El Perú ilustrado: semanario ilustrado para las familias familias

10 La cartera negra. (Traducido del Francés por C. o\ Z.) Hacía frio; mucho frío; eran como las tres de la tarde. Los transeuntes pasaban rápidamente con la cabeza _baja. Nubes espesas y poco elevadas desarrollaban lentamente su masa blanca como el al- godón; y la nieve al fin comenzó á caer en menudos copos que fueron poco á poco haciéndose más dcusos. En ese momento pasaba por la avenida Clichy una procesión fúnebre bien sin- gular: el féretro de los pobres se- guido por todo cortejo de dos niños, un yaroncito de diez años y una rubia como de ocho, tristes y temblorosos dentro de sus vestidillos mal remendados. De::;nuda llevaban la cabeza bajo la nie- ve que los blanqueaba por completo. Esa lamentable comitiva simbolizaba el ex- tremo de la misería humana; se sentía al ver á aquellos dos seres que ya nadie en la tierra los amaba. Y no lloraban; acaso ya habían llegado á exceso de dolor que produce indiferen- cia sombría, desfallecimiento, estupidéz animal. Además, eran tan pequeños! - Juan, dijo la niñita en voz baja, ¿á dónde iremos después? -Yo no sé, respondió el hermano, tú me preguntas siempre. Allá abajo nos di- rán donde debemos ir. Allá abajo, en su mente, era el cemen· terio al que acompañaban los restos de su madre, muerta de privacioneg, de agota- miento. El padre, obrero perezoso y alcohólico, había desaparecido desde algún tiempo atrás sin enviar noticias suyas, lo que le eximía de enviar socorros. La comitiva avanzaba tan rápidamente como lo permitía el estado del piso: co- menzaba ya á caer la noche. apenas si verían lo bastante para arrojar t"l cadáver á la fosa común. ¡Qué lejos estaba ese cementerio! Al volver de una calle un señor ancia- no muy alto, muy flaco, de rostro huesoso y rapado, con el cuello del abrigo vuelto, saludó bruscamente y al ver junto al fé- retro humilde los dos niños solos, se de- tuvo á considerarlos con profundo asom- bro. Ante aquella escena se contrajeron sus rasgos; vaciló algunqs segundos, luego hnzó el cigarro, alzó los hombros riendo en silencio risa sombría,y fué á colocarse detrás de los huérfanos y á seguirlos sin decir nada, c0n andar y adernán extra- ños. ¿Un loco? No, un ser ráro. Ahora y luego se volvían á él los niños con aire de timidéz y se encontraban con su mirada dura, brillante bajo dos grandes cejas arrugadas. La niñita se apretaba con su hermano y éste, no muy exento de temor, le decía en tono protector y firme: -¡No tengas miedo! Llegó al cernen terio el cortejo, y sonó negligentemente la campana un doble fu- neral de pobre, en tanto que la comitiva :tvanzaba por la gran avenida blanca, cer- cnda de tumbas blancas. El anciano se detuvo en la puerta del triste jardín de los muertos, y esperó pa- eáudose de un lado al otro. A poco apa- • EL PERU ILUSTRADO. recieron en el fondo de la avenida el sa- 1con ojo e:;crutador corno para leer en cerdote, los enterradores y los dos niños. el fondo de aqnella alma tan simple, y se C_uc:~d<;> llegaron á la puerta el viejo señor volvió luego á la niñita: p1d10 rnformes á los condutores del fé- -¿Y cuál es tu nombre señorita Le- retro. prieur? -¿Ni par!ente, ni amigo de la madre -Rosa, respondió la pobrecilla cuyo que los recoja? rostro se coloreó de rosado tinte cocno A la respuesta negativa recibida, agre- para con firmar la respuesta. gó: -¿Quien cuidó de vu~stra madre en -Perros perdidos. Nadie los reclama- su enfermedad? rá. Vea~nos. , -Nosotros dos, Jnan y yo. T.