El Perú ilustrado: semanario ilustrado para las familias familias
• Despedida en Buenos Aires. AL SR. DoN J osÉ M. SAMPER. Há veintiun af'ios n(91s juntaba el Hado Del Rímac caro en la distante orilla, rrú, de tus hijas y tu esposa al lado, Saliendo yo de la niñéz sencilla. Tú apadrinabas mis tempranos versos Con amor tán cordial, voz tán paterna, Que en mis tiempos más prósperos ó adversos Siempre de tí guardé memoria tierna. Como si fuera ayer, de tu Solita Mirando estoy los púdicos sonrojos, Y de su madre por la sién bendita Brillar la nieve y los azules ojos. ¿Qué fué del tiempo aquel? Dí: qué se ha hecho? Dónde, Samper, los inefables días En que á la sombra del paterno techo Tu ccTaza de claveles» nos leías? De tu vigor, de tu pujanza y brío, Y de mi adolescencia soñadora, ¿Qué nos quedaá lamárjen de este Río Donde la suerte nos confronta ahora? En tí del campean y del atleta Sólo la voz subiste resonante, Y el inmortal aliento del poeta Cuando el hombre se encorva hácia adelante. Léjos de hogar, de . pátria, de familia, Cruzas el Continente americano Sin oir los acordes de Cecilia · Con que tu madre te encantaba al piano. Yo en esos veintiun años malgastados Perdí el padre, mi bien y mi fortuna; Ví nacer junto á mí nuevos cuidados Y hundirse el Sol que me alumbró en la cuna. Tanto el destino contra mí se encona, Que aún los paternos campos ví deshechos, La dulce tierra de San Juan de Arona, Nodriza fiel que me crió á sus pechos. ¡Cedros antíguos que plantó mi abuelo! ¡Arboles tiernos que planté yó mi smo! ¡Cómo estaréis, tirados por el suelo, Mudos como el dolor en que me .abismo! ¡Dos lu~tros que ese umbral n~ ni.e dá abrigo! ¡Once años que no piso esos umbrales, Y en que muertos el padre y el amigo, Se ciernen por sus ámbitos glaciales! El amor más íntenso de mi vida, L~ que el tesoro de mi vida encierra, Recibirá mi eterna despedida Como un Eden que para mí se cierra. Sigamos pues, nuestra contraria senda, Tú con la risa, Anacreon festivo, Y o oscurecido con la densa venda Del error y el despecho vengativo. No ternas, nó; que para tí los años Pasan .con alas de oro, y tán risueños, Que aún los contornos del abismo, huraños, Te pintan como mágicos diseños. Yo hasta en el lecho y en el mismo sueño, Con negrura que todo lo pervierte, Miro que lo tienen de halagüeño, Es lo que tienen de ataud y muerte. Cuando niño, pensaba como jóven; J óven, pensé como hombre ya maduro, Y hoy, sin mas ilusiones:que me arroben, ¡Muerto en la edad madura me figuro! EL PERU ILUSTRADO Los ce Días turbios» que canté otros días, Las ccRuinasJ> ¡ay! del juvenil ccEnsayo,» No son i¡uimeras hoy ni fantasías; ¡Hoy son las ruir1as que prÓdujo el rayo! Sús! te llama el vapor; á mi me espera; Adios, caro Samper; ¡nueva partida! ¡Quién sabe si hoy nos damos la postrera, Al darnos la segunda despedida! JUAN DE ARON A. Buenos Aires, Octubre I 884. ·-· Las costumbres. Con el título de Lo que no estlÍ bien, encabeza su carta una amiga antigua, que desde Madrid me escribe. Llegué á l\Ladrid, me dice, esta excelen- te señvra, que ha residido en Paris desde que tenía ocho años, ll egué á Madrid, y apénas h11be descansado, pe11sé en irá C(lbrar mi letra á. casa del banquero; pero mi tio me dijo que enviase un hombreó que él me acompañaría, porque eso de ir yo '3ola á una casa de banco no estaba bien . . Quise tomar un coche de alquiler des- cubierto, y m1 tío me dijo que eso no es- taba bien. Me apetecía unos pescados que llaman aquí langostinos, y que se vendían en la calle de Cedaceros, y fuí á compararlos corno Ja cosa más natural del mundo; pero el tio me recordó que yo, era una señora, y que eso no estaba bien. :Fuimos aquella noche al teatro. Las butacas costaban seis pesetas, que yo no q ueríagastar. Mi tio dijo que más va- lía no entrar, porque siendo quienes so- mos, ir á galería no estaba bien. Me miró un jóven en la tranvía, le miré yo