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Fabián Novak es abogado, magíster en Derecho Internacional Económico y doctor en Derecho por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), donde actualmente es profesor principal de la Facultad de Derecho en la especialidad de Derecho Internacional Público y director del Instituto de Estudios Internacionales (IDEI). Ha sido viceministro de Políticas para la Defensa del Ministerio de Defensa del Perú (2006-2008), es presidente del Comité Jurídico Interamericano de la OEA y asociado del Institut de Droit International. Jorge Ortiz Sotelo es capitán de Fragata(r), licenciado en Ciencias Marítimas Navales y graduado en Historia en la PUCP. Es especialista en Historia Marítima por la Universidad de Londres y doctor en Historia Marítima por la Universidad de Saint Andrews, Escocia. Se desempeña como profesor de Historia Marítima en el Perú y en la Academia Naval de los Estados Unidos. Ha escrito numerosos libros y artículos, y es colaborador de The Oxford Encyclopedia of Maritime History (2007). Es secretario general de la Asociación de Historia Marítima y Naval Iberoamericana, y miembro del Comité Científico del proyecto de enciclopedia marítima francés Oceanides. 3
Fabián Novak y Jorge Ortiz (editores) EL PERÚ Y LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL 4
El Perú y la Primera Guerra Mundial Fabián Novak y Jorge Ortiz (editores) © Fabián Novak y Jorge Ortiz, 2014 © Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014 Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú Teléfono: (51 1) 626-2650 Fax: (51 1) 626-2913 feditor@pucp.edu.pe www.fondoeditorial.pucp.edu.pe Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores. ISBN: 978-612-317-067-7 5
PRESENTACIÓN Al cumplirse cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, el Instituto de Estudios Internacionales (IDEI) de la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Instituto Peruano de Economía y Política (IPEP) han creído conveniente llevar adelante una publicación colectiva destinada a reflexionar académicamente sobre esta conflagración global, en particular, en lo referente a su vinculación con el Perú. En este sentido, para cumplir con este propósito, se consideró pertinente dividir la obra en seis capítulos. El primero de ellos, a cargo de José Pacheco, analiza las causas que determinaron el inicio de la Gran Guerra, los bloques antagónicos existentes y el contexto de la crisis de 1914, así como las acciones adoptadas por las potencias intervinientes y su importancia en el desencadenamiento del conflicto. El segundo ensayo, elaborado por Fabián Novak, se dedica más bien a estudiar la posición internacional asumida por el Perú frente a esta guerra, pasando de una neutralidad benévola en los primeros años para luego derivar en el rompimiento de relaciones diplomáticas con Alemania, como consecuencia del hundimiento del vapor peruano Lorton y, con ello, asumir un abierto apoyo a la causa aliada. El tercer capítulo de Luis Felipe Zegarra lleva adelante un estudio del comportamiento de la economía peruana antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial y cómo esta fue afectada por el conflicto, para lo cual analiza el comercio exterior, los aspectos monetarios, la evolución de la producción y otras cuentas nacionales. El cuarto capítulo, a cargo de Jorge Ortiz, ingresa a los aspectos militares de la guerra y su vinculación con el Perú. En tal sentido, da cuenta de los peruanos participantes en la guerra tanto a favor de los aliados como de Alemania; como también acerca de la guerra marítima frente a las costas del océano Pacífico Sur y la participación del Perú. También refiere la presencia de buques alemanes en puertos peruanos y de naves peruanas en Europa. El quinto capítulo, de Giovanni Bonfiglio, busca analizar la transformación de los inmigrantes europeos y su asimilación a la sociedad peruana en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial y los intentos de sus gobiernos de origen por contrarrestar tal coyuntura. Para ello, se 6
concentra fundamentalmente en los casos de ítaloperuanos que pelearon en la Primera Guerra Mundial, en particular a partir del diario de un limeño de origen italiano. Finalmente, la obra concluye con el estudio de Josefina del Prado, quien analiza las consecuencias que se derivaron de la Primera Guerra Mundial para el mundo y, en especial, para el Perú. Estamos seguros de que la calidad de los artículos y de los autores que participan en esta publicación será del agrado de los lectores a los que va dirigida. Asimismo, la revisión de sus páginas será de utilidad no solo para repensar sobre este histórico conflicto que involucró a las potencias de la época sino también sobre la posición asumida por el Perú en este contexto y las consecuencias que se derivaron a partir de este para nuestro país. Fabián Novak y Jorge Ortiz 7
LOS ORÍGENES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL1 José A. Pacheco de Freitas La parálisis de los pueblos bombardeados es uno de los resultados más trágicos de la invasión. El alma de uno se rebela ante esta insensible desorganización de innumerables actividades útiles. Comparada con las ciudades del norte, Rheims está relativamente menos dañada; pero por esa misma razón la parálisis de la vida parece más fútil y cruel. La plaza de la catedral estaba vacía; todas las casas alrededor estaban cerradas. Y ahí, delante de nosotros, se erguía la Catedral —una catedral, en verdad, porque no era la que siempre habíamos conocido—. Era, de hecho, como ninguna catedral sobre la tierra. […] Y la impresión era todavía más maravillosa por el sentido de su evanescencia; el conocimiento de que esta es la belleza de la enfermedad y la muerte, de que cada una de las estatuas transfiguradas se desmoronaría bajo las lluvias otoñales, de que cada una de las piedras rosadas o doradas ya estaba carcomida por dentro, de que la catedral de Rheims brillaba y moría delante de nosotros como la puesta del sol […]. Edith Wharton 1. INTRODUCCIÓN La Primera Guerra Mundial fue, a la vez, el obituario de un mundo lleno de ilusión y grandes expectativas y el levantamiento del telón del violento, peligroso y paranoico siglo XX; una tragedia que constituyó el hecho fundacional del nuevo siglo. Supuso el fin del mundo decimonónico, con la fe de la civilización europea en el progreso humano, en que la expansión económica y social mejoraría el nivel general de vida de su población y en la existencia de una sociedad internacional basada en valores compartidos que extenderían el bienestar, la educación y la cultura. A cien años de su inicio, es pertinente reflexionar sobre la visión que hoy se tiene de esta catástrofe, después de una centuria de investigación histórica. Existe una amplia corriente en la historiografía contemporánea que estudia las dos guerras mundiales como un solo proceso histórico, incluso se las trata como una nueva «Guerra de los Treinta Años». Sin embargo, para la memoria colectiva europea de la primera mitad del siglo XX, con la probable excepción de Rusia, la primera fue siempre «la Gran Guerra», el conflicto bélico que destruyó el mundo que conocían, malogró a sus 8