<;>mo de la m:'lno a la niñita inquieta -¿Quién dió los pasos necesarios pa- y d1JO, al varonclto: ra hacerla enterrar? -S1guenos. -La portera, señor. Media hora de.::;¡.mé.s se detuvo ante tllla casa de buena apariencia un carruaje de alquiler, y descendió el raro personaje con los dos huérfanos más muertos que vivos, llevándolos por delante hasta el segundo piso. En todo el trayecto no ha · bia pronunciado una palabrá, cuanto los niños le habían oído dos ó tres ocasio- nes era una especie de suspiro ronco é íntimo. Llamó en el segudo piso y vino i abrir una criada de cabellos grises. -Mariana, dijo sin ocuparse de la sor- presa de la mujer, lava bien á esos mise- rables, hazlos comer y tráelos luego. Arrojó sobre un mueble el abrigo, en- tró á un aposento elegante en donde ar- día vivo fuego y se instaló en mullido sofá. - -¿Ella los quería á Vds ? -A veces; pero el propietario le pr,,- hibió que nos dejara entrar, porque hace tiempo que no se le paga alqlliler. -De modo, dijo el anciano en tono singular, que no tenei-; madre, ni padre, ni amigos, ni asilos. Si os pongo en la puerta ¿á donde iríais? Los muchachos bajaron la cabez:i. sin responder. -¿No sabéis? L::> compr~ad ~>. s~ 03 recogerá como á vagabn:1do .~ que sois. Siéntate, nbia, y tú tambié .1, señor Le- prieur. . En pié ante ellos de todo el alto de su talle y cruzados sobre el pecho los braz0s quedó el anciano. -¿Sabéis, preguntó bruscamente, p.ua qué estáis en la tierra? Juan miró á Rosa como diciéndole: En ese instante se destendieron los Yo no sé, ¿y tú? contraídos músculos de su rostro y asu- -Pue~ voy. á d~círoslo: habéis nacido mió un carácter de grnvedad dolorosa. par~ sufnr. __ si pt~d1~ra mostrar? s _el l:or- Fijos en el hogar los ojos, parecía obsor- ¡ ;emr en e::ite espejo, os l~ono nzanas, to en amargos pensamientos. Se diría que a pesar de vuestra extrema JUVentud, d t> entre las llamas y el humo de la chimenea los dolores que os aguar?an. De seguro se le presentaba una visión conmove- os han. hablado ya del 111.fierno. Ya co- dora. menzé'us á conocerlo, el mfi~rno es este Asi se estuvo largo tiempo, así, soña- mundo en donde ~~1eden monrse las ma- dor, tranquilo, trasfiigurado. dres cuando sus h13os no se saben valer -Todo llega! murmuró al fin, y con aún. paso pesado sed irigió á un armario, sacó Se exaltaba por grados y agitaba sus con cuidado del fondo de una gaveta una lábios una risa amarga. Comenzó á pa- carterilla de marroqui negro y la abrió searse vivamente ante los niños que des- para ver un dibujo trazado en un papel de su asiento le seguían con la vista tra- arnarillento. Al pié había una fecha y tando de comprenderlo. dos nombres. El continuó como hablando consigo Buen tiempo se estuvo ante ese recuer- mismo. do meneando con dulzura la cabeza, y -Tengo setenta años y hace setenta aún le miraba cuando llamaron á la puer- años que sufro. Miseria, duelo, luch<l, ta. Plegó con viveza la cartera y dijo enfermad, mentira, traición; entre esos secamente: horrores que hacen arder en infinita fie- -Entrad. bre el corazón, ha corrido mi vida. La La criada introdujo á los dos huérfanos fortuna, según su costumbre, ha llegado sobrecogidos, admirados ante tanta des- muy tarde: jamás he logrado alejar de conocida comodidad, asombrados de lo mi el sufrimiento; cambia de forma pero que pasaba y sin saber en que termina- no me abandona. Lo conozco bajo todas ria todo aquello. Se tenían con fuerza de sus faces; nadie me ha amado, nadie, ex- las manos como para prestarse mútuo cepto .... y esa murió, Ja criatura encan- apoyo. tadora,haciéndomejurar que no iríaá reu- El anciano despidió á la criada q!.le nirme á ella antes de ti~mpo. Hé aquí ardia en curiosidad, dijo á los niños que porque arrastro aún los hierros, y los so- se acercaran al fuego y dió principio á portaré hasta cumplir mi condena. su interrogatorio: Los pequeñuelos no comprendían bien -¿Cómo te llamas, pícaro en ciernes? aquello; pero sentían confusamente que -¿Jnan, señor. estaban ante tú1 dólór desconocido. -¿Juan qué1 El infortunado continuó con voz es- - Juan Leprieur. tridente: -¿Tu padre murió .... también? -Mi odio y d\;:-;precio por los hom- -Partió; nadie sabe á donde. bres me han cerrado todos los corazones, -¿Lo conociste? y con fiebre cada vez más feroz he trata- -Sí, señor, un poco, cuando yo estaba do de ocultar en lo más íntimo de mi chiquito. · sér lo que todavía queda de tierno y de El anciano tosió; contempló al niño, bueno. Ese es mi pudor. Además, ¡por

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