41 —Tantos como lunas llevo vividas. Sabed que los hipocampos somos más longevos que las tortugas. Yo he tenido ojos azules, azules como el cielo, como el agua clara, como esas noches que dejan ver la Vía Láctea, azules como el borde de las conchas que crecen en la desembocadura de los grandes ríos. Con ellos veía yo todo azul, azul, azul.... ¿Os ocurre lo mismo? —preguntó con una cortesía verdaderamente real. —Continuad, continuad... —He tenido ojos verdes como las algas que crecen al pie de los muros de mi palacio y que son las que dan al mar ese color verde que admiráis tanto, señora. Los he tenido negros, negros como el fondo del mar, como un pecado, como la noche, como la germinación de un crimen, como una deslealtad, como el alma de la sombra; negros como esta perla en la cual termina mi cuerpo torneado —dijo con vanidoso acento—. Y amarillos, y pardos y... ¡todos eran tan bellos! Dos ojos iban sobre el motivo de estos versos: ... De un melocotonero tal el primer y sazonado fruto, velloso y perfumado, en cuya pulpa la fibra es miel y carne, ¡baja la primavera rosa y áurea! —¡Se acostumbra uno tanto! ¡Después de haber encontrado las pupilas nuevas, ya es imposible la paz! Es tan dulce alcanzarlas, que nada importa la angustia que cuesta conseguirlas. Pudiera sufrir diez veces más en este empeño, y siempre la felicidad excedería al sufrimiento. El mismo sufrimiento, cuando es por un par de pupilas nuevas, llega a parecerme una felicidad. Es como... no sabría deciros, señora... pero es el amor, es más que el amor, más, mucho más. Tenéis vosotros, los seres de la tierra, un concepto tan limitado de las cosas...
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