jóvenes y diezmó a las poblaciones que la sobrevivieron: tras 1914, los números de las víctimas y los soldados pasaron a contarse en millones, no en miles. Ante esta imagen, la Segunda Guerra Mundial es la continuación de una enfermedad, una calamidad que azotó a comunidades que ya conocían la catástrofe, que ya estaban traumatizadas. Pese a la espantosa incorporación de nuevos horrores como el holocausto judío, los bombardeos masivos indiscriminados sobre poblaciones civiles o la llegada del temor permanente a la guerra nuclear, no es en 1939 donde está ubicado el horror en Europa, sino en 1914: en Verdún, Ypres o Somme, y no en las playas de Normandía o el sitio de Stalingrado. Adicionalmente, está el problema de la culpa por la catástrofe. A diferencia del debate sin solución sobre la responsabilidad por los eventos de 1914, sobre 1939 se cierne la sombra de Adolfo Hitler y el nacionalsocialismo como la encarnación de la responsabilidad por las tragedias de la Segunda Guerra Mundial, idea que pese a su inexactitud facilita aceptar la tragedia como obra de la maldad (Taylor, 1964, pp. 712). En 1939 existía además el argumento de las condiciones de la paz de París de 1919 como causas de la nueva guerra, el temor a las tres cabezas del Cerbero totalitarista —el estalinismo, el nazismo, el fascismo—, la gravísima crisis económica de 1929 e incluso, o sobre todo, el malestar con la civilización, la percepción colectiva de que el siglo XX se había iniciado con una catástrofe fundacional y que la humanidad corría el peligro de aniquilarse a sí misma. Al contrario, se puede sostener que en la Primera Guerra Mundial no hubo culpables, que no es lo mismo que argüir que todos fueron inocentes: los líderes civiles y militares de los países beligerantes tuvieron, cada uno en distinta medida, responsabilidad por la catástrofe. Antes de 1914 el sentido de lo trágico para las élites y la burguesía europeas eran sucesos como el naufragio del Titanic, asuntos domésticos como el incendio de un teatro en Viena o los desastres naturales (Hobsbawm, 1989, p. 328). Hacía un siglo que el mundo no conocía guerras masivas, que no veía grandes ejércitos como los movilizados en las guerras de la Revolución francesa en la década de 1790 o las napoleónicas en la década siguiente. La guerra de Crimea de 1853-1856 era la última guerra general, la cual había sido apropiadamente solucionada por el concierto de naciones europeas en una de las numerosas conferencias 9
internacionales que se celebraron entre 1814 y 1914, un siglo de paz en la política internacional. Es cierto que existían bárbaros que azotaban las puertas del reino, presentes en las revueltas domésticas de 1830 y 1848, que llevaron a Karl Marx y Friedrich Engels a proclamar que un espectro recorría Europa. Si bien estas pretendidas revoluciones propiciaron cambios de régimen en algunos Estados europeos, estos no son factores explicativos ni relevantes para una revisión de los orígenes de la Primera Guerra Mundial. Sí pueden ser considerados hitos en el largo proceso de consolidación del parlamentarismo democrático y el auge del liberalismo en Europa, con las paradojas que ocasionó la expansión de los derechos ciudadanos vis-à-vis la necesidad de los gobiernos de mantener el control de las sociedades de masas, asunto que excede al presente estudio. De hecho, Ferguson identifica el triunfo del republicanismo sobre el monarquismo como una consecuencia de la Gran Guerra (1998, p. 434), aunque este parece ser un supuesto de falsa causalidad. Aquel mundo de paz cesó en el verano boreal de 1914. El debate sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial ocupa bibliotecas enteras y hoy es imposible que alguna persona pueda estudiar todo lo que se ha dicho y escrito al respecto. La pregunta fundamental que se hacen desde hace cien años el historiador, el académico, el político, el militar y, sobre todo, el ciudadano europeo es por qué se fue a la guerra. Una respuesta apropiada requiere considerar un sinnúmero de factores desde el punto de vista de múltiples actores internacionales y sus agentes domésticos. Como recuerda Christopher Clark, en un trabajo reciente que habrá de convertirse en el nuevo manual sobre la Gran Guerra, si la investigación sobre la crisis de los misiles de 1962 en Cuba, en la cual solo había dos potencias en disputa, ha generado montañas de libros y análisis sin que estén completamente esclarecidos los hechos, una crisis como la de 1914, con al menos cinco actores de igual importancia involucrados, evidentemente ofrecerá muchas más dificultades (Clark, 2013, p. xxv). Entre los debates historiográficos fundamentales están, sean cuales fueran las razones del inicio de la guerra, i) por qué se produjo en 1914 y no en alguna de las varias crisis anteriores, ii) si pudo ser evitada y iii) si hay algún Estado o gobierno responsable por ella. Estas consideraciones le dan contenido a la Gran Guerra como problema histórico y exigen al historiador pensar el mundo de 1914 desde la sociedad de aquella época, con los ojos de esa era y no con los actuales, con la información a la que 10
