En busca del orden perdido

vidas para que con la sangre divina de los dioses el sol tuviera fuerza e iniciara su recorrido por el universo. ‘Muramos todos y hagámosle que resucite por nuestra muerte’, dijeron. Y esto fue lo que se hizo, de modo que cada uno dio su sangre para dar movimiento al sol. Luego, con los vestidos que dejaron los dioses muertos, y con joyas de jade y pieles de serpiente y de jaguar, sus devotos hicieron unos envoltorios a los que se puso el nombre de los dioses desaparecidos. Y en adelante a estos bultos se les reverenció como si fueran los mismos dioses autosacrificados en Teotihuacan. Pero no bastó el propio sacrificio de los dioses para satisfacer el hambre de sangre de este nuevo sol y por eso los hombres, siguiendo el ejemplo de los dioses, tuvieron que sacrificarse ellos mismos. Esta necesidad divina originó entonces la guerra, cuyo propósito era obtener víctimas para el sacrificio del sol. Dice una crónica que aun antes de que naciera el Quinto Sol los dioses habían instaurado la guerra para que el sol que habría de reinar en esa edad tuviera muchos corazones. Según esta crónica, cuando el mundo aún estaba en tinieblas, los dioses resolvieron hacer ‘un sol para que alumbrase la tierra, y este comiese corazones y bebiese sangre, y para ello [era necesario que] hiciesen la guerra de donde pudieran haberse corazones y sangres’ (Florescano 1987: 11-22). Tratándose de una narración autóctona del continente americano, me he explayado en este mito para, por un lado, destacar lo cualitativamente diferente que es de las narraciones sobre edades en la tradición europea y, por otro, para señalar algunos rasgos estructurales que, sin ser absolutamente idénticos, guardan una gran semejanza con aquellos que están presentes en las edades de la cultura andina. A partir de lo descrito hasta el momento se puede sostener que los cuatro primeros soles muestran que, efectivamente, cada cual tiene su propia autonomía; sin embargo, todos ellos son parte de un conjunto que los hace interdependientes permitiendo que adopten posiciones predeterminadas tanto temporal como espacialmente. Si este es el caso, es posible inferir que sus posiciones no son por lo tanto arbitrarias como lo demuestra la famosa piedra calendárica (véanse fig. 50 y cuadro 10). 292

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