El Perú ilustrado: semanario ilustrado para las familias familias
La Cruz. Yo no pueüo acercariw~ al Oriente, a ese templo de las revelaciones y de los misteri1.s, sin sentirme pasmado y confu- so: el éco de sus cúnticos, el olor suave del sacrificio, en que arden las esencias de todos lo:> seres; la vista de rns dioses cubiertos de piedras arrancadas á las en- trañas de la tierra y de las perlas nacidas entre las algas de los mares, ofuscan mi vista, y embargan mi pens,1miento. Pero yó, entre lo::; templos gigantescos de Orien· te, entre sus n.piñados altares, entre sus mil ídolos de oro, de plata, de bronce, en sus umbrosos bosques, donde crece en el cele::; te lago el hE·rmoso Lothe, y se arras- tra entre flores la simbólica tornasolada serpiente; entre sus generaciones de sa- cenlotes arrobados en la meditación y en el éxtasis, no bnsco ese Dios inmenso, multriforme, que vive producie:q.do y de- vorando y rumiando seres; que se goza en respir~ el vapor de sangre exhalado por el ara del sacrificio; q_ue toma todas las formus, descle la de tigre hasta la de hombre; que se viste con todos los colo- res, desde el opaco tinte de las negras nubes hasta el desvanecido azul del cla- ro cielo; que consume todas las sustan- cias, desJ.e la ardiente lava que hierve en las entrañas de los volcanes, hasta la pe- trificada nieve que corona la cima de las montañas;-no busco üe ninguna suerte ese Dicl:l, cuyo aliento, lleno de vida, me emponzoña wmo si fuera el hálito de la mu.erte;-busco la Cruz; ese afrentoso suplicio, del cnál pende un moribundo, cuyo último suspiro me refrigera y renue- va mi sangre, cómo si fuese el aliento de lai vida; la Cruz, fuente inagotable de es- peranza; sol siempre fijo en los horizon- tes de nuestra existeucrn, qne todos he- mos visto al abrir lo:> ojos á la luz de la vida en la cabecera, de nuestra cuna,, al par de la dulce sonrisn, de nuestras ma- ares; que todos iuvouamos en las grandes tribulaüones y dolores, pues á medida que crece nuestro espíritu y vemos esta Uruz divina extenderse, crecer, cobijar toJaslas frrntes; á medida que estudia- mos los siglos y vemos todos los . poderes huir como somLras, y tolas las civiliza- ciones anegarse, y esa Cr L1Z .divina flotar en toe.los los nau1ragios, esclareciendo á los filósofos, inspirando á los poetas, ejer- ciendo santa matarnidad en nuestro es- píritu; á medida que crece nuestra razón y vemos crecer también esa Cruz divina á nuestros ojos, se afirma incontrastable- mente en el ánimo la creencia, nunca os- curecida ni eclipsada en el mio, de que esa Cruz es el árbol de la eterna vida, que con sus flores perfuma de virtudes nues- tro ser, y con frutos alimenta nuestro pensamiento, fortifica nuestras faculta- des, y la grandiosa libertad de nuestro espíritu. EMILIO CASTELAR. La caridad cristiana A MI QUERIDA AMIGA MANUELA MADA- LENGOITIA. Era una vírgen plácida, De faz serena y blanca, Y como blanca, bella, Y como bella, casta. r-' EL PERU ILUSTRADO. Brindaba la ternura Su límpida mirada, 3 Y el eco de su acento Arrebataba el alma. Ondeante cabellera, Sedosa, blonda y larga, Oubria cual un velo -¡Amigos mios!-exclam6 de pronto muy animado el primero que habia diri- gido la palabra al pobre anciano; vamos · á buscar lo que nos falta... Se trata de un colega. Tú, Adolfo, coge el violín y acompaña á Gustavo; mientras tanto vuestro amigo Cárlos hará la cuestaci6n. Su delicada espalda. Vestida con honesta E indefinible gracia, Castísima ternura, St3ntíase al mirarla. Espléndida y hermosa, Risueña, noble y diáfana, Agena parecía, A la misería humana. Mas víla que benigna, Las quejas escuchaba De triste criatura, Doliente y extraviada. Y ví que del enfermo Las dolorosas llagas Curaban, sin recelo, Sus propias manos albas Y entónces sorprendida, Al verla así ocupada En dar al miserable