entonces tenían acceso los tomadores de decisiones. Este trabajo se concentrará en ello, estableciendo un diálogo entre las variables y factores más amplios, por ejemplo la estructura del sistema internacional, y los más específicos, como el proceso de toma de decisiones de un gobierno determinado. Solo a partir de esa dialéctica se podrá encontrar respuestas completas y satisfactorias, motivo por el cual es el método empleado por la historiografía contemporánea más relevante. En seguimiento de un método que haga dialogar entre sí a las estructuras y a los accidentes, en las secciones 2 y 3 de este ensayo se presentarán las explicaciones más citadas sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial, el sistema de alianzas que dividió a Europa en dos bloques antagónicos y las acciones alemanas basadas en la asignación de culpa del Tratado de Versalles, para proceder a desmontarlas y exponer su insuficiencia. En la sección 4 se expondrán los factores de tensión en la política internacional, para presentar el contexto de la crisis de 1914, y en la sección 5 se explorarán las acciones adoptadas por las potencias intervinientes en ella, con especial énfasis en los procedimientos de toma de decisiones. A continuación, en la sección 6 se identificarán algunas propuestas alternativas para considerar dicho contexto, en particular estudios sobre las percepciones que buscan anacronismos. Finalmente se ofrecerán las conclusiones pertinentes. 2. LA ESTRUCTURA DEL SISTEMA INTERNACIONAL HACIA 1914 En el Congreso de Viena de 1814-1815 las potencias europeas, incluyendo tanto las vencedoras como las vencidas, consolidaron un sistema edificado sobre la base de la estabilidad y el balance de poder —valores compartidos por todas ellas—, el cual permitió evitar guerras generales durante cien años, desde el final de las guerras napoleónicas hasta 1914. Durante el siglo XIX los conflictos internacionales fueron localizados, con ejemplos concretos como las tres guerras de la unificación alemana, dirigidas sucesivamente contra los ducados daneses de Schleswig y Holstein en 1864, contra Austria en 1866 y contra Francia en 1870-1871; las batallas marginales del proceso análogo italiano (Solferino y Magenta en 1859); y las escaramuzas periódicas entre Rusia y Austria —y sus respectivos satélites— por el reparto de los territorios del Imperio otomano en Europa, especialmente en los Balcanes. El sistema experimentó una serie de cambios profundos tras la unificación alemana en 1871, que modificó la correlación de fuerzas entre 11
las potencias europeas y sacó de quicio el balance de poder preexistente. Desde su nacimiento, la Alemania unificada supuso un problema para otros Estados. En primer lugar, para el antiguo imperio austriaco, derrotado en la lucha por el predominio en el mundo germánico y con su estatus de gran potencia en tela de juicio. Tras la victoria alemana, Berlín se alió con Viena para poner freno a los intereses rusos en Europa oriental, en una muestra más de la flexibilidad de los alineamientos en política internacional antes del siglo XX. En segundo lugar, del mismo modo que el auge prusiano se dio a costa de la ocupación de la Silesia austriaca en 1740, la consolidación de la unificación alemana supuso una herida permanente en el orgullo nacional francés tras la anexión de las regiones de Alsacia y Lorena y la coronación del káiser Guillermo I en el palacio de Versalles. A diferencia de Austria, Francia jamás podría ser un aliado alemán y mantendría una posición irredentista respecto a sus provincias ocupadas, con lo cual se hacía sumamente improbable un nuevo concierto europeo que incluyera a París y Berlín. Se debe tener en cuenta que la otrora poderosa Francia borbónica había sido por doscientos años el titán que amenazaba la paz en Europa, el formidable opositor al equilibrio de poder y, por ello, fue combatida por sucesivas coaliciones en batallas que a menudo fueron libradas, con gran costo económico y social, en los territorios que luego serían unificados bajo la nueva corona alemana2. En tercer lugar, Alemania se convertiría poco a poco en el gran rival de la potencia dominante a fines del siglo XIX, el Reino Unido. Para Gran Bretaña, las ambiciones alemanas por «encontrar un lugar bajo el sol», el aumento de su potencial naval y sus aspiraciones de expansión colonial en ultramar supusieron un serio cuestionamiento que eventualmente debía recibir respuesta. Las relaciones entre Alemania y el Reino Unido serán presentadas más adelante, dada su relevancia en el debate sobre los orígenes de la Gran Guerra. Teniendo en cuenta estos factores, mientras Otto von Bismarck fue el canciller de Alemania3, el nuevo Estado unificado mantuvo una actitud prudente en su política exterior, al fomentar la estabilidad internacional a partir del control de la política exterior de su vecino germánico, Austria, y al oponerse a las incursiones rusas en los Balcanes a partir de su alianza con Viena. El interés alemán era restablecer el balance de poder en Europa, tras haber puesto fin al statu quo preexistente a su unificación. En este sentido, el equilibrio forjado en 1815 a partir de los valores compartidos entre las potencias fue reemplazado por las maniobras 12
diplomáticas de Bismarck, a menudo secretas, que dependían de su intervención personal y de continuas gestiones diplomáticas y ajustes periódicos sobre la base de los intereses de las potencias. El nuevo equilibrio europeo, posterior a la unificación alemana, careció de los cimientos morales del sistema de 1814, pues se asentó sobre intereses cada vez más difíciles de conciliar. Cuando Bismarck dejó el gobierno en 1890, tras la asunción de Guillermo II como káiser, el nuevo régimen no mantuvo la actitud prudente de buscar la recuperación del equilibrio de poder en Europa, sino que optó por reclamar un lugar de mayor importancia, acorde a cómo percibía su propio poder en ascenso. Ello empujó progresivamente a París y San Petersburgo a un entendimiento, una entente, sobre sus propias ambiciones: recuperar Alsacia y Lorena, en el caso francés, y expandirse en Europa oriental, en el caso ruso. Si bien las diferencias ideológicas entre una Francia burguesa y liberal y el régimen zarista reaccionario demoraron el acercamiento, la política exterior agresiva de Guillermo II, el emperador de Alemania, llevaron al establecimiento de una entente rusofrancesa en 1894 (Kennedy, 1988, p. 250). De este modo, teniendo en cuenta que el Reino Unido mantenía su política de «espléndido aislamiento» frente a los asuntos continentales europeos, se habían formado dos parejas de potencias que se contrapesaban recíprocamente. Partiendo de la percepción de que Francia y Alemania tenían intereses nacionales incompatibles, por las razones expuestas al inicio de esta sección, para fines del siglo XIX el Reino Unido mantenía su independencia; es así que se volvió un asunto imperioso para las duplas continentales que ello se mantuviera así o, mejor aún, que Londres se incorporara a una de las dos alianzas. La posición inglesa en el sistema europeo era sumamente ambigua, a caballo entre seguir siendo el fiel de la balanza entre las dos coaliciones y mantener su vinculación flexible con Francia y Rusia. Es sostenible que la demora en la definición de su alineamiento con las potencias continentales dificultó su intención de contener a Alemania y Rusia en julio de 1914. Es pertinente aclarar que, en términos generales, las ententes —«entendimiento» en francés— no establecían obligaciones internacionales, sino que tenían un carácter político, por lo que se parecen más a los memorandos de entendimiento contemporáneos. Se distinguían de los tratados, acuerdos que por su naturaleza incorporan derechos y obligaciones para las partes. De hecho, las ententes se formalizaban 13
