Historia de la emancipación del Perú: el protectorado

138 GERMAN LEGUIA Y MARTINEZ II Las tropas hispanas que a la sazón ocupaban la zona próxima– mente invadida, estaban dirigidas por Ricafort y por sus tenientes– Carratalá y Valdés; ascendían a unos dos mil seiscientos soldados de línea, más o menos, fuera de reclutas; procedían, como ya sabemos, de Huancayo, lugar en cuyos suburbios habían desbaratado las colec– ticias muchedumbres de Aldao y Bermúdez; y, en su mayor parte, ha– llábanse acantonadas en el Cerro de Paseo y sus cercanías. Por lo que hace a la división de Arenales, ella compúsose de tres batallones de infantería, a saber: el "Numancia", bautizado con la honrosa denominación de "1<:> del Ejército", y cuyo jefe era Tomás Heres; el número 7 de los Andes, comandado por el coronel argen– tino Pedro Conde; y el batallón "Cazadores del Ejército", a las ór– aenes del teniente coronel don José María Aguirre. La caballería reducíase a un solo cuerpo: el de "Granaderos de a caballo", de los Andes, siempre confiado a su antiguo comandante, el coronel don Rudecindo Alvarado; y la artillería, a cuatro piezas de campaña. La tropa expedicionaria formó en la plaza de Huaura; escuchó la lectura de la concisa alocución del general en jefe, quien habíase "excusado de dar instrucciones" a Arenales, porque éste "no las ne– cesitaba" y aquél "confiaba plenamente en las dotes de su subal– térno"; recibió, segunda vez, la guarda y custodia de la bandera del Ejército Libertador, que se puso en manos del abanderado del ''Nu– mancia", y de cuya inmaculada gloria, integridad y respetabilidad Se hizo responsable a la división entera; y, con orden de incorporarse, los residuos de Gamarra y Aldao, partió solemnemente, entre vítores y aplausos, en la tarde del 21 de abril, camino de la cordillera áspe– ra y frígida, que ya había aprendido a ascender y tramontar, estoi– ca aunque fatigosamente. III Sobrevino, desde principio de la luenga caminata, una verdadera eliminación de jefes. Enfermó Heres alarmantemente, a las pocas ho– ras de salir; y tuvo que volverse al cuartel general en pos de hospi– talizarse. Conde, poco menos que exánime, por efecto de las agudas y largas fiebres que extenuaran su organismo, hubo, por orden in– flexible de su superior, de quedarse en Sayán, no obstante su empeño pertinaz y doliente de seguir adelante (3). Alvarado se atrasó tam– bién, recolectando caballos y herrándolos cuidadosamente ... (3~ Ya vimos, en otro lugar, cómo este digno coronel sucumbió a su dolencia el 26 de mayo, llorado por todos sus soldados y compañeros.

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