de remitirlo a esa ciudad, con objeto de que por aquella vía se pueda con– ducir a Europa"... En conse– cuencia, fue hospitalariamen– te recibido por el intendente de Panamá, José María Carre– ño (22-VIII-1822); pero luego debieron mediar informes contradictorios de los oficia– les de La Limeña, a cuyo bor– do había viajado, y fue con– fiado a la custodia del general ' Francisco Burdett O 'Connor. Hasta que, definida la situa– ción, marchó en busca de Bo– livar, a quien encontró en la ciudad ecuatoriana de Ibarra (12-XI).

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