posteriormente en instrumentos específicos, como, por ejemplo, los acuerdos navales. Para el Reino Unido esta distinción fue de suma importancia y por ello, como se verá más adelante, sus contrapartes — Francia y Rusia— siempre tuvieron dudas sobre el grado de compromiso británico. La situación descrita generó una rigidez en las alianzas que restó flexibilidad a la política internacional, con consecuencias como la dificultad en el cálculo del poder relativo de los Estados y la disminución de la capacidad de maniobra de la diplomacia. Casi no existían precedentes de alianzas militares permanentes en tiempos de paz y tanto el anquilosamiento de la negociación internacional como la creciente injerencia militar en las decisiones políticas, a menudo circunvalando a los servicios exteriores, no eran características típicas del sistema internacional europeo, sino que fueron más bien un elemento coyuntural propio del contexto prebélico europeo. En 1914 ningún Estado europeo deseaba iniciar una guerra general; es incluso cuestionable que consideraran un conflicto acotado como las de las décadas de 1850 y 18604. Las numerosas confrontaciones entre las potencias por asuntos coloniales o particiones de los territorios del Imperio otomano siempre fueron solucionadas en una conferencia internacional o con un acuerdo entre las partes concernidas. No eran gobiernos pacifistas, es claro, pero si bien se preparaban constantemente para la guerra, sus cancillerías evitaron llegar a la guerra general, escenario que unánimemente consideraban sería una catástrofe. Por ejemplo, en 1905, con una Rusia muy debilitada tras su derrota en la guerra con Japón y sumida en una grave crisis interna, el alto mando alemán procuró convencer al káiser Guillermo II de atacar a Francia, aislada por la difícil situación de su aliado ruso. Alemania no atacó, sino que avanzó sus designios imperialistas en Marruecos, un asunto manejable que no podría iniciar una guerra general. De hecho, no hubo guerra y la crisis se solucionó una vez más en una conferencia internacional. Sidney Fay, uno de los primeros grandes historiadores del conflicto, propuso en 1928 el sistema de alianzas como una de las causas estructurales de la Gran Guerra, cuando Europa gradualmente se dividió en dos bloques en oposición. Desde entonces ha sido un lugar común concentrarse en la estructura del sistema internacional para explicar la conflagración. De hecho, MacMillan sostiene que la formación y el desarrollo de las alianzas debilitaron el concierto europeo, y propiciaron la 14
llegada de la guerra. En igual medida, las alianzas aumentaron el poder y la confianza de sus miembros, a la par que debilitaron e hicieron más inseguro el sistema (MacMillan, 2013, p. 27). Sin embargo, las alianzas no son en sí mismas causa de las guerras. De hecho, durante veinte años Bismarck maniobró una tupida red de alianzas para mantener la paz. El sistema de alianzas solo se convirtió en un problema cuando estas se anquilosaron, cuando se hicieron permanentes, y, especialmente, cuando las disputas entre ellas se convirtieron en problemas inmanejables. Es sostenible que en 1914 la guerra se inició porque, luego de sucesivas crisis, los miembros de las alianzas decidieron ponerlas a prueba, para confirmar que los compromisos acordados serían respetados. Paradójicamente, la naturaleza de las alianzas en tiempos de paz es prevenir la ocurrencia de la guerra, servir como una variable disuasiva en la política internacional. Como recuerdan Williamson y May, Si las alianzas no logran disuadir, entonces se vuelven operacionales, peligrosas y proclives a escalar. Estos acuerdos de largo plazo, entonces novedosos en las relaciones internacionales, aseguraron la expansión de la guerra en lugar de convertirse en un medio para evitarla. Entenderlas continúa siendo esencial para explicar la tormenta de fuego que azotó Europa durante un periodo de diez días a fines de julio e inicios de agosto de 1914 (2007, p. 345). Con todo, recurrir a la explicación del sistema europeo de dos alianzas en oposición es una construcción ex post facto. Las narrativas de posguerra operan como un libro abierto, tras la abundante documentación publicada por los gobiernos intervinientes y una larga serie de trabajos académicos que buscan explicar los eventos. Pero la mayor parte de la profusa red de tratados sobre la que reposaba dicho sistema eran acuerdos secretos o, más precisamente, que debían permanecer ocultos (Hamilton & Herwig, 2003, p. 22). No es cierto que, como se suele leer en los manuales de historia, los dos campos estuvieran claramente delimitados. Como recuerda Clark, Francia y Alemania llegaron a un acuerdo en 1909 sobre la cuestión marroquí y en 1910 representantes de Alemania y Rusia se reunieron para solucionar sus diferencias sobre sus intereses en Turquía y Persia. Incluso, si bien es cierto que Alemania pasó a ser el gran enemigo imaginado para el Reino Unido, al reemplazar a Rusia y el «gran juego», hubo importantes voces en Londres que consideraban la amenaza rusa sobre la India y el Asia Central mayor a la alemana sobre el mar o el continente. Estos gestos eran señales significativas de la posibilidad de una distensión en la política internacional y de que el futuro, la guerra de 1914, no estaba determinado 15
