Hipocampo kuri; Awajún-español

37 IV Pasaron tres años, tres meses, tres semanas, tres noches. Y, al cumplirse esta fecha, la señora Glicina se encaminó por la orilla, hacia el sur. Poco a poco fue alejándose de su vista el caserío. Las chozas de caña y estera fueron empequeñeciéndose; las palmeras, a la distancia, parecían menos esbeltas y se difuminaban en el aire caliente que salía del arenal, brillante como en acción de gracias al sol. Las barcas, con sus velas triangulares, se recortaban sobre la línea del mar y parecían pequeñas sobre la rizada extensión. La señora Glicina iba dejando sobre la orilla húmeda las delicadas huellas de sus pies breves. —¿A dónde vas, señora? —le dijo un viejo pescador de perlas—. No avances más, porque en este tiempo suele salir del mar el hipocampo de oro en busca de su copa de sangre. —¿Y cómo sabré yo si ha salido el hipocampo de oro? —interrogó la señora Glicina. —Por las huellas fosforescentes que deja en la arena húmeda cuando llega la noche... Avanzaba la viuda y encontró a un joven pescador de corales: —¿A dónde vas, señora? —le dijo—. ¿No tienes miedo al hipocampo de oro? A estas horas suele salir en busca de sus ojos —agregó el mancebo. —¿Y cómo sabré yo si ha salido el hipocampo de oro? —En el mar se oye su silbido estridente cuando cae la noche y crece el silencio. Caminaba la viuda y encontró a un niño pescador de carpas: —¿A dónde vas, señora? —le interrogó—. No tardará en salir el hipocampo de oro por el azahar del durazno de las dos almendras...

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