que la recuperación de las provincias ocupadas de Tacna y Arica tenían un lugar preeminente (Orrego, 2014; Caravedo, 1977). Desde su primer gobierno, Leguía (1908-1912) promovió la difusión de los deportes en las escuelas públicas, a los que incluyó como parte del Reglamento de Instrucción Primaria. En esta tarea buscó en forma reiterada dotarse de asesoría profesional en el exterior. En 1910, por ejemplo, contrató a un grupo de profesores norteamericanos para modernizar la educación primaria y fundar la Escuela Normal de Varones. De este grupo destacaron los profesores Joseph Byrne y José A. Mac Knight, quienes incluyeron en los planes de los colegios la práctica de deportes como el foot-ball, baseball, volleyball, y basketball. Introducir estas prácticas no estuvo exento de dificultades debido a la resistencia de sectores tradicionalistas. En 1911 surgieron críticas a la presencia de estos profesores de educación física en las escuelas públicas, con el argumento de que estos no eran normalistas (Flores Marchan, 2009). Dos años más tarde, en 1913, luego de que culminó el primer gobierno de Leguía, los profesores norteamericanos se retiraron del país, debido a que sus contratos no fueron renovados por el nuevo gobierno del presidente Guillermo Billinghurst, un acérrimo anticivilista (Blanco, 1948). Leguía, luego de dejar el gobierno, fue desterrado a Panamá en 1913; se mudó primero a los Estados Unidos y luego a Inglaterra, donde residió hasta 1918 y donde se dedicó a negocios azucareros y financieros. En Londres también desempeñó el cargo de presidente de la Cámara Latinoamericana de Cambio y Comercio. Retornó al Perú a inicios de 1919, cuando estaba por concluir el segundo mandato de José Pardo y Barreda y se había convocado a elecciones presidenciales. La candidatura de Leguía estuvo apoyada por el Partido Constitucional (cacerista), un sector del Partido Civil y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos —institución que lo proclamó «Maestro de la Juventud»—. Parte de la oligarquía apoyó su candidatura en la medida en que las relaciones económicas con el norte resultaban beneficiosas; sin embargo, otro sector, el de los terratenientes, veía con recelo la nueva dinámica económica pues podía poner en riesgo su poder. Cuando todo parecía indicar que triunfaría, pero temiendo que su victoria no fuera reconocida, Leguía, con el apoyo de la gendarmería, dio un golpe de Estado el 2 de julio de 1919 y asumió el poder como presidente. Es aquí que se inicia el Oncenio. Una vez instalado nuevamente en la Casa de Pizarro, Leguía retomó y asumió en forma más activa el papel de organizador y promotor del 31
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