(Clark, 2013, pp. 166-167). Si bien los acuerdos coadyuvaron a la catástrofe, no fueron factores estructurales del sistema europeo, sino el resultado de ajustes de corto plazo: sin la derrota en 1905 en la guerra con Japón, Rusia no hubiera abandonado sus designios en el Asia Central y pasado a concentrar su atención en los Balcanes; sin la llegada al poder del canciller inglés sir Edward Grey, Alemania no hubiera pasado a ser el asunto central de la política exterior británica. Así, lo pequeño, lo contingente, puede hacer la diferencia sobre el tapiz de la gran historia. El paso de lo necesario a lo contingente, de las grandes causas —como los cambios en la estructura del sistema internacional— a las causas inmediatas —como las vicisitudes en la toma de decisiones—, permite retomar la importancia del diálogo entre las teorías estructurales y las explicaciones causales, entre la gran historia y la pequeña historia. Efectivamente existía una Europa dividida en dos bandos, pero esa estructura internacional no es suficiente para explicar por qué en 1914 se inició la guerra, si necesariamente debía haber alguna guerra o si la explicación sistémica esconde otras causas. Sí puede sostenerse que el debate interno en cada Estado era buscar el momento propicio, o el menos desfavorable, para iniciar las hostilidades. El problema del origen de la guerra no pasa entonces por identificar al agresor, sino que se encuentra en la naturaleza de una situación internacional deteriorada progresivamente que los gobiernos no pudieron controlar (Hobsbawm, 1989, p. 312). Por ello, las preguntas más apropiadas sobre el origen de la Gran Guerra, cien años después, deben dirigirse no a lo que se sabe hoy, sino a lo que sabían los tomadores de decisiones en 1914. Este punto de vista genera un interés en los procedimientos gubernamentales y burocráticos, asunto que orientará la narrativa que se presenta en este ensayo. Como explica Clark: Este gran punto de inflexión […] ayuda a explicar la emergencia de las estructuras en las cuales se hizo posible una guerra continental. Pero no puede explicar las razones específicas por las cuales el conflicto se precipitó. Para poder hacerlo, necesitamos examinar cómo los procesos de toma de decisiones dieron forma a determinadas políticas y cómo la vaga red de alianzas continentales se vio entrelazada con los conflictos que se desarrollaban en la península balcánica (2013, p. 167). Respecto a los procesos de toma de decisiones, es una ilusión pensar los actores estatales de 1914 —Francia, Alemania, Rusia— como entidades que decidían sobre la guerra; en políticos o gobernantes específicos hablando en el nombre de sus naciones. La información fluía o se detenía, 16
sin control ni orden, entre embajadores, ministros y funcionarios. Era poco claro a quién le correspondía tomar las decisiones, tanto a nivel organizacional como legal. No se sabía a nombre de quién hablaba la prensa o cuán susceptibles a su presión eran los tomadores de decisiones. Estos son problemas que hoy subsisten en diverso grado, pero que en 1914 eran particularmente graves, con esta caótica multiplicidad de voces que generó incertidumbre y que tuvo mucho que ver con la forma en que se respondió al asesinato de Francisco Fernando en cada país y en cada estamento (Clark, 2013, pp. 168-170). Es por ello que Clark prefiere perder de vista el «por qué» para concentrarse en el «cómo» se inició la guerra. Es en la sucesión de eventos, en el «cómo», que se podrá encontrar respuestas más completas, sutiles y satisfactorias para el «por qué». 3. LA CULPA Y LA HISTORIOGRAFÍA Entre las primeras reflexiones sobre las causas de la Gran Guerra destacan la interpretación de la Rusia revolucionaria, el nuevo régimen ruso que había derrocado al zar y hecho la paz con Alemania, y la de las potencias que vencieron a Alemania. Para intelectuales socialistas como Vladimir Lenin o Rosa Luxemburgo, el imperialismo fue el causante de la guerra, propuesta que ya no es considerada válida en la historiografía, excepto, claro está, para cierta posición ideológica5. La acusación genérica del imperialismo de las potencias pasó a una acusación específica contra una de ellas, Alemania, plasmada en la sección sobre la culpabilidad alemana del Tratado de Versalles, que formalmente puso fin a la guerra con Berlín6. El estudio de la Gran Guerra siempre ha estado condicionado por la idea de la culpa alemana, ya sea para afirmarla, matizarla o refutarla. Para los diplomáticos del siglo XIX pensar la guerra en términos de culpabilidad habría sido inadmisible: las guerras eran herramientas políticas, eventos recurrentes que formaban parte del devenir de la política internacional. De acuerdo con Hamilton y Herwig: Prácticamente todas las potencias veían la guerra no como inmoral o como un acto de desesperación […]. Alemania e Italia llegaron a ser Estados nacionales a través de la guerra. Con la excepción de Austria-Hungría, cada una de las potencias de 1914 había iniciado guerras coloniales […]. La Gran Bretaña de la reina Victoria era tal vez el ejemplo más notorio, habiendo iniciado campañas militares durante cada uno de los años de su largo reinado (1837-1901) (2010, p. 229). 17
La célebre frase de Clausewitz resume este orden de ideas: la guerra era efectivamente la continuación de la política por otros medios. Sin embargo, la figura de la culpabilidad alemana proveyó de un punto inicial al debate sobre los orígenes de la guerra. El valioso estudio de Annika Mombauer sobre las controversias y consensos respecto a los orígenes de la Gran Guerra sitúa este punto inicial en dos miradas: el deseo alemán de liberarse de la percepción de culpabilidad y la demanda de la sociedad internacional por comprender el conflicto y evitar su recurrencia. La culpa ha sido así un campo fértil para la historia de la Gran Guerra. De hecho, la disciplina de las relaciones internacionales nació ante el horror de 1914, con el establecimiento de la cátedra Woodrow Wilson en la Universidad de Aberystwyth en 1919, para procurar estudiar cómo se llegó a la guerra y cómo prevenir que ello ocurriera nuevamente. Es importante descartar la noción de culpabilidad como un problema histórico. Eric Hobsbawm sugiere que la culpa es un problema moral, que solo concierne a la historia periféricamente. Es innegable que había posiciones agresivas y defensivas y que en las guerras de expansión colonial había una potencia atacante y un territorio de ultramar atacado, pero también es ampliamente conocido que a inicios del siglo XX las guerras todavía eran hechos regulares y normales en la conducción de la política internacional. Se