Consuelo ó esperanza. Juzgué que tambien era, Como adorable santa, Y ansiosa preguntéla: -Mujer, ¿cómo te llamas? Sonrióse bondadosa, Y con voz sosegada, --«Yo soy», me dijo, afable, a:La Caridad Cristiana» «Consuelo del que llora «Y alivio del que clama «Por paz ó medicina, ccPar~ su cuerpo ó alma.» -Bendita, dije entónces, Virtud humilde y alta, Que si al mundo desciendes, Al hombre hasta á Dios alzas. ¡Y dicho y hecho!. .. Vedlos levantar los cuellos de sus gabanes, atusar exage- radamente sus cabellos, para desfigurar en lo posible el semblante, y calarse los sqmbreros hasta los ojos. ¡Ahora con brío y unidos! ... ¡En una noche de Navidad Dios debe sernos pro- picio! -Se trata de alcanzar el premio de honor. ¡Adelante, Adolfo! Empieza con tu composición de concurso para a traei.· al público. Ba,jo los dedos ejercitados del j6ven, el violín del pobre resonó alegremente, y el Carnaval de Venecia brilló como nun- ca había brillado en el mejor salón de concierto: todas las ventanas se abrieron, los transeuntes formaron un c1rculo que iba cada vez en aumento, y al terminar se oyó una salva de aplausos, y. muchas monedas blancas cayeron en el sombrero del anciano, colocado de una manera sig- nificativa, muy en evidencia, bajo el re- bervero. Después de una breve pausa, el violín preludió su acompañamiento. -Ahora tú, Gustavo,-dijo Cárlos. El jóven á quien éste se dirigía cantó la balada Venid, gentil señora ... con una voz de tenor dulce, bibrante, sober- bia. El públic.o encantado gritaba con entusiasmo: ¡bis! ¡bis! y la colecta au- meutaba y la multitud era cada vez más compacta. Ante aquel éxito y aquellos resultados, el iniciador del pensamiento añadió: -Vamos, para concluir, el terceto de Guillermo Tell. Adolfo, acompáñanos y abusa á la vez de tus notas bajas, mién~ tras yo con mi voz de carraca haré de barítono; tú, Gustavo, mi bello tenor, al- gunas de tus mejores notas, y las alon- dras van á caer asadas del cielo. El terceto comenzó ... El anciano, que había permanecido inmóvil hasta entón- ces, no atreviéndose á dar crédito á sus ojos ni á sus oídos, temeroso de ser ju- guete de un sueño, se enderez6 con el JUANA RosA DE AMÉZAGA. rostro trasfigurado, y •cogiendo su bas- tón comenzó · ~ marcar el compás c:wn tanta maestría, que bajo su dfreción los jóvenes electrizaron, arrebataron á la: multitud. la cual no les regateó en ver- dad sus ~plausos ni su dinero. Este ba- jaba de las ventanas como salía de los bolsillos, y Cárlos se vió muy apurado para recoger las mouedas que caían fue- ra del sombrero. Un concierto improvisado. El anciano miró ú los tres jóvenes ... después les tendió el sombrero suspiran- do: -Dadme un limosna, por Dios ... no puedo ya ganar mi vida con el violín ... mis dedos se resienten de una parálisis sufrida en otro tiempo; mi hija se muere del pecho ... y también de miseria. Se revelaba un dolor tan profundo en el acento del anciano, que los jóvenes se sintieron conmovidos y llev·aron rápida- mente sus manos á los bolsillos, sacando todo lo que tenían. ¡Poca cosa, es vei·dad! ... ¡El prímero 50 céntimos! ... ¡El segundo 30!. .. Y el tercero un trozo de resina!. .. ¡Total 80 céntimos para remediar· tan grande in- fortunio!... Ciertamente era muy poco: así lo comprendieron los jóvenes, que se miraron con a.ire de lástima. Terminado el concierto, la multitud se dispersó lentamente; todos hubieran de- seado una segunda pa.rte. . Los jóvenes se acercaron al anciano, {t quien la emoción sofocaba. -¡Vuestros nombres!-murmuraba el pobre hombre ... -¡vuestros nombre.s, pa- ra que mi hija los repita en sus orac10ne1>! El primero dijo: -¡ Yó me llamo la Fé ! - ¡Yó la Esperanza!-añadió el se- gundo. . .. -¡ ~ntónces, yó soy la Ca~1dad !-d1JO el úl ifuo, entregando al anciano su som-
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