La abeja republicana edición facsimilar

l'/a de la.s divisas los restos triste~ de la miserable humanidad. Un hombre que se lisonjea de contar muchos predecesores que lle– naron el mundo con sus grandes he– chos que mas de una vez dier-oh dias de gloria a su patria; que se sacrificaron gustosamente pot· ella; y en una palabra 1 que cimentaron su fama sobre altos merecimientos y hazañas ; debe cuidar mucho de que sus acciones todas correspon– dan á las de aquellos ilustres va– rones de quienes trae su origen: entonces ciertamente sera útil á su patria como lo fueron ellos ; y le– Jos de temer los golpes venenosos de la detraccion y la envidia, este seguro , que sus conciudadanos, ad– mirandole y queriendole de cora.. ion, se dirán unos a otros, recor– dando sus servicios, como lo ha– cian los griegos a presencia del sa– bio Luciano: este es aquel que ex– eitajustamenle nuestro respeto !J gra– titud, por fo mue/to que le debe ltJ. Awmanida<l. Conocida es la sátira que don Francisco de Quevedo consagró a esos aristócratas que sólo tienen en su abono los méritos de sus antepasa– dos: "Las descendencias gas– tan muchos godos;/todos bla– sonan, nadie los imita,/y no son sucesores sino apodos". Y agregaba que debian ejer– citarse en la disciplina mili– tar, no en las prácticas deco– rativas de una plaza pública; y antes que las túnicas luju– riosas debían vestir la coraza. Es lo que aquí se deja en– tender, en cuanto se dice que las acciones de quienes alardean de los méritos de sus antepasados deben co– rresponder a éstos.

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