esperaba, e incluso se temía, que cualquier Estado tomara la iniciativa militar. Como concluye el historiador inglés, aún no se aplicaba el eufemismo «ministerio de Defensa» a los «ministerios de Guerra» (Hobsbawm, 1989, p. 310). Adicionalmente, asumir una posición acusatoria sobre la culpa requiere probar que, sin la acción criminal voluntaria, o al menos sin la negligencia criminal, de los líderes gubernamentales involucrados, la guerra no habría sucedido. Típicamente, los historiadores que parten de la culpa proponen análisis contrafácticos o buscan asignar o refutar responsabilidades apriorísticamente. Desde un punto de vista metodológico ambas suelen ser recetas para hacer mala historia. Aun asumiendo que estos caminos puedan ser apropiados, los archivos correspondientes fueron distorsionados incluso antes de que empezara la guerra, cuando los gobiernos involucrados en las tensiones que condujeron a ella buscaron escapar a su eventual responsabilidad (Clark, 2013, pp. 560-561; Laqueur, 2013). Luego de Versalles, el primer país en desafiar el «veredicto de la historia» fue, como era de esperarse, Alemania, que estableció el Centro para el Estudio de la Cuestión de la Culpa por la Guerra, que publicó más 18
de cuarenta volúmenes de fuentes que vindicaban las acciones alemanas. El Reino Unido respondió con los trece volúmenes de los British Documents on the Origins of the War; Francia hizo lo propio con los cuarenta y un tomos de los Documents diplomatiques français y el nuevo Estado austriaco publicó nueve volúmenes en defensa de la política exterior de su predecesor imperial. Siempre revolucionario, el gobierno soviético no defendió al antiguo régimen zarista, sino que denunció sus inequidades, reveló sus secretos y lo acusó de imperialista en el «Archivo Rojo»7. A partir de estas consideraciones, y sin que ello haya impedido que resurjan las narrativas acusatorias, progresivamente la historiografía dejó de concentrarse en atribuir o refutar culpas y responsabilidades, para llegar a un punto de vista más balanceado. Este consenso fue considerado un revisionismo sobre la noción de la culpa alemana y se basó en la copiosa evidencia disponible, que mostraba cómo todas las partes involucradas asumieron riesgos y tomaron decisiones que contribuyeron a que la guerra fuera más probable. En palabras de Fay, escritas en 1928: Ningún historiador serio acepta más el dictum de los aliados victoriosos de 1919 de que Alemania y sus aliados eran los únicos responsables. Todos concuerdan en que la responsabilidad está dividida; simplemente difieren sobre la responsabilidad relativa de cada una de las grandes potencias (1966, p. 17). El mayor desarrollo en esta línea, y todavía el trabajo más influyente y completo sobre la Gran Guerra, es la obra de Luigi Albertini, publicada en 1942, que ofrece en tres tomos una presentación sutil de los individuos que tomaron, o evitaron tomar, las decisiones que llevaron a la guerra. El autor italiano concluye que el camino a la guerra, un proceso complejo y confuso, se dio con una responsabilidad compartida entre todos los participantes. Como un péndulo, el consenso que supuso el trabajo de Albertini fue cuestionado en 1969 por el historiador alemán Fritz Fischer, quien sostenía que hubo una estrategia premeditada en Alemania que llevó a la Gran Guerra: «su tesis fundamental: el Estado autoritario del imperio buscaba el ascenso de Alemania a potencia mundial a cualquier precio y solo así se explican los acontecimientos de 1914; ese sería su verdadero núcleo» (Käppner, 2014). De acuerdo con Fischer, el káiser Guillermo II y sus ministros provocaron el conflicto con una combinación de factores internos e internacionales: el deseo de distraer y disciplinar a los 19
socialistas y otros elementos insubordinados en la sociedad alemana y su ambición expansionista y revisionista del sistema internacional8. El problema de las narrativas acusatorias es que son teleológicas. Su principal interés no es histórico, sino que buscan demostrar la culpa del acusado y, por ello, llevan al historiador a seleccionar e interpretar la evidencia en función a probar un caso, el cual, a su vez, puede estar motivado por una variedad de intereses políticos y culturales9. Por ejemplo, la acusación de Fischer sobre el militarismo alemán antes de la Primera Guerra Mundial, bien documentada pero tergiversando las fuentes, fue un medio para expiar los pecados del gobierno de su país en la Segunda Guerra Mundial, reconociéndole a Alemania una raigambre expansionista, una aspiración de dominio mundial. En suma, para desvelar el problema histórico, se debe abandonar la noción de culpa, ya sea como objetivo, como premisa o como hilo conductor de la reflexión sobre la Gran Guerra. Guillermo II y su estado mayor no iniciaron la guerra bajo un plan malvado para desestabilizar el continente y lograr la dominación mundial. Es innegable que Alemania le dio a una Austria vengativa el famoso «cheque en blanco» y que cometió el gravísimo error de invadir Bélgica sin que fuera estratégicamente necesario, con lo cual arrastró a Gran Bretaña a la guerra. Pero no puede ignorarse que el gobierno austriaco fue inflexible e imprudente en su manejo de la relación con Serbia, al considerar que era un problema acotado y sin contemplar que podía iniciar una guerra general por las reacciones rusa, alemana y francesa; que Rusia y Francia crearon en las potencias centrales, Alemania y Austria, el temor de una guerra en dos frentes; y que el Reino Unido no supo acomodar a la potencia ascendente, Alemania, ni dar a Francia y Rusia la confianza de que intervendría contra Alemania y Austria de ser necesario10. Al evaluar la evidencia disponible, en 1914 hubo pecados de omisión y comisión, graves errores diplomáticos y militares, pero ningún culpable, ningún titiritero jugando con el destino de Europa. Ello no quiere decir que fueran inocentes: la responsabilidad por el conflicto es compartida entre todos los gobiernos intervinientes. Hay sangre en las manos de cada uno de los líderes políticos y militares que decidieron que las armas eran el camino a seguir para resolver una crisis europea periférica. 4. FACTORES DE TENSIÓN EN EL SISTEMA INTERNACIONAL: UNA DÉCADA DE CRISIS RECURRENTES Y LA CARRERA ARMAMENTISTA 20
