Hipocampo kuri; Awajún-español

46 —¡La del amor! —dijo la dama. —Sea. ¡Adiós! Tú lo quieres así. Mañana, después del crepúsculo morirás; pero tu hijo vivirá para siempre. —Gracias, gracias, ¡oh rey del mar! ¿Qué vale lo que te he dado cuando tú me has dado un hijo?... Las últimas palabras no las oyó el hipocampo de oro, porque ya su cuerpo rollizo y torneado, se había hundido en el mar, dejando una estela rutilante entre las ondas frágiles. FIN

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx