El Perú ilustrado: semanario ilustrado para las familias familias

EL J'ERU ILUSTRADO. 3 Al lado del poder y la grandeza Están el <lólo y la feróz matanza, Su ardiente mirada murió en la mía. J --Sí; yo muero ...... no apartes la vista Yo sentí algo desconocido; tal vez un de la diadema--seguía balbuceando Lu- ¡ Sulo hay verdad en los ardientes rayos De tu mirada ! funesfo presagio. cía. ¡Ah! De todo me acuerdo y este re- Pero los negros anillos aumentaban sus cuerdo pesa duramente sobre mi alma. órbitas. Angt•l que me consuelas c>n la tierra, Mu3er divina hasta el delirio amado, . . . . . . . Yo te amo; tú no me has amado .... Si el mundo entern, como deºun maldito De mí se aparta, . . . . . . . . . . . . . . . ¡ah! nó! tal vez me amas ahora, porque María, la bella María, robó mi amor estoy muy bella con la diadema .... ¡Ah! siento ya la muerte. Si me sumerje en el prnfundo abismo El Yiolento huracán de la desgracia, ¡Ah! no me niegues los ardientes rayos De tu mirada ! Cuando en la inmensa eternidad sombría Cual un mPteoro desaparezca mi alma Y mis cenizas fúnebres se encuentren Bajo uua lápida, Yo no dudo que tú, mujer querida, Alumbrarás mi tumba solitaria Con los ardientes amorosos rayos De tu mirada. ARTURO MORALES TOLEDO. La Diadema- Á CLORINDA MATTO DE TURNER. (Bala.da.) ¡Cuando me acuerdo, el frío de la muer- te siento en mi alma! Yo no podré ser feliz mientras no pue- da olvidar. Era un día triste como el dolor. Yo me hallaba abstraido del mundo y apenas pensaba. Y un mundo de dolores se agolpaba á mi alma. No tenía lágrimas, por eso no lloraba. De súbito, oí uria carcajada fría, tétri- ca, sombría que heló la sangre en mis ve- nas. Sí; todavía me acuerdo y este rec.uerdo está vivo en mi alma. Me lancé á la alcoba inmediata y sor- prendí á Lucía, delante de un bruñido espejo, poniendo una diadema de plata en su cabeza de ébano. Y la terr;ble carcajada acababa de ex- pirar en sus lábios. Y los dientes de la diadema mordían con furia sus negros cabellos. Todo lo comprendí al momento, y sen- tí que se me partía el alma. ¿Por qué sufrí tanto? ......... con sus encantos. Esta es otra página triste en la historia de mi vida. Yo no existía sino para ella. Había dejado de amar á Lucía, y por eso adornaba su cabeza, delante de un bruñido espejo, con la diadema que le dí al despedirse el día. Y tenía aún en sus lábios la moribun- da carcajada. - Lucía, Lucía-exclamé-arrója la dia- dema ...... Yo te amo ...... Vé mi deses- peración. Espera y moriré á tu lado. -¡Ah! ¡qué bien me sienta: así puedo bajar á la tumba!. ..... Véme y dí si no estoy bella. -Lucía, ¿no ves mis lágrimas ...•.• Ar- rója la diadema. Y retorcía mis brazos con desespera- ción. -No te acerques-me decía-ya no soy de este mundo .•...• Diríje tu mirada al espejo y vé la diadema. Y la diadema de plata arrojaba luces misteriosas. U na densa palidez iba cubriendo el rostro de Lucía. Negros anillos rodeaban sus ojos. ¿Si será esa la muerte? ·-Yo te amo, te amo siempre ......arró- ja la diadema ...... La tumba es muy fría para tu corazón de fuego. Allí mueren las esperanzas. No exales la vida. Pero una terrible carcajada, más som- bría, mas tétrica y helada que la prime- ra, fué el éco de mis palabras. ¿Por qué, oh gran Dios, no cayó sobre mí un rayo? ¿Era preciso que sufriera tánto? -¡Oh!. .... ¡qué frío tengo! Acércate á mí. ..... tóca mis lábios con los tuyos ...... ¡están helados ...... pero en mi corazón hay fuego, mucho fuego!. ..... Yo te amo! pe- ro amo más á mi diadema. Vérne; ¿estoy bella? ¿puedo bajar ya á la tumba? · Y otra carcajada iba asomando á sus lá- bios. • Y la diadema seguía presionar1do su ca- beza de ébano. ¿Por qué no puedo olvidar? María, María, que, caro me ha sido tu . . . . . . . . . . amor. t Expiraba un día. Yo encontraba fríos los lábios de Lu- El sol bajaba al abismo, dorando con cía ......más fría estaba mi alma. sus últimos rayos las elevadas copas de La palidez aumentaba y los anillos en- los árboles. sanchaban su sombra. La mirada de Lu- Lucía y yo estábamos sentados sobre cía era más fija. un ~osco banco, Y: pisá~amos, dist'f~~dos, 1 ¿Si ~erá esa la mll.erte? el cesped q'.le vacilaba a nuestros pies. -Siento que la tierra se abre ...... ad~- Saqué una diadema de plata que despe- rado mío, acércate á mí.. ... no toques mis día luces misteriosas. lábi.os ...... ¡sufro tánto! Lucía-la dije-adórna tu cabeza con -Lucía, mi últi .11a ilusión, mi postre- esta prenda de mi amor. No me olvides ... ra lágrima. ¡te quiero tánto! -¿Es el frío dé la· muerte? ...... Nada -Sí, sí-contestó arrebatándome con veo, nada siento: sólo tu amor me hace precipitación la diadema-adornaré con dichosa, ¿Me amas? ¿Me has amado? ella mi cabeza cuando tú me dejes de ¿Amarás mi memoria? amar y con ella bajaré á la tumba. No te- Y la densa palidéz no desaparecía de su mas, yo no podré olvidarte. rostro. Y se le escapó la terrible carcajada, más fría que la tumba que tragaba mi espe· ranza. -Siento que se me vá el alma ...... Su- jétame, adorado mio ...... No me olvides, que esa idea me mata. Y Lucía cayó en el suelo, abrumada quizás_. por su supremo dolor. No sé lo que me pasó. Sólo recuerdo que la diadema de plata despedía luces misteriosas y mordía con furia los negros cabellos de la pálida Lu- cía. ¡Y no poder olvidar! HILDEBRANDO FUENTES. ·-· ¡ Nacieron los aman cae& ! A J U.A.N F .ABRICIANO HERNANDEZ. Para, que á Lima, la hermosa Ciudad, ninguna le iguale, Y de América sultana Todo e1 mundo la proclame, Lujoso manto de flores Bordó la mano del ángel Que Ja coronó de rosas Y de blancos azaha1·es; Por eso alegre se muestra La verde alfombra del valle, Con la sonrisa c1el alba, Con los cantos de la tarde. Doquier vaya una limeña, No hay galán que no sa cuadre Y que Ja frente no incline, Para rendirle homenaje; Pues que un cielo se adivina Tras el morisco semblante Que tiene soles por ojos~ Por labios, finos corales, Y por mejillas, las rosas Que en la primavera nacen, Cuando á mi cltunga la digo Que con ella he de casarme. . Más, una jóven hermosa De esbelto y airoso talle, Cuyos ojos cautivaran Al lucero de la tarde, Con el corazón herido Por la ausencia de su amante, A las tapias del camino Fuése á llorar sus pesares; El rocío de sus lágrimas Descendió á Jos arenales Y, páliqos como la muerte, Nacieron los amancaes ! A. DE LA E. DELGADO. ¡ Esperando !... · Vosotros los que esperais con ancia la hora de una cita; los que contais impacien- tes los golpes del reloj lejano, sin ver lle- gar á la mujer amada; vqsotros que con- •

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