En los primeros años del siglo XX hubo una serie de crisis internacionales que tuvieron un efecto disruptivo en el sistema internacional, pusieron a prueba los grados de compromiso de los integrantes de las alianzas y aumentaron su ansiedad e incertidumbre. A la par que se ofrecía seguridad sobre la fiabilidad de los socios, se temían las acciones e intereses de los interlocutores. Peor aún, los tomadores de decisiones comenzaron a pensar que siempre podrían controlar las cada vez más intensas y peligrosas crisis; que al final surgiría una solución o se llegaría a un entendimiento que evitaría el recurso a la guerra. Dichos incidentes se concentraron en dos regiones: el norte de África y los Balcanes. Es importante evaluar brevemente el contenido de estas crisis, especialmente por su efecto en las relaciones entre los miembros de la Entente con Alemania y en la lucha entre Austria y Rusia por los exterritorios del Imperio otomano en los Balcanes11. El cuestionamiento alemán al intervencionismo francés en Marruecos propició, en dos oportunidades, crisis internacionales: en 1905 y 1911. Más grave, la progresiva descomposición del Imperio Otomano, «el enfermo de Europa» en la terminología de la época, fue escenario de los intereses contrapuestos de Austria-Hungría y Rusia en los Balcanes, con la anexión unilateral, sin consultarlo con las otras potencias, de Bosnia-Herzegovina al imperio austro-húngaro y las dos guerras balcánicas de 1912 y 1913 como muestras del acercamiento a un punto de quiebre, con lo cual se redibujaron los límites, se exacerbaron tensiones y se dejó a las potencias europeas «al borde del abismo» (Evans, 2014). A fines del siglo XIX, con la aquiescencia británica y alemana, Marruecos, una antigua monarquía feudal, pasó a ser administrada por Francia y España. Con el consentimiento de las otras potencias, pero ignorando a Berlín, París buscó extender su control en 1905, con el fin de presentarle la situación a Alemania como un hecho consumado. Tras la derrota rusa en la guerra con Japón y la revolución de 1905, en Berlín se entendió que ese era el momento propicio para ejercer presión sobre París y consolidar la predominancia de Alemania en el sistema internacional, dada la percepción que este país tenía de la debilidad de Rusia, aliada de Francia. Por ello, el káiser Guillermo II objetó la acción gala y se presentó personalmente en marzo de 1905 en el puerto marroquí de Tangier, hecho que confirmó el estatus de Marruecos como gobierno independiente y demandó libre comercio e igualdad de derechos con Alemania. Esto equivalía a una amenaza de guerra contra Francia, que pocos meses 21
después llevó a la movilización alemana y francesa a la frontera común. La crisis finalmente fue desactivada en la conferencia de Algeciras de 1906, en la que se consagró la mayor injerencia francesa en Marruecos, pero también se preservó formalmente su independencia. En el ámbito de las alianzas, Alemania había buscado mostrar a los franceses que, desactivada Rusia por sus problemas internos, no podía confiar en el apoyo británico. El efecto fue el contrario: Londres y París iniciaron intercambios militares y dieron por superados sus incidentes coloniales, especialmente en Egipto; a la par que se consolidó el vínculo franco-ruso. De otro lado, Austria probó ser un aliado poco eficaz para Alemania, que se encontró crecientemente aislada. Entre 1907 y 1908 hubo otros desarrollos importantes. Al percibir su propia debilidad e incentivada por Francia, Rusia procuró acercarse a Inglaterra, llegando en 1907 a una entente que puso fin a los problemas coloniales ruso-británicos en el Tíbet, Afganistán y Persia. En 1908, Austria anexó Bosnia-Herzegovina, sin consultarlo previamente con Berlín, lo cual provocó una conmoción en los nacionalistas serbios y la élite rusa. Debe comprenderse que la actitud de Belgrado frente a Austria fue muy veleidosa, pues osciló entre ser un satélite Habsburgo y vincularse con los «hermanos eslavos» de San Petersburgo. De hecho, a inicios del siglo XX hubo una rebelión en Serbia que acabó con la predominancia austriaca en Belgrado y en cuyo proceso fueron asesinados los reyes serbios. Ante la anexión de Bosnia, el nacionalismo serbio debió aceptarlo como un hecho consumado y Rusia no pudo intervenir en los Balcanes por su debilidad coyuntural. Sin embargo, la acción austriaca dejó una herencia de tensiones sin resolver: Francisco Fernando sería asesinado en Sarajevo, la capital bosnia, en cuyas calles hay todavía una placa conmemorativa del atentado; y el gobierno de San Petersburgo no estaría dispuesto a tolerar nuevamente el unilateralismo de los Habsburgo en los asuntos eslavos. Posteriormente, las tensiones en Marruecos continuaron escalando con la movilización de tropas francesas en 1911, en un claro intento de ocupación. Alemania envió una nave de guerra al Mediterráneo, que atracó en el puerto de Agadir, y demandó compensaciones territoriales en el Congo francés a cambio de aceptar la pretensión francesa. Londres volvió a apoyar a París y Alemania recibió un espacio sin mayor valor en el centro de África. La crisis aceleró la carrera armamentista, dio mayor impulso al planeamiento militar conjunto anglo-francés, aisló todavía más 22
a una Alemania que temía estar siendo cercada y proveyó la ocasión para que los nuevos estados balcánicos —Serbia, Bulgaria y Grecia—, al percibir la debilidad del Imperio otomano, prosiguieran sus campañas militares en los Balcanes. En Agadir quedó demostrado que cualquier confrontación entre dos potencias las llevaría al filo de la guerra. De hecho, cuando en 1912 proseguía el colapso del Imperio otomano, con la intervención italiana en Libia y la guerra desatada por la Liga Balcánica —integrada por Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro— para acabar con la presencia turca en Europa, las potencias no intervinieron, temerosas de antagonizar a Roma y de ser arrastradas al hoyo negro de los Balcanes. Solo a última hora Viena anunció a los integrantes de la Liga que las potencias no tolerarían cambios en el statu quo. La Liga ignoró la advertencia y continuó con sus operaciones, hecho que marcó la primera vez que los nuevos Estados ignoraban a las grandes potencias. Finalmente, Turquía detuvo los avances de la Liga y las potencias forzaron la capitulación de los pequeños Estados. En la conferencia que puso fin a la guerra, Austria vio cómo Serbia duplicaba su tamaño, una victoria del nacionalismo balcánico que «fue un desastre sin remedio para la monarquía Habsburgo» (Taylor, 