tambien, no con intención pec~minosa, sino por lo mismo que él con tanto des- ca1·0 se fijaba en mi. Mi tio me reprendió, porque según él aque!Jo no P-staba bien. Al dí a siguiente, vinieron varias perso- nas á. visitarme. Parece ser que en Ma- drid no puede colocarse una pierna sobre otra, porque al quedarnos solos, mi tio .me dijo que mi postura no estaba bien. Uno de nuestros amigos es catedrático de literatura en Ja Uní versidad Central. A falta del colcaio de Francia ó de una t'.:) I • , • I sala de cünferencias, pense en ir a orr a mi amigo en su clase: aquí fué la estrañeza de mi tio. -¿Una señora en la Universidad? Me- neste~ es que te hayas vuelto loca. Mi tio es más bajo que yo, al darme el brazo tiene que ponerse de puntillas. Mejot será que se coja Ud. del brazo mio, le dij e~ y pareció no , entenderme. ¡El mundo al reves! esclamo y no hubo ma- nera de discutir sobre esto. Cuando voy con cinco ó seis paquetes en la mano le parece mal; cuando quiero que nos acerquemos á la Bolsa para ver como ~ 1fa la renta, cosa que me interesa por tene; toda mi fortuna en papel del Estado me llama marimacho. Que salga á ]a caÚe sin .un criado, le parece libertad de costumbre .1naguantable: no hay medio de que m~ deje salir en los entreactos de las comedias á pasearme . por los c~rredores, así me muera de ganas de beber o de cual- quiera otra ctJsa. J J 3 Entramos en un café á última hora, y · dice que no es costumbre: y todos los hom- bres que en él hay gritando fumando y escupiendo, se vuelven á mirarnos como si la cosa fuera estraordinaria. Cuando llueve, se pone <letras de mí porque no quiere que me vean ni un cen- tímetro mas arl'iba de la botina! prefiere que me ponga perdida. ¡Todo le parece mal á mi pobre tio.! Diferencia de costumbres que mi amiga por supuesto, no quiere reconocer; pero que existe. En.cada pais las suyas, y queá fuer- za de obser·1ar, las francesas, acaban por parecer mejores las de otro pais cualquiera. EUSEBIO BLASCO. ----~- Matrimonios en Groenlandia, El misionero en Groenlandia es el agente matrimonial escogido por los jóve- nes casaderos de ambos sexos. El jóven oue desee casarse vá á la casa del sacer- dote y le dice: -Quiero contraer matrimonio. -¿Con quién? ¿Ha hecho ya Ud. su elección? -Sí. Pero ella no me quiere, y yo de- seo que Ud. le hable. -¿No se le ha dirigido Ud. -Muchas.veces; pero siempre mfil dice que no.· -Eso no es nada, así dicen siempre las muchachas. tElla lo quiere? -Ahí está la dificultad. Pregúntele Ud. El sacerdote llama á la muchacha que viene á toda prisa, pues sabe para qué se le quiere. -Bien, hija mía, dice el cura, ya es tiempo de que pienses en tomar estado. La respuesta invariable es un vergon- zoso: -Yo no quiero casarme. -Lo siento, porque tengo para tí un buen marido. -·¿Quién? El misionero le dice el nombre, que ella sabe muy bien, y prorrumpe en ala- banzas acerca del novio. Le dice que es fuerte, guapo, bondadoso, que cuando sus compañeros no pudieran pescar ni una ba- llena él .cogió dos grandes, y otras cosa:s por el estilo. Después que el sacerdote ha enumerado todo los méritos del mozo, ella responde: . -Sí, eso cree Ud.; pero yo creo que ese no sirve para nada. -Bueno, quiere decir que tú no eres perspicaz. No hay muchacho que pueda lanzar un arpón como él. Ya verás que pronto le encuentro una navia. Al llegar ahí ~e despiden y él finje dar por terminada la entrevista. Ella se detie- ne un instante, se sonroja y murmura lue- go: -Sí Ud. lo. desea, señor cura ...... á mí no me gusta; pero si Ud ........ . El sacerdote entónces se da por encar- gado del asunto, la aconsej_a y la dice que debe apresurarse á solicita1' la bendición de Dios junto con el mozo. El matrimonio se verifica siempre el mismo día en que la novia ha protestado que jamás querría al m uchacho. (De la Exposición Norte-A:mericana). \
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