La abeja republicana edición facsimilar

mente se adoptaría, ante esas coincidentes instancias. Y en forma serena, pero altiva, Bernardo Monteagudo optó por renunciar (25-VII-1822). Pero no se calmaron los ánimos. Fue preciso colocar una guardia armada en su domicilio, a fin de protegerlo contra posibles atenta– dos. Aun pidieron sus adversarios que su gestión fuese debidamente esclarecida, en un juicio de residencia. Desde su retiro incitó el depuesto ministro al Supremo Delegado, para que iniciara una reacción con el apoyo del ejército, pues debía evitar que la trascendencia de los cambios operados pudiese alterar los planes de San Martín. Y para calmar la tensión, Monteagudo fue con– ducido hasta el Callao, bajo la protección de las sombras nocturnas (27-VII-1822), y embarcado con destino a Panamá. Aquella primera crisis gravitó intensamente sobre la vida peruana. Su desenlace afectó profundamente a San Martín, cuando pisó la playa chalaca (20-VIII-1822), después de su entrevista con Bolívar. Y al reasumir las tareas del gobierno ocupóse, de modo ostensible, en la reunión del Congreso Constituyente, frustrada en dos convocatorias anteriores (lo.-V y 28-VIl-1822) y que a la postre se efectuó el 20 de setiembre de 1822. Ante sus representantes despojóse de la banda bicolor que lucía como insignia de su autoridad y pronunció una breve alocución, a cuyo término sentenció: "Desde este momento queda instalado el Congreso Soberano y el pueblo reasume el poder supremo en todas sus partes". Tal era su reacción - tardía pero inequívoca- , ante el tumultuario pronunciamiento que dio origen a la depo– sición del ministro Bernardo Monteagudo: pues, si bien armonizaba con la actitud adoptada al co~sultar lavo– luntad del pueblo para proclamar la independencia, era una implícita admisión del fracaso de sus planes mo– narquistas, y quizá una advertencia sobre los riesgos que se afrontan allí donde el poder supremo es ejerci– do por el pueblo. Inmediatamente se retiró a la quinta XV

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