1954, p. 491). Sin embargo, el evento más relevante para la evaluación de la conducta de las potencias en la crisis de 1914 fue una acción aparentemente marginal, accesoria, en 1912. En previsión de una intervención austriaca contra la Liga Balcánica, San Petersburgo movilizó sus tropas sobre Varsovia, a lo que Viena respondió con una medida similar en el sur de la actual Polonia. Leopold Berchtold, ministro de Relaciones Exteriores de Austria, auscultó la posición alemana frente a una eventual guerra con Rusia. Berlín respondió que no apoyaría a Viena porque no veía causa suficiente para hacerlo. Poco después ambos contendores retiraron sus tropas, con lo cual la situación se distendió. Apenas dos años después, en julio de 1914, en un contexto similar, Berlín dio el «cheque en blanco» a Viena y, un mes después, Europa estaba en guerra. La última crisis previa a la que produjo la Gran Guerra volvió a generarse en los Balcanes, península en la cual recurrentemente se estaba poniendo a prueba la capacidad de las potencias europeas de administrar la descomposición del Imperio otomano. Los nuevos Estados balcánicos pelearon entre sí por la división del territorio de Macedonia, hasta que llegaron a un acuerdo, la paz de Bucarest, sin la intervención de las 23
potencias. Viena vio su prestigio sumamente disminuido y Berlín se rehusó nuevamente a apoyar una intervención austriaca en los Balcanes. Como respuesta, Austria dio un ultimátum a Serbia para que retirase sus tropas de Albania, un Estado tapón diseñado para contrarrestar el dominio serbio, el cual fue acatado. Como señala Hamilton: «esta victoria dejó una lección para los líderes austriacos: la amenaza del uso de la fuerza vencería» (2003, p. 91). Cuando Francisco Fernando fue asesinado, las percepciones y las expectativas de las potencias europeas estaban influenciadas por el desarrollo y la solución de las crisis previas. Las dos últimas ofrecen importantes contrastes con la experiencia de julio de 1914: i) en 1912 y 1913 Alemania no apoyó acciones austriacas en los Balcanes y ii) Austria decidió por sí misma dar un ultimátum a Serbia, con el que se desactivó la crisis. Igualmente, las acciones alemanas en Marruecos llevaron al fortalecimiento de la Triple Entente, aunque sus integrantes jamás pudieron dar por sentada la fiabilidad de sus contrapartes. Esta serie de incidentes se dio sobre el lienzo de la carrera armamentista de los cuarenta años previos a la guerra. Al respecto, Hobsbawm señala con precisión que el armamentismo no es una de las causas de la conflagración, pese a que evidentemente contribuyó con ella12. Con todo, es innegable que la tecnología para matar, tras la creciente industrialización de mediados del siglo XIX, tuvo avances dramáticos a partir de 1880, como la revolución en la velocidad y el poder de fuego de las armas pequeñas y la artillería y, sobre todo, como la transformación de los buques de guerra en el contexto de la lucha por la superioridad estratégica naval entre el Reino Unido y Alemania. Una consecuencia evidente fue que los preparativos para la guerra se volvieron mucho más costosos, especialmente al considerar la competencia interestatal por mantener la superioridad, o al menos no quedar muy rezagado. Estos costos cada vez mayores perjudicaron seriamente las economías nacionales al requerir aumentos de la presión tributaria o endeudamientos inflacionarios. Se creó así una relación simbiótica entre el gobierno y la gran industria. Solo la gran industria podía proveer los armamentos más avanzados, pero, a su vez, solo el Estado podía ser el cliente para dichos productos. De una u otra manera, los Estados se vieron obligados a garantizar la existencia de poderosas industrias armamentísticas nacionales, pagar por la mayor parte de los costos de los avances tecnológicos y velar porque dichas empresas 24
fueran rentables. El sentido del equilibrio militar se había tornado inestable, con los Estados tomando ventaja o quedando relegados, lo que afectaba las percepciones y las actitudes de los gobernantes, lo que hacía más difícil evaluar las posiciones relativas de poder. En dicho contexto, la superioridad demográfica y territorial rusa llevó a los generales alemanes y austriacos a recomendar el recurso a la guerra preventiva. Al mismo tiempo, esa percepción de superioridad dio pie a la creencia en una posible victoria rusa sobre Alemania y Austria-Hungría, pese a las limitaciones materiales intrínsecas de la economía rusa. La carrera armamentista ofrece así una sugerente explicación a la combinación de urgencia y fatalismo en el intercambio diplomático entre Berlín y Viena (Stevenson, 1997, pp. 126-161). Adicionalmente, parece haber un consenso en la historiografía en sostener que la carrera armamentista naval progresivamente enemistó al Reino Unido y Alemania, los dos Estados europeos más desarrollados económicamente, pese a la simpatía recíproca de buena parte de sus élites, y generó en Londres un temor tan grande que llevó al país a integrarse a la alianza franco-rusa, que conformó la Triple Entente (Williamson & May, 2007, p. 342). Sin embargo, la Gran Guerra no se puede explicar en una conspiración de industriales armamentistas —aunque es cierto que los técnicos hicieron lo posible para convencer a los políticos y a los generales de que la nueva versión de un cañón o una nave eran indispensables para la defensa nacional—. La acumulación de armamentos en el lustro previo a 1914 hizo la situación más explosiva, pero fue la situación internacional tensa y ríspida la que llevó a las potencias a una carrera armamentista. La causa es política, el efecto es bélico; y no al revés. 5. LA CRISIS DE JULIO DE 1914: HACIA LA GUERRA EN DIEZ DÍAS En esta sección se hará una detallada revisión del proceso de toma de decisiones en los gobiernos involucrados en la crisis que desembocó en la Gran Guerra. Así pues, se prestará especial atención a las percepciones y al condicionamiento que ejercían sobre el manejo de los eventos y las acciones estatales. Por ello no se tratan los casos de Italia, Rumania, Bulgaria y, especialmente, EE.UU., actores sin mayor influencia en 1914. En línea con la bibliografía más reciente, en particular Clark, también se considera el caso serbio, a la vez origen y punto focal de la tensión y por donde debió pasar cualquier intento de